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Un gran desa­fío de la demo­cra­cia con­tem­po­rá­nea es que los gobier­nos deben resol­ver pro­ble­mas cuyos efec­tos se desa­rro­llan durante déca­das, den­tro de ciclos polí­ti­cos cada vez más bre­ves. La lógica elec­to­ral exige resul­ta­dos inme­dia­tos, mien­tras que los gran­des desa­fíos públi­cos deman­dan visión estra­té­gica y con­ti­nui­dad. Entre ambas tem­po­ra­li­da­des radica una de las ten­sio­nes más impor­tan­tes del ejer­ci­cio del poder.

La polí­tica suele pri­vi­le­giar el corto plazo. Las elec­cio­nes, la com­pe­ten­cia entre par­ti­dos y la ren­di­ción de cuen­tas obli­gan a los gober­nan­tes a res­pon­der con rapi­dez a las deman­das ciu­da­da­nas. Sin embargo, la ace­le­ra­ción tec­no­ló­gica, la comu­ni­ca­ción digi­tal y el pre­do­mi­nio de la con­ver­sa­ción pública en tiempo real han inten­si­fi­cado esa diná­mica hasta con­ver­tir la inme­dia­tez en una expec­ta­tiva per­ma­nente. Hoy, una deci­sión guber­na­men­tal es eva­luada ape­nas horas des­pués de ser anun­ciada, en tanto que los incen­ti­vos polí­ti­cos favo­re­cen aque­llo que puede mos­trarse antes de la siguiente elec­ción.

El pro­blema apa­rece cuando esa lógica se tras­lada a asun­tos que, por su natu­ra­leza, no admi­ten solu­cio­nes ins­tan­tá­neas. La dis­po­ni­bi­li­dad de agua, la tran­si­ción ener­gé­tica, la adap­ta­ción al cam­bio cli­má­tico, la trans­for­ma­ción edu­ca­tiva, el desa­rro­llo cien­tí­fico, la infraes­truc­tura, la pro­duc­ti­vi­dad o la via­bi­li­dad de los sis­te­mas de salud y pen­sio­nes requie­ren polí­ti­cas cuya madu­ra­ción puede tomar déca­das y sus bene­fi­cios rara vez coin­ci­den con el calen­da­rio polí­tico.

Esta dife­ren­cia de tiem­pos explica por qué muchas polí­ti­cas públi­cas avan­zan con difi­cul­tad. Cada admi­nis­tra­ción tiende a pri­vi­le­giar pro­yec­tos cuyos resul­ta­dos sean visi­bles durante su pro­pio man­dato, mien­tras que las inver­sio­nes de largo alcance sue­len enfren­tar resis­ten­cias por­que sus fru­tos serán cose­cha­dos por gobier­nos pos­te­rio­res. La polí­tica pre­mia la visi­bi­li­dad; el desa­rro­llo exige con­ti­nui­dad. No es una limi­ta­ción exclu­siva de México; demo­cra­cias con­so­li­da­das enfren­tan el mismo desa­fío. La cre­ciente com­pe­ten­cia polí­tica, la frag­men­ta­ción de la opi­nión pública y la pre­sión cons­tante de las pla­ta­for­mas digi­ta­les han redu­cido los már­ge­nes para sos­te­ner deci­sio­nes cuyos bene­fi­cios no son inme­dia­tos. En ese con­texto, gober­nar se ha con­ver­tido, en buena medida, en admi­nis­trar expec­ta­ti­vas de corto plazo sin per­der de vista obje­ti­vos que exi­gen altura de miras y polí­ti­cas que tras­cien­dan admi­nis­tra­cio­nes.

Las nacio­nes que han logrado trans­for­mar su estruc­tura pro­duc­tiva, for­ta­le­cer sus sis­te­mas edu­ca­ti­vos o con­so­li­dar ins­ti­tu­cio­nes efi­cien­tes com­par­ten un rasgo común: fue­ron capa­ces de man­te­ner prio­ri­da­des estra­té­gi­cas durante varias admi­nis­tra­cio­nes, inde­pen­dien­te­mente de las alter­nan­cias polí­ti­cas. La esta­bi­li­dad de cier­tos obje­ti­vos no eli­mina el debate demo­crá­tico; por el con­tra­rio, per­mite que la com­pe­ten­cia elec­to­ral se con­cen­tre en los medios y no en la per­ma­nente recons­truc­ción de los fines. Pen­sar el largo plazo tam­poco sig­ni­fica renun­ciar a la ren­di­ción de cuen­tas. Los gobier­nos deben res­pon­der por sus deci­sio­nes pre­sen­tes, pero tam­bién por la cali­dad de las ins­ti­tu­cio­nes que dejan para el futuro. Una admi­nis­tra­ción res­pon­sa­ble no solo entrega obras o pro­gra­mas; tam­bién for­ta­lece capa­ci­da­des esta­ta­les para enfren­tar nue­vos desa­fíos.

Las inno­va­cio­nes tec­no­ló­gi­cas, las trans­for­ma­cio­nes demo­grá­fi­cas, las nue­vas diná­mi­cas del empleo, la segu­ri­dad hídrica y la com­pe­ten­cia geo­po­lí­tica hacen evi­dente que las pró­xi­mas déca­das esta­rán mar­ca­das por cam­bios de enorme pro­fun­di­dad. Nin­guno de estos desa­fíos podrá enfren­tarse mediante deci­sio­nes impro­vi­sa­das o polí­ti­cas dise­ña­das úni­ca­mente para satis­fa­cer la coyun­tura. La pla­nea­ción estra­té­gica dejará de ser un atri­buto desea­ble para con­ver­tirse en una con­di­ción de gober­na­bi­li­dad.

Quizá el ver­da­dero lide­razgo polí­tico con­sista pre­ci­sa­mente en equi­li­brar ambas dimen­sio­nes del tiempo. Aten­der las nece­si­da­des inme­dia­tas es una obli­ga­ción demo­crá­tica, pero gober­nar implica pre­pa­rar al país para esce­na­rios aún incier­tos. Esa es la dife­ren­cia entre admi­nis­trar el pre­sente y cons­truir el futuro. El pro­greso social no implica resol­ver más rápido los pro­ble­mas, sino desa­rro­llar ins­ti­tu­cio­nes capa­ces de sos­te­ner una visión com­par­tida más allá del calen­da­rio elec­to­ral. Por­que, al final, las gran­des nacio­nes no se cons­tru­yen pen­sando en la pró­xima elec­ción, sino en la pró­xima gene­ra­ción.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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