Rescaté a Macario quién sabe por qué. No soy fan de tener mascotas ni, mucho menos, de recoger perros callejeros como éste que está todo roñoso, jodido y lleno de gusanos.
Pero me ganó el sentimiento (¿será que me estoy haciendo viejo?), y ahí voy con mi buen corazón jalando con el animalito en el coche sin una idea clara de lo que tendría que hacer, pero lo que sí supe muy rápido es que en casa me leerían la letanía nadamás me vieran llegar con un invitado tan desprolijo. Digo, bastante hace mi familia con tolerar a mis amigos que son de raza criolla -los menos peoresy algunos de plano son corrientes cruzados con de la calle... digo, para hablar en términos caninos.
Un vecino me dijo que el perro se llama Macario y que lo habían abandonado sus dueños cuando se mudaron de casa. Ahí lo dejaron sin piedad ni explicaciones, y en la calle el pobre animal se las vio negras para sobrevivir. Una de las orejas la tiene infestada de gusanos.
Con esa microbiografía se podría comprender fácilmente, en unos, la caducidad de ese tipo de amores perros, y en otros, que la vejez anula los encantos.
Seguramente Macario fue muy lindo y juguetón de cachorro pero, como suele ocurrir con la vida, ya de grande su gracia mutó en desgracia y probablemente eso hizo que sus dueños se volvieran desgraciados... en fin.
En la cena mi mujer me tiró la indirecta (que le salió derecho al hígado, como golpe de boxeador), y entre bromas me dijo que ella también se iba a cambiar de casa, que a ver si no me pasaba lo mismo que al tal Macario. Mis hijos nomás se rieron pero aprovecharon para reprochar mi falta de sentido común al recoger a un animal tan enfermo y con evidentes señales de estar en las últimas. De paso me sugirieron que le cambiara el nombre.
Me quedé solito en la mesa con mi café y aproveché para entibiar un poco de sopa que había sobrado de la comida y se la llevé al perrito que estaba afuera de la casa, postrado en una caja de cartón y malcubierto con unos trapos viejos que saqué de una de mis almohadas.
El animalito se notaba confundido y comió desganado, pero aún en su postración de enfermo terminal movía su colita. Me puse un guante y le acaricié la cabeza pero el pobre animal sólo se quejaba en un chillido apenas audible.
Sentí mucha pena por él pero por esas cosas feas de la consciencia, entendí el reproche de mi familia: mi esfuerzo y buena voluntad estaban condenados juntos con Macario.
Tontamente le dije al perrito que si se salvaba le iba a cambiar el nombre por uno más digno de él, y acorde a su situación. Le dije que su nombre sería Orfeo por haber regresado del infierno. El animalito sólo me vio lacónicamente y seguramente pensó que su mala suerte era tan grande que lo rescató un tonto.
Como la noche fue muy larga repartí las dosis de insomnio entre ir a ver al buen Macario en su vigilia dolorosa y repasar recuerdos de las pocas mascotas que tuve durante la infancia. Mi juventud y vida adulta prescindieron de esos acompañantes y tal cosas nunca me causó remordimientos.
En alguno de los intervalos entre vigilar a Macario y volver a la cama, recordé a dos mascotas muy queridas a las que condené a muerte por haberles cambiado el nombre (no encuentro otra explicación). Filogonio era un cachorro de raza criolla con un cierto aire de Alaska. Seguramente algún antepasado suyo le heredó algo de ese porte hermoso de lobo blanco, bolita de pelos adorable que se enfermó de parvovirus justo el día en que decidí rebautizarlo con el dignísimo nombre de Colmillo Blanco, valiente lobo héroe del cine de aventuras y figura literaria de prosapia, según mis criterios de lector imberbe que empezaba a conocer a los clásicos juveniles.
El querido Filogonio entregó el equipo a los tres días sin darnos la oportunidad de gritar su nuevo nombre entre la nieve imaginaria del patio de vecindad.
