Gobernar exige mucho más que disponer de autoridad y contar con atribuciones legales para ejercerla. Supone tomar decisiones en condiciones de incertidumbre, enfrentar presiones y asumir las consecuencias de los propios actos. En una realidad marcada por la inseguridad, la inconformidad social y la exigencia de resultados, la fortaleza de un gobierno no se mide únicamente por su capacidad para imponer decisiones, sino también por la templanza con que enfrenta las dificultades y la responsabilidad con que responde ante la ciudadanía. Las autoridades deben atender demandas legítimas, preservar el orden, garantizar derechos y actuar frente a quienes pretenden imponer su voluntad mediante la violencia. No siempre es posible resolver de inmediato problemas acumulados durante años. Sin embargo, la complejidad de las circunstancias no exime a quienes gobiernan de explicar sus decisiones y responder por sus resultados.
Los acontecimientos recientes en materia de seguridad ilustran los dilemas que surgen cuando las instituciones actúan bajo presión y existe riesgo para la vida de las personas. Proteger la integridad de los involucrados debe ser una prioridad, pero la prudencia que exige una emergencia no puede confundirse con la renuncia a las obligaciones del Estado. Superada la contingencia, corresponde esclarecer los hechos, revisar los procedimientos y determinar cómo evitar que se repitan. La fortaleza política no consiste en sostener una decisión a cualquier precio ni en responder a cada desafío con una demostración de fuerza. Tampoco significa trasladar a otras instancias el costo de las decisiones difíciles. La verdadera firmeza requiere distinguir entre aquello que puede negociarse y lo que no admite concesiones dentro del marco constitucional, entre la disposición al diálogo y la tolerancia frente a conductas ilícitas, así como entre la prudencia necesaria para evitar daños mayores y la pasividad que debilita a las instituciones.
La templanza es una virtud política menos visible, pero indispensable. Implica conservar el juicio ante las reacciones impulsivas, resistir la tentación de convertir cada diferencia en un enfrentamiento y evitar que la presión inmediata sustituya la evaluación de las consecuencias. La serenidad no es indecisión, del mismo modo que la rapidez no garantiza el acierto. La calidad de una determinación depende de la capacidad para valorar sus riesgos, alternativas e implicaciones institucionales. Estas cualidades deben acompañarse de responsabilidad pública. La responsabilidad administrativa exige revisar el funcionamiento de las instituciones; la política obliga a explicar las decisiones, informar sobre sus resultados y corregir lo que no funciona; la jurídica requiere establecer, mediante los procedimientos correspondientes, si existieron conductas ilícitas. Ninguna de estas obligaciones desaparece por la complejidad de una crisis ni puede trasladarse indefinidamente a otras autoridades.
La coordinación entre los distintos órdenes de gobierno resulta indispensable para atender problemas que rebasan las capacidades de una sola institución. Sin embargo, coordinar no significa diluir responsabilidades. Cada autoridad debe responder por las decisiones que le corresponden y contribuir a una estrategia común. Cuando las instituciones se limitan a señalar sus restricciones, la ciudadanía queda atrapada entre competencias fragmentadas y problemas sin resolver.
Gobernar implica también reconocer errores. Rectificar a partir de nueva información o de la evaluación de resultados no constituye necesariamente una muestra de debilidad; puede ser expresión de responsabilidad y madurez política. Persistir en una decisión únicamente para preservar la apariencia de firmeza, por el contrario, puede convertir a la autoridad en rehén de sus propias declaraciones. La ciudadanía no espera gobernantes infalibles, sino instituciones capaces de actuar, aprender y responder. La fortaleza sin templanza puede derivar en arbitrariedad; la prudencia sin determinación, en inmovilidad. El desafío consiste en mantener ambas cualidades al servicio del Estado de Derecho y del bien común.
Las circunstancias pueden obligar a compartir decisiones y distribuir atribuciones, pero la responsabilidad no desaparece por ello. Gobernar exige asumir el costo de decidir, explicar las razones y responder por las consecuencias.
Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.
Añadir Diario de Morelos como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.