Hay exposiciones que permiten mirar cuadros y otras que abren una ventana a la vida de quien los pintó. La muestra dedicada a Tamara de Lempicka en el Museo de la Ciudad de Cuernavaca consigue ambas cosas. Recorrer sus salas con calma es acercarse a una artista extraordinaria y a una mujer que atravesó guerras, países y convenciones para construir una voz propia.
Inaugurada por la embajadora de Polonia en México, Agnieszka FrydrychowiczTekieli,y el Presidente Municipal, la exposición propone un recorrido por tres etapas: su consolidación en Europa durante los años veinte y treinta, su vida en Estados Unidos y sus últimos años en Cuernavaca. Esta última parte recupera testimonios y recuerdos de quienes la conocieron en la ciudad. La muestra permanecerá abierta hasta el 30 de abril de 2027.
Tamara nació en Varsovia en 1898. La Revolución rusa trastocó su vida y la de su familia; tras conseguir la liberación de su esposo, huyó y llegó a París. Allí encontró una ciudad en ebullición y comenzó a abrirse paso en un ambiente artístico que ofrecía menos oportunidades y reconocimiento a las mujeres. Estudió pintura y fue construyendo un estilo personal, ligado al art déco, que pronto la convirtió en una retratista muy solicitada.
Su pintura tiene influencias diversas. En ella conviven la claridad y el equilibrio de la tradición clásica con las formas geométricas del cubismo, que conoció en París. También se advierten ecos de los manieristas italianos, como Bronzino: cuerpos alargados, poses elegantes y una belleza deliberadamente sofisticada. Pero Lempicka no se limitó a combinar estilos. Los transformó en una imagen moderna, urbana y seductora, propia de una época fascinada por la velocidad, los automóviles, la moda y la vida cosmopolita.
En sus cuadros, las figuras parecen talladas y pulidas. Los contornos son nítidos; los volúmenes, rotundos; la luz y la sombra modelan rostros, telas y cuerpos con un acabado casi metálico. Sus composiciones suelen ser firmes y concentradas, y sus colores —verdes, azules, rojos, negros y tonos de piel— refuerzan esa sensación de lujo y precisión. Es una pintura que atrae por su belleza, pero también por la fuerza con que sus personajes ocupan el espacio.
Sus retratos son una de las mejores puertas de entrada a ese mundo. En Kizette en rosa, representa a su hija con una apariencia juvenil y refinada, pero la niña no es un simple adorno: la mirada y la postura le dan presencia propia. En el retrato de Suzy Solidor, cantante y figura de la vida nocturna parisina, la modelo se enfrenta al espectador con aplomo y seguridad. Y en su célebre autorretrato Tamara en el Bugatti verde, la artista se imagina al volante, con guantes y sombrero, como emblema de una mujer dueña de su imagen y de su destino. Ese automóvil, además, no era suyo: la escena construye una declaración visual de modernidad e independencia.
Su carácter también se expresó en una decisión significativa: durante algunos años firmó como “T. de Lempitzky”, en masculino, porque creía que así tomarían más en serio su pintura y podría cobrar precios comparables a los de sus colegas hombres. La anécdota revela las barreras que enfrentó y la determinación con que decidió abrirse paso. En sus retratos, muchas mujeres aparecen con miradas directas y posturas seguras. No son figuras decorativas: transmiten autonomía y reclaman un lugar central en la escena.
La visita se complementa con el documental La verdadera historia de Tamara de Lempicka y el arte de sobrevivir, de Julie Rubio. La proyección dura alrededor de hora y media y acompaña la trayectoria de la artista desde el París de entreguerras hasta su vida en Estados Unidos y el posterior redescubrimiento de su obra. Verlo después de recorrer las salas ayuda a enlazar los cuadros con la experiencia de una mujer marcada por el exilio, la reinvención y el trabajo.
El viaje de Tamara terminó en Cuernavaca. Vivió aquí sus últimos años y murió en 1980. Su amistad con el escultor Víctor Manuel Contreras, querido y siempre bien recordado, forma parte de la historia de la artista en la ciudad. De acuerdo con su voluntad, sus cenizas fueron esparcidas sobre el Popocatépetl; Víctor participó en cumplir ese deseo. Así, la pintora que recorrió Europa y Estados Unidos quedó ligada para siempre al paisaje que podía contemplar desde Cuernavaca.
Su reconocimiento también se refleja en el mercado del arte. En 2020, Portrait de Marjorie Ferry se vendió en Christie’s por 16.28 millones de libras, alrededor de 21.16 millones de dólares, entonces un récord para la artista. La cifra no explica por sí sola el valor de su pintura, pero confirma el lugar que ocupa entre los nombres más cotizados del arte moderno.
Vale la pena visitar esta exposición sin prisa, detenerse en los retratos y luego ver el documental. Tamara de Lempicka pertenece a la historia internacional del art déco, pero también a la de Cuernavaca: aquí hizo amistades, vivió sus últimos años y eligió descansar junto al volcán. Ir al Museo de la Ciudad es una oportunidad para conocer ambas historias.
Por fin algo que vale la pena en Cuernavaca, la cantidada de gente en la exposición nos muqestra que si le gusta la cultura no nada mas los desafiles de caricaturas que ni entienden que significan. ¿No cree usted?.
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