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Tercero Interesado: ¿Qué cambia cuando una persona llega al poder?

TERCERO INTERESADO

La gran mayo­ría de los polí­ti­cos va cons­tru­yendo, a lo largo de su tra­yec­to­ria, una red de rela­cio­nes con per­so­nas de dis­tin­tos sec­to­res socia­les. Empre­sa­rios, líde­res, aca­dé­mi­cos, perio­dis­tas, comu­ni­ca­do­res y, por supuesto, otros polí­ti­cos for­man parte de ese entra­mado que, ade­más de acom­pa­ñar sus aspi­ra­cio­nes, se con­vierte en una fuente de infor­ma­ción, en su cír­culo de debate, aná­li­sis, con­sulta y opi­nión. Sin embargo, existe un fenó­meno que se repite con preo­cu­pante fre­cuen­cia y que ter­mina afec­tando la capa­ci­dad de per­cep­ción y aná­li­sis de quie­nes lle­gan a una posi­ción de poder. Pare­ciera que, mien­tras más rele­vante es el cargo, más intensa puede ser la meta­mor­fo­sis en la forma de rela­cio­narse con quie­nes antes eran escu­cha­dos y con­si­de­ra­dos inter­lo­cu­to­res váli­dos. El fenó­meno resulta par­ti­cu­lar­mente evi­dente con perio­dis­tas y medios de comu­ni­ca­ción.

Durante años, un polí­tico puede tener entre sus ami­gos y per­so­nas de con­fianza a perio­dis­tas, colum­nis­tas o direc­ti­vos de medios cuya opi­nión escu­cha, con quie­nes coin­cide y con quie­nes incluso com­parte crí­ti­cas obje­ti­vas a gobier­nos y gober­nan­tes. Sus con­ver­sa­cio­nes pue­den ser fran­cas, sus desa­cuer­dos enri­que­ce­do­res y sus aná­li­sis una fuente de refle­xión para enten­der mejor lo que ocu­rre en la socie­dad. Pero algo cam­bia cuando ese polí­tico llega al poder. El perio­dista que antes era un amigo, un con­fi­dente o incluso un refe­rente para con­tras­tar ideas comienza, poco a poco, a ser per­ci­bido de otra manera. La crí­tica que antes ayu­daba a iden­ti­fi­car erro­res ahora parece una des­ca­li­fi­ca­ción; la dis­cre­pan­cia se inter­preta como falta de leal­tad; la pre­gunta incó­moda se con­vierte en pro­vo­ca­ción y aque­llo que antes era un aná­li­sis pro­fe­sio­nal ter­mina siendo con­si­de­rado una ofensa per­so­nal.

Lo ver­da­de­ra­mente preo­cu­pante es que, en muchos casos, no es el perio­dista quien ha cam­biado, ni nece­sa­ria­mente su manera de ana­li­zar los asun­tos públi­cos. Lo que cam­bió fue la posi­ción desde la cual el polí­tico recibe esa opi­nión. El poder modi­fica el con­texto emo­cio­nal e inte­lec­tual de quien lo ejerce. Quien antes obser­vaba al gobierno desde afuera y cues­tio­naba sus deci­sio­nes, cuando llega a ocu­parlo puede comen­zar a sen­tirse per­so­nal­mente invo­lu­crado en cada crí­tica. La fron­tera entre la per­sona y el cargo se vuelve difusa y cual­quier cues­tio­na­miento a la ges­tión o a su equipo ter­mina per­ci­bién­dose como cues­tio­na­miento a su pro­pia per­sona.

A par­tir de ahí apa­rece uno de los mayo­res ries­gos del poder, el efecto bur­buja. Alre­de­dor de quien gobierna sue­len acu­mu­larse per­so­nas que, por leal­tad, con­ve­nien­cia o temor, pre­fie­ren con­fir­mar antes que cues­tio­nar. El gober­nante comienza enton­ces a escu­char cada vez menos voces inde­pen­dien­tes y cada vez más aque­llas que coin­ci­den con él. La auto­com­pla­cen­cia se con­vierte en una forma de ais­la­miento y la infor­ma­ción que llega a la ofi­cina prin­ci­pal pierde diver­si­dad. El pro­blema no es tener cola­bo­ra­do­res lea­les; el pro­blema apa­rece cuando la leal­tad se con­funde con la obli­ga­ción de coin­ci­dir y un gober­nante que sola­mente escu­cha a quie­nes lo res­pal­dan ter­mina tomando deci­sio­nes con una ver­sión incom­pleta de la rea­li­dad. Y cuando deja de tole­rar la crí­tica de quie­nes antes eran sus ami­gos, inter­lo­cu­to­res o ase­so­res infor­ma­les, no sola­mente dete­riora una rela­ción per­so­nal; reduce sus posi­bi­li­da­des de com­pren­der lo que ocu­rre fuera de su cír­culo.

Gober­nar exige infor­ma­ción, pero tam­bién con­traste. Exige escu­char a quie­nes coin­ci­den, pero mucho más a quie­nes tie­nen la liber­tad de seña­lar aque­llo que no fun­ciona. La crí­tica pro­fe­sio­nal no es una ame­naza al poder; es uno de los meca­nis­mos que pue­den ayu­dar a evi­tar sus erro­res.

Suele decirse que el poder cam­bia a las per­so­nas, aun­que quizá sea más pre­ciso afir­mar que el poder las revela. Y en este caso, debe­ría per­ma­ne­cer intacta la capa­ci­dad de escu­char; la dis­po­si­ción a deba­tir; la con­fianza en quie­nes se atre­ven a decir lo incó­modo y, sobre todo, la inte­li­gen­cia para dis­tin­guir entre una crí­tica al ejer­ci­cio del poder y un agra­vio per­so­nal. Por­que cuando un polí­tico nece­sita que sus anti­guos ami­gos dejen de decir lo que pien­san para demos­trarle leal­tad, el pro­blema no está en ellos. Está en esa per­sona que, por un tiempo, ocupa el poder y ya no sabe escu­char­los.

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Carlos Tercero
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