Si en la mañana de ayer los presidentes municipales no fueron bateados, fue porque por la tarde habrían tenido la reunión “en la cumbre” que la semana pasada les fue prometida, con tal de que prometieran que el viernes no bloquearían el estado. Lo cual, sin embargo, no evitó que se manifestaran en la Plaza de Armas de Cuernavaca, el mismo día y con la protesta inicial: que los diputados Marcos Zapotitla Becerro, Rosalina Mazari Espín y otros presuntamente “maiceados” se confabularon para que el Congreso Estatal rechazara a treinta y tantos municipios sus proyectos de las leyes de ingresos 2020. Una guerra política, vale decir, en el contexto de la otra guerra, la de la inseguridad, aderezada la víspera del aquelarre de los alcaldes por la balacera de la medianoche del lunes, prolongada, estruendosa, disparados los tiros por armas cortas y largas según el tableteo y el pum-pum que, si unos dijeron en las redes sociales escucharon por el rumbo del par vial, es que fue entre los linderos de Jiutepec y Temixco, y si por Chulavista, es que sucedió a pocas cuadras del Zócalo de Cuernavaca. La cosa fue que para sustos no gana la gente. Apenas cierra el comercio, el centro comienza a quedar desierto. Llora el chirriar de las cortinas de las tiendas en Guerrero, No Reelección, Matamoros, Degollado y más; las empleadas y los dueños apagan los anuncios luminosos de las fachadas y, de por sí débil el alumbrado público, eso vuelve aún más tenebrosa la noche. Para las nueve, poca gente camina; van desapareciendo las personas que esperan la “ruta”, circula uno que otro taxi y al rato se volatizan los coches de servicio ´particular. El panorama es ominoso, hace tiempo que Cuernavaca está convertida en una ciudad fantasma y así todo el estado, vuelta rehén la población de la delincuencia como en una película de terror en la que hoy como nunca han aumentado los asesinatos, los chantajes del derecho de piso, los robos… Adriana es mesera en un restaurante del centro de Cuernavaca. Ella como tanta gente compara el antes y el después. Melancólica, recuerda que cualquier sábado de diez años atrás terminaba el turno vespertino con mil pesos de propinas en la bolsa (unos dos mil de ahora), y sobre todo tranquila, sabedora de que no sería asaltada. Le alcanzaba para mantener a sus dos hijos, pequeños entonces y ahora adultos (escuela, alimentos, ropa, etc.), y para los pagos mensuales de un lote ejidal donde estaba construyendo su casa (dos recámaras, sala-comedor, cocina, baño y patio de servicios) en una colonia popular de Temixco. Hoy, se queja de que hay días en los que a lo más le quedan cien miserables pesos, una vez descontados los cincuenta que le toca poner con la compañera para pagar el taxi que por ahí de las diez de la noche las lleva de regreso a sus casas. Aclara: siempre el mismo taxista, por seguridad, y lamenta: “A esa hora no ves gente caminando. Las ‘rutas’ paran a las diez o antes, y nomás los taxistas de sitio trabajan en las noches”. A Ramiro, el taxista sesentón que al igual que las personas de la generación de Adriana vio pasar tiempos mejores, tampoco le va bien. Luego de cubrir lo de “la cuenta” del patrón y la gasolina, le quedan cien o doscientos pesos, y un poco más los días de quincena o de fines de semana. Enojado, comenta: “Estamos mal, y lo peor es que el gobierno no hace nada. En esta chamba camellamos todo el día. Me paro a las cinco de la mañana, manejo desde que amanece hasta las nueve o diez de la noche; después ya no hay nada, hace mucho tiempo que la gente no sale de noche. Con lo que gano la vamos pasando (su esposa y él); mis dos hijos ya están grandes pero tienen que mantener a sus señoras y a mis nietos, que todavía están chiquitos. No me pueden ayudar ni yo les pido. ¿Qué en qué nos divertimos? Olvídese; para eso no hay; la última vez que fui al cine fue hace unos diez años. Y si alguno de los dos se enferma, no tengo Seguro Social, los taxistas no tenemos”. Joaquín el bolero tiene dos problemas: muy poco trabajo y poquísimo dinero. Él como muchos de su oficio, añora: “Antes me hacía hasta cuarenta boleadas diarias. Los del Palacio de Gobierno (los burócratas) se boleaban todos los días, bueno, de lunes a viernes, y ahora hago diez, quince boleadas. Nomás hago doscientos o trescientos pesos porque a las cuatro ya no hay trabajo”. Los testimonios son coincidentes, de personas de carne y hueso a quienes por peticiones propias se les han cambiado los nombres, pero no sus oficios. Hablan de lo mismo: de la violencia y la inseguridad que tienen muerta la economía en una ciudad tiste como Cuernavaca. Una realidad triste que viven y padecen docenas de miles de personas, grandes y chicos, pobres y ricos que, al ser sabida aquí, allá y acullá. ¿Y?.. (Me leen mañana). 

 

José Manuel Pérez Durán
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