Lo que sucedió este martes se tardó en ocurrir: que pobladores afectados por la contaminación que produce el basurero del ejido de San Antón exijan que los camiones cargados de desechos sólidos no pasen por las colonias donde viven, entre otras Santa Úrsula, ubicada en las proximidades del aeropuerto Mariano Matamoros del municipio de Temixco. Se manifestaron en la explanada del Palacio Municipal, para demandar a la alcaldesa Jazmín Sotelo que no permita el paso de camiones –40 diarios con 30 toneladas cada uno– al tiradero que empezó a funcionar en enero pasado. El problema del confinamiento de la basura de Cuernavaca viene de años atrás, y de vez en cuando hace crisis. En 2010 se contaban 16 “tiraderos a cielo abierto” ¿Y hoy, el doble, el triple? Entre éstos los llamados “rellenos sanitarios”, supuestamente “menos dañinos” pero que a la larga significan los mismos o peores problemas. Los tiraderos a cielo abierto son generadores de gases de efecto invernadero (metano y bióxido de carbono), y por lo tanto precursores del cambio climático o calentamiento global. La basura que todos producimos, sea que se separe o no, se mezcla así: residuos orgánicos 50 por ciento, residuos inorgánicos reciclables 40 por ciento, residuos inorgánicos no reciclables 10 por ciento. Sólo se recicla el 2 por ciento del total de la basura. ¿Y el resto? Solamente en Cuernavaca se generan diariamente unas 800 toneladas de basura, de las cuales sólo es reciclada cerca del uno por ciento.

¿Quién no recuerda la “crisis de la basura en Cuernavaca” de 2006? La ciudad fue entonces un confinamiento de bolsas y desperdicios malolientes con el fétido olor en lugar de la humedad de sus barrancas y el aroma de sus flores. La necedad y estulticia política del gobierno en turno, más la desesperación de los pobladores de Alpuyeca, mostraron a propios y extraños el paisaje apocalíptico de lo que sucedería si se dejase de recoger la basura. La crisis comenzó en el lugar al que se le llegó a conocer como “el basurero de la muerte”, porque de los cerros de desperdicios a cielo abierto salían arroyos de lixiviados o jugos tóxicos destilados de la mezcla de basura orgánica que desaparecían en la tierra porosa, se estancaban en hoyos pestilentes y caían como pus al río de Alpuyeca. A niños, jóvenes, adultos y ancianos les cayeron enfermedades causadas por tres décadas de convivir con millones de toneladas de desechos domiciliarios, y hasta de hospitales. En el cerro de Milpilla estaba el tiradero de Tetlama; el paisaje aún lo recrean los tiraderos y nos recuerdan nuestra comodina negligencia: bolsas negras, ropa deshilachada, fierros oxidados, llantas, envases multicolores de plástico. Y lo que no se ve: las filtraciones que provocan la contaminación de ríos, pozos, tuberías y mantos freáticos de regiones enteras. En marzo de 2006, se inició el cierre del tiradero y se impidió el paso a los camiones de basura. La demanda no era reciente, hecha por los lugareños desde doce años atrás, en 1994. Represivo, el gobierno envió granaderos y a un subsecretario para negociar tres meses de tregua y ofrecer lo imposible: la construcción de un relleno sanitario regional. Se reabrió el basurero y el paso a los tortons repletos de basura… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 

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