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Al hablar de infraes­truc­tura, pen­sa­mos casi de inme­diato en carre­te­ras, puen­tes, hos­pi­ta­les, puer­tos o redes de ener­gía eléc­trica. Son obras tan­gi­bles que trans­for­man el terri­to­rio, impul­san la eco­no­mía y mejo­ran la cali­dad de vida. Sin embargo, existe otra infraes­truc­tura igual de impor­tante para el desa­rro­llo de un país, una enti­dad fede­ra­tiva o un muni­ci­pio, aun­que no apa­rezca en los pre­su­pues­tos de obra pública ni pueda inau­gu­rarse con un corte de lis­tón: la con­fianza.

Las socie­da­des fun­cio­nan gra­cias a un com­plejo entra­mado social: una red de rela­cio­nes coti­dia­nas en la que per­so­nas, gru­pos socia­les, empre­sas e ins­ti­tu­cio­nes inte­rac­túan den­tro de un marco de nor­mas y reglas com­par­ti­das. De esa inte­rac­ción surge un eco­sis­tema de con­fianza que, en un entorno de esta­bi­li­dad, paz social y gober­na­bi­li­dad demo­crá­tica, reduce la incer­ti­dum­bre, faci­lita la coo­pe­ra­ción y dis­mi­nuye los cos­tos socia­les, polí­ti­cos y eco­nó­mi­cos de la con­vi­ven­cia. Cuando ese eco­sis­tema fun­ciona, las deci­sio­nes públi­cas flu­yen con mayor rapi­dez; cuando se ero­siona, cada acuerdo exige mayo­res con­tro­les, más trá­mi­tes y, sobre todo, un mayor des­gaste en la rela­ción entre socie­dad y gobierno. En ese pro­ceso, la polí­tica desem­peña un papel deter­mi­nante, pues la legi­ti­mi­dad de un gobierno no depende úni­ca­mente de la lega­li­dad de su ori­gen o de la efi­ca­cia de sus deci­sio­nes, sino tam­bién de la con­fianza que ins­pira en la ciu­da­da­nía.

Nin­guna admi­nis­tra­ción puede gober­nar exclu­si­va­mente mediante nor­mas, san­cio­nes o meca­nis­mos de con­trol. Toda demo­cra­cia nece­sita un mínimo de con­fianza pública para que las ins­ti­tu­cio­nes fun­cio­nen con nor­ma­li­dad y las polí­ti­cas encuen­tren con­di­cio­nes favo­ra­bles para su imple­men­ta­ción. En este con­texto, es pru­dente dis­tin­guir entre con­fianza y cre­di­bi­li­dad, dado que la con­fianza social no con­siste en acep­tar sin cues­tio­na­mien­tos las deci­sio­nes del poder, sino en la con­vic­ción de que las ins­ti­tu­cio­nes actúan con­forme a reglas, son capa­ces de corre­gir sus erro­res y per­mi­ten el escru­ti­nio público; para ello, la trans­pa­ren­cia, la ren­di­ción de cuen­tas y la pree­mi­nen­cia del Estado de dere­cho no sus­ti­tu­yen la con­fianza, sino que cons­ti­tu­yen los meca­nis­mos que la hacen posi­ble.

El nivel de con­fianza social incide direc­ta­mente en la esta­bi­li­dad y el desa­rro­llo eco­nó­mico. Las socie­da­des con mayo­res nive­les de con­fianza sue­len atraer más inver­sión, faci­li­tar la inno­va­ción, for­ta­le­cer el cum­pli­miento volun­ta­rio de las nor­mas y favo­re­cer rela­cio­nes eco­nó­mi­cas más esta­bles, no solo al inte­rior del país, sino tam­bién en su ima­gen y cre­di­bi­li­dad inter­na­cio­na­les. En cam­bio, donde pre­do­mina la des­con­fianza, aumen­tan los cos­tos de tran­sac­ción, se mul­ti­pli­can las veri­fi­ca­cio­nes y las deci­sio­nes tien­den a des­pla­zarse hacia rela­cio­nes cada vez más defen­si­vas.

Lo mismo ocu­rre con las polí­ti­cas públi­cas. Una reforma téc­ni­ca­mente sólida puede enfren­tar enor­mes difi­cul­ta­des si la ciu­da­da­nía des­con­fía de quie­nes la impul­san. Por el con­tra­rio, ins­ti­tu­cio­nes con altos nive­les de cre­di­bi­li­dad cuen­tan con mayo­res már­ge­nes para imple­men­tar deci­sio­nes com­ple­jas, enfren­tar cri­sis y situa­cio­nes de incer­ti­dum­bre. Gober­nar supone admi­nis­trar recur­sos públi­cos, pero tam­bién pre­ser­var este activo intan­gi­ble que con­di­ciona la efi­ca­cia de cual­quier acción pública.

Cons­truir con­fianza exige tiempo, cohe­ren­cia y resul­ta­dos. No surge de los dis­cur­sos ni de las cam­pa­ñas de comu­ni­ca­ción, sino de la expe­rien­cia acu­mu­lada entre ciu­da­da­nos e ins­ti­tu­cio­nes. Cada deci­sión con­sis­tente for­ta­lece ese vín­culo; cada incum­pli­miento lo debi­lita. Por esa razón, la con­fianza cons­ti­tuye uno de los patri­mo­nios más valio­sos de cual­quier demo­cra­cia y, al mismo tiempo, uno de los más difí­ci­les de recu­pe­rar cuando se pierde.

En una época mar­cada por la pola­ri­za­ción, la sobrein­for­ma­ción y la inme­dia­tez, for­ta­le­cer esa infraes­truc­tura invi­si­ble repre­senta un gran desa­fío para el Estado. Es cierto que las carre­te­ras conec­tan terri­to­rios y las redes digi­ta­les conec­tan per­so­nas, pero la con­fianza conecta a la socie­dad con sus ins­ti­tu­cio­nes. Por­que, al final, el desa­rro­llo de una socie­dad no depende úni­ca­mente de la infraes­truc­tura que cons­tru­yen los gobier­nos, sino tam­bién de la con­fianza que son capa­ces de gene­rar y pre­ser­var.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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