Considerado el más peligroso que le ha pegado a Guerrero, el huracán Otis experimentó un proceso de intensificación acelerado, transformándose en la tormenta tropical que causó grandes daños en Acapulco. El 14 de este septiembre se cumplieron 36 años de que el huracán Gilberto impactó a la Península de Yucatán. Arrasó viviendas e instalaciones, dejó árboles caídos y comunidades sin agua y luz. Una semana antes, la Comisión Nacional del Agua alertó sobre la posibilidad de que Francine alcanzara la categoría de tormenta tropical con vientos de 63 a 119 km/h sobre las costas de Tamaulipas. En 2013, la comunidad La Pintada, municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero, fue sepultada bajo miles de toneladas de lodo y piedra por el desgajamiento de un cerro; el número de fallecimientos fue de al menos sesenta. Mientras tanto, en Acapulco la cifra más conservadora que se manejó fue de 40 mil paseantes “varados”. No fue cuantificado el número de familias y parejas que se quedaron sin vehículos, perdidos cientos o miles de automotores en la costera Miguel Alemán, otras calles del puerto, así como carreteras estatales. En términos generales, “Manuel” dejó 59 municipios afectados en sus servicios de luz, agua y teléfonos, daños a carreteras, y no se diga en materia de vivienda, desaparecidas o con fallas estructurales unas cinco mil casas. Hubo afectaciones en La Montaña y en las costas Chica y Grande. Una semana después del paso de la parejita fatal estaban incomunicados y con problemas para que les llegara ayuda. Uno de los trece puntos “taponados” en la Autopista del Sol, el kilómetro 300 en la zona conocida como Agua de Obispo, quedó totalmente obstruida por cientos de toneladas de lodo y piedras.

De la catástrofe humana y material que desencadenó “Manuel” (con “Ingrid” pronto conocida como “La pareja fatal”), la secuela del taponamiento del túnel sobre la Autopista del Sol a la altura de Tierra Colorada fue adjudicada al factor humano. El 15 de agosto de 2006, el entonces secretario de Comunicaciones y Transportes del sexenio de Vicente Fox, Pedro Cerisola y Weber, a pregunta de los periodistas sobre las fallas registradas en la Autopista del Sol iniciada en el sexenio de Salinas de Gortari y continuada por Ernesto Zedillo descubrió el agua tibia. Reconoció: “es una carretera mal construida”. De tal calificación, a siete años de haber sido hecha, otras y las citadas consecuencias.

Resultó ocioso ponerse a indagar si el gobierno buscó responsables de la mala calidad de las obras en la Autopista del Sol. Lo que hasta el día de hoy debe preocuparnos a todos es el hecho de que cada año llueve más, con mayor intensidad y mayores perjuicios. Cada año los huracanes –palabra, por cierto, de raíz maya– son más intensos. La pregunta es: ¿qué relación hay entre esos devastadores huracanes, la contaminación y el calentamiento global? Sin pretender hacerle al Nostradamus ni caer en el fatalismo, estamos en la analogía de del título de la película “Cuando el destino nos alcance”, y hay que hacer todo para paliar los daños ya hechos.

Entonces, ¿qué es un huracán?, ¿qué relación hay entre huracanes o tormentas tropicales y el calentamiento de la Tierra? Los huracanes comienzan como perturbaciones tropicales en las aguas oceánicas cálidas con temperaturas de la superficie de al menos 26 grados centígrados. Estos sistemas de “baja presión” son alimentados por la energía de los mares cálidos, así que, si una tormenta alcanza velocidades de viento de 61 kilómetros por hora, se conoce como una “depresión tropical”, la cual se convierte en una tormenta tropical y se le da un nombre (casos de “Manuel” e “Ingrid”) cuando sus vientos máximos sostenidos son de 39 kilómetros por hora. Pero si una tormenta alcanza 119 kilómetros por hora, se convierte en un huracán. Los huracanes son enormes motores de calor que generan energía en una escala asombrosa, extraen el calor del aire caliente y húmedo del océano y lo liberan a través de la condensación del vapor de agua en las tormentas.

Lo sabemos: la causa de las tormentas devastadoras y huracanes gigantes es la desaparición de la capa de ozono que propicia el derretimiento de los hielos polares y el efecto invernadero de los gases provenientes de la carburación de los combustibles, como gasolinas, turbosinas y diessel, además de las actividades de la industria y producción de electricidad. Resultado: las tormentas tropicales como la multicitada “Ingrid” y el mentado “Manuel” con las catástrofes de sobra vistas y padecidas. Y la pregunta obligada: ¿qué estamos haciendo para curar a nuestro planeta enfermo, enojado? Nada... (Me leen el lunes).

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