Principios de abril, sur de México, siguiendo la frontera con Guatemala. El camino desde Comitán, la última ciudad a la vista, es sinuoso y pesado. Viajo en una destartalada camioneta cargada con bultos de alimentos, mochilas ligeras de ropa y una docena de pasajeros a mi lado. Atrás ha quedado la estación, el tumulto de mujeres vendiendo comida y el griterío de conductores anunciando destinos donde nadie suele ir. Llevo seis horas de viaje desde que salí de San Cristóbal. La camioneta bordea la selva de Montes Azules y los verdes imposibles del Petén, una jungla que se tiñó con la sangre de cientos de guerrilleros y campesinos guatemaltecos aniquilados por el ejército en una guerra fratricida de 36 años. Arrinconado en el último asiento, paso las horas en silencio, concentrado en los paisajes que dejo atrás como una secuencia de fotografías a la deriva. Me bajo en la comunidad de Santa Rita. El calor es sofocante, húmedo, tropical. Al borde de la carretera hay una escuela sin niños (la imagen más solitaria que conozco) y un puñado de casas construidas con láminas de madera. Frente a ellas el escenario es desolador: decenas de árboles esparcidos por el suelo y la tierra todavía humeante tras la quema. Una buena parte de la selva ha sido devastada por ganaderos y campesinos embaucados por el gobierno para sembrar palma africana por un puñado de pesos.
Cuentan los mayas que cuando un hombre nace, en ese instante, sobre alguna montaña emerge también un nahual. Los nahuales son el cordón umbilical que nos une a la tierra; entes espirituales con forma de jaguar, pájaro, venado… Hombre y animal conforman un solo ser. Si uno es herido, el otro también. Lo cuentan los mayas. Nadie escucha. Cae la noche. Aquí no hay lugares donde cobren por dormir. Me hospedo en casa de Eufemia, una mujer campesina de cuerpo robusto y tostado como una prolongación de la tierra. Otra mujer cocina en un comal de leña mientras varios niños corretean por el salón. Hay tres hamacas colgadas de pared a pared y una vieja televisión frente a ellas. Las hormigas pepenan los restos de comida y tres perros famélicos se adormecen bajo la luna.
La habitación esta iluminada por una bombilla de luz opaca. Fuera sólo se distingue el tapiz de la noche. Me ducho con agua almacenada en tambos y a los pocos segundos de secarme vuelvo a estar empapado de sudor. Fumo un cigarro al borde de la carretera. Sólo se oyen insectos y su polifonía de la noche. Camino por la carretera pero apenas alcanzo a ver más de tres metros frente a mí. Me siento cansado. Eufemia me habla de su familia, de cómo fueron despojados de sus tierras en los años 70. Para compensarles el gobierno les dio un terreno en la selva. Y nada de quejarse. Recuerdo Las uvas de la ira de John Steinbeck; pienso que todavía hay demasiadas personas en el mundo que caminan buscando la tierra prometida. De niña, Eufemia viajó con sus padres a un lugar desconocido, una tierra hostil que nunca será suya. Mañana pueden volver a expulsarles. Cientos de personas como ella viven en la frontera compartiendo un pasado en común: son desheredados. Las familias levantaron y fundaron comunidades donde antes sólo había vegetación.
Llegaron refugiados guatemaltecos, campesinos de Guerrero, Michoacán, Oaxaca… Llegó también el narco y la amenaza, el gobierno y sus monocultivos… Selva y frontera: tierra sin ley. Me duermo en una hamaca, con un libro en las manos y un sueño pesado. Por unos instantes me parece que el mundo descansa en paz. No sé exactamente en qué punto de la frontera estoy. Pienso que no tiene importancia y que, en el fondo, me da lo mismo. Estoy tranquilo, sin tierra, al lado de una carretera.