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El prag­ma­tismo –enten­dido como la acti­tud que eva­lúa la ver­dad, el valor o el sig­ni­fi­cado de las ideas por su uti­li­dad, via­bi­li­dad y con­se­cuen­cias prác­ti­cas– fue con­si­de­rado una vir­tud polí­tica. Gober­nar impli­caba nego­ciar, ceder y ajus­tar el rumbo ante cir­cuns­tan­cias cam­bian­tes, por­que nin­gún pro­yecto podía sos­te­nerse en la rigi­dez abso­luta sin pagar cos­tos. En ese sen­tido, el prag­ma­tismo ope­raba como un correc­tivo y no sus­ti­tuía a la ideo­lo­gía, sino que la hacía via­ble. Hoy, esa rela­ción parece haberse inver­tido.

El prag­ma­tismo ha dejado de ser un ins­tru­mento para con­ver­tirse en el cri­te­rio domi­nante de la acción polí­tica. Ya no corrige a la ideo­lo­gía y, en muchos casos, la reem­plaza. Lo que antes era una herra­mienta al ser­vi­cio de un pro­yecto se ha trans­for­mado en la ausen­cia misma de pro­yecto. El cam­bio no es menor. Cuando las deci­sio­nes públi­cas se jus­ti­fi­can úni­ca­mente por su efi­ca­cia inme­diata, la cohe­ren­cia pierde valor, las posi­cio­nes se vuel­ven inter­cam­bia­bles, las pro­me­sas se ajus­tan a la coyun­tura y las con­vic­cio­nes se dilu­yen en fun­ción de lo que resulta polí­ti­ca­mente correcto. No es que los acto­res cam­bien de opi­nión, es que han dejado de nece­si­tar una. Este des­pla­za­miento tiene con­se­cuen­cias visi­bles. La pri­mera es la incon­sis­ten­cia, donde polí­ti­cas que se defien­den con fir­meza pue­den ser aban­do­na­das sin mayor expli­ca­ción, y medi­das antes recha­za­das ter­mi­nan adop­tán­dose sin costo polí­tico sig­ni­fi­ca­tivo.

La segunda es el debi­li­ta­miento de la con­fianza, ya que cuando el dis­curso se adapta cons­tan­te­mente, la pala­bra pública pierde cre­di­bi­li­dad. La ter­cera es la reduc­ción del hori­zonte polí­tico, pues lo impor­tante cede ante lo urgente y el largo plazo queda subor­di­nado a la lógica elec­to­ral. En este con­texto, el prag­ma­tismo deja de ser una cua­li­dad de la polí­tica para con­ver­tirse en su lógica domi­nante. Todo se eva­lúa en fun­ción de si fun­ciona, pero rara vez se dis­cute para qué, de modo que la efi­ca­cia ter­mina por sus­ti­tuir al sen­tido.

El resul­tado es una polí­tica que puede resol­ver pro­ble­mas inme­dia­tos, pero que tiene cre­cien­tes difi­cul­ta­des para cons­truir rumbo. Los par­ti­dos polí­ti­cos son un claro ejem­plo, ya que han nor­ma­li­zado la fle­xi­bi­li­dad como estra­te­gia. Las alian­zas que en otro momento habrían sido impen­sa­bles hoy se jus­ti­fi­can en nom­bre de la com­pe­ti­ti­vi­dad, mien­tras las dife­ren­cias ideo­ló­gi­cas se rela­ti­vi­zan y las posi­cio­nes se ajus­tan según la con­ve­nien­cia del momento.

Más que repre­sen­tar pro­yec­tos defi­ni­dos, muchas fuer­zas polí­ti­cas ope­ran como estruc­tu­ras orien­ta­das a poten­ciar bene­fi­cios. Esta lógica tam­bién se refleja en la acción de gobierno. Deci­sio­nes rele­van­tes se expli­can por su via­bi­li­dad inme­diata más que por su cohe­ren­cia con una visión de largo plazo, lo que vuelve a la polí­tica pública reac­tiva y más pen­diente de la coyun­tura que de la pla­nea­ción. En para­lelo, la rela­ción con la ciu­da­da­nía tiende a sim­pli­fi­carse en tér­mi­nos de bene­fi­cios con­cre­tos, refor­zando diná­mi­cas de corto plazo y debi­li­tando la cons­truc­ción de acuer­dos más amplios.

El pro­blema no es el prag­ma­tismo en sí mismo. Nin­gún gobierno puede pres­cin­dir de él sin caer en ino­pe­ra­ti­vi­dad, incluso pará­li­sis, ya que la capa­ci­dad de adap­ta­ción es una con­di­ción nece­sa­ria para gober­nar en con­tex­tos com­ple­jos. El riesgo apa­rece cuando esa adap­ta­ción deja de tener un marco de refe­ren­cia y se con­vierte en un fin en sí misma. Sin un hori­zonte claro, el prag­ma­tismo pierde su fun­ción correc­tiva y se trans­forma en una lógica vacía. En ese punto, la polí­tica deja de res­pon­der a una pre­gunta fun­da­men­tal sobre hacia dónde se quiere ir.

Puede admi­nis­trar, ajus­tar y con­te­ner, pero difí­cil­mente puede orien­tar, y cuando la orien­ta­ción desa­pa­rece tam­bién lo hace la posi­bi­li­dad de exi­gir cohe­ren­cia y eva­luar resul­ta­dos con cri­te­rios cla­ros. No se trata de aban­do­nar el prag­ma­tismo, sino de devol­verlo a su lugar, enten­derlo como un medio y no como un fin, y recu­pe­rar la idea de que la polí­tica requiere algo más que resul­ta­dos inme­dia­tos. Nece­sita direc­ción, sen­tido y res­pon­sa­bi­li­dad, por­que cuando todo se jus­ti­fica en nom­bre de lo que fun­ciona en el momento, se pierde de vista lo que debe­ría impor­tar en el largo plazo. En esa pér­dida, la polí­tica deja de ser un ejer­ci­cio de con­duc­ción para con­ver­tirse ape­nas en una admi­nis­tra­ción de iner­cias.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Carlos Tercero
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