Y obviamente me sentí muy culpable por la ocurrencia.
Un par de años después mi hermana mayor me regaló una cría de iguana muy bonita que se llamaba Lechuguita porque su color era igualito al de las hojas tiernas de ese vegetal.
Reconozco que en el caso de la iguana, la culpa que sentí fue más bien por el remordimiento en el asunto de Filogonio, pero durante muchos años me dolió igual. Lo digo para paliar eso que a todas luces es una insensatez y un lamentable error de juicio.
Resulta que nadie en la casa sabía nada sobre iguanas (lo cual es bastante comprensible para una familia de ciudad), y nosotros con buena voluntad, algunas veces le dábamos de comer a la noble Lechuguita pedazos de zanahoria y jitomate, otras, huevo hervido o rebanadas de pepino, que el inocente animal sólo veía y ocasionalmente mordía con desgana. Y así, en una semana todos vimos cómo la iguanita empezó a cambiar de color, a un verde oscuro y opaco, y le creció la pancita muy feo.
Como pensé que era un asunto de adaptación y revelación de su verdadero sexo (supuse que era macho), decidí cambiarle el nombre por Tepejilote pues estirado y con su nuevo color se asemejaba mucho a esas sabrosas palmeritas que mi mamá conseguía en el mercado. A mí parecía que Tepejilote era un mejor nombre y no hubo mala intención, lo juro.
Al otro día llegó una tía del rancho y nos regañó por tener una iguana de mascota. -Pinches chamacos, ustedes qué chingado van a saber de las cosas del rancho-, nos dijo enojada, pero también nos dio un consejo. Aún mucho tiempo después nos preguntamos si lo que nos sugirió fue en serio o con mala leche, pero le hicimos caso. -A ese animalito le hace falta cagar, chingada madre. Pónganle un poco de agua tibia para que pueda vaciar la panza, pero no la estén molestando, déjenla que zurre en paz-, nos dijo mi tía con sus malos modos.
El pobre Tepejilote se echó una zurrada tremenda y fue lo último que hizo. Ahí se quedó quietecito flotando en el agua tibia de la palangana, en esa paz definitiva que mi tía no alcanzó a prever.
Yo creo que por eso no me quedaron ganas de tener mascotas.
Pero la revelación importante de la madrugada me cayó como balde de agua fría al recordar el lío en que por algún tiempo me metió mi nombre en papeleos y trámites escolares. Mi familia me conoce por Martín, así a secas, pero resulta que oficialmente me llamo Juan y durante los años de mi infancia se me atragantaba muy feo que en la escuela me regañaran porque en el pase de lista yo nunca contestaba cuando decían mi nombre. Me frustraba mucho que nadie hiciera caso de mis argumentos de defensa identitaria: ¡Me llamo Martín, no Juan!
Aunque mis padres me explicaron que todo se debía a un error cometido por la secretaria del Registro Civil, que debió consignar en el acta el nombre Juan Martín y no sólo Juan, lo cierto es que no les interesó arreglar el error y me dejaron así, hecho bolas desde entonces. Creo que por eso a veces siento que yo no soy yo ni mi casa es ya mi casa, como dijera don Lorca.
Una vez recordado el feo asunto volví al tema de Macario, y ya con el ojo pelado por el insomnio entendí que la idea de cambiarle el nombre era una pendejada, una condena segura para el pobre perro. Amaneció y yo sin dormir.
Fui a ver a Macario y lo encontré tiradito, todavía tibio y con una expresión apacible. Creo que entendió mejor que yo, y muchos, algo sobre una voluntad superior que lo salvó del cielo y el infierno y lo puso a caminar con la muerte para condolerse por el destino de los hombres.
Y así se fue, feliz de no tener dueño.
¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa con cualquier otro nombre olería igual de bien". William Shakespeare / Romeo y Julieta
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