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Los ejércitos de Hernán Cortés y sus aliados indígenas, estaban por llegar a tomar Cuauhnáhuac.

Meses antes habían entrado pacíficamente a la Ciudad de México, donde fueron recibidos y hospedados por Moctezuma. Durante una ceremonia en el Templo Mayor y en ausencia del conquistador, se cometieron asaltos a los señores principales, los mataron, arrebataron sus adornos de oro y sobrevino un saqueo. Otra versión dice que la trifulca se armó para impedir que cientos de prisioneros indígenas fueran sacrificados por los mexicas. Días después los conquistadores fueron expulsados en la Noche Triste.

Cortés reagrupa sus tropas en Tlaxcala, elabora un plan para tomar la Gran Ciudad y recuperar ese tesoro que bajo una gran tormenta habían dejado tirado en el fango del lago huyendo para salvar sus vidas. Partiendo de Tlaxcala, inicia lo que se conoce como el “machacamiento”, conquista Texcoco, y por Oaxtepec entra al hoy estado de Morelos, va tomando todos los pueblos y se hacen sus aliados en contra de los mexicas que los tenían sometidos pagando grandes tributos.

Lo que sigue es parte de la Tercera Carta de Relación enviada por Cortés al emperador Carlos I de España y V de Alemania, fechada el 15 de mayo de 1522:

“Muy alto y potentísimo príncipe, muy católico e invictísimo emperador, rey y señor.

[…] Y otro día partimos, y a las ocho horas del día, llegamos a un señorío que se dice Yautepeque, y comenzaron a huir los naturales, y con los treinta de a caballo, dimos tras ellos bien dos leguas, hasta encerrarlos en otro pueblo que se dice Gilutepeque (Jiutepec)… y vinieron ciertas personas del pueblo que se dice Yautepeque y rogáronme que los perdonase, y que ellos se querían dar por vasallos de vuestra majestad. Yo los recibí de buena voluntad, porque en ellos se había hecho ya buen castigo.

Aquel día que partí (13 de abril de 1521), a las nueve del día llegué a vista de un pueblo muy fuerte, que se llama Coadnabaced (así llama a Cuauhnahuac), y dentro de él había mucha gente de guerra -eran texcocanos los que resguardaban en ese tiempo la ciudad conquistada por la Triple Alianza-; y era tan fuerte el pueblo y cercado de tantos cerros y barrancas, que algunas había de diez estados -alturas de un hombre- de hondura, y no podía entrar ninguna gente de caballo, salvo por dos partes, y éstas entonces no las sabíamos, y aun para entrar por aquéllas habíamos de rodear más de legua y media; también se podía entrar por puentes de madera -hoy Puentes de Amanalco y Carlos Cuaglia-, pero teníanlos alzados, y estaban tan fuertes y tan a su salvo, que aunque fuéramos diez veces más no nos temieran en nada; y llegándonos hacia ellos, tirándonos muchas varas, flechas y piedras, y estando así muy revueltos con nosotros, un indio (aliado suyo) de Tascaltecal (Tlaxcala) pasó de tal manera que no le vieron, por un paso muy peligroso (a través de un árbol derribado). Y como los enemigos le vieron así de súbito, creyeron que los españoles les entraban por ahí, y así, ciegos y espantados, comenzaron a ponerse en huida, el indio tras ellos, y tres o cuatro mancebos míos y otros dos de una capitanía, como vieron pasar al indio, siguiéronle y pasaron a la otra parte, y yo con los de caballo comencé a guiar hacia la sierra (Ajusco) para buscar la entrada al pueblo y los indios nuestros enemigos, no hacían sino tirarnos varas y flechas, porque entre ellos y nosotros no había más de una barranca (de por medio); y como estaban embebecidos en pelear con nosotros y éstos no habían visto los cinco españoles, llegan de improviso por las espaldas, y como los tomaron de tan sobresalto, ellos no sabían que los suyos habían desamparado el paso por donde los españoles y el indio habían pasado, estaban espantados y no osaban pelear; y desde que cayeron en la burla comenzaron a huir. Y ya nuestra gente de (a) pie estaba dentro del pueblo, y le comenzaban a quemar, y los enemigos todos a desampararle; y así, huyendo se acogieron a la sierra aunque murieron muchos de ellos. Y después que hallamos por dónde entrar al pueblo (en el hoy Puente del Diablo), que sería mediodía aposentámonos en las casas de una huerta (Acapantzingo). Y ya bien tarde, el señor y algunos otros principales, viendo que en cosa tan fuerte como su pueblo no se habían podido defender y temiendo que allá en la sierra los habíamos de ir a matar, acordaron de venirse a ofrecer por vasallos de vuestra majestad, y yo los recibí por tales, y prometiéronme de ahí en adelante ser siempre nuestros amigos”.

“Aquella noche dormimos en aquel pueblo, y por la mañana seguimos nuestro camino por una tierra de pinales (Ajusco), despoblada y sin ninguna agua, la cual pasamos con grandísimo trabajo y sin beber; tanto, que muchos de los indios que iban con nosotros perecieron de sed, y a siete leguas de aquel pueblo, en unas estancias (caseríos), paramos aquella noche. Y en amaneciendo tomamos nuestro camino y llegamos a la vista de una gentil ciudad que se dice Suchimilco”.

Cortés queda embelesado con esta población y ordena construir una capilla rudimentaria, de esta manara aparta ese lugar para regresar a edificar ahí la gran casona que seria la sede de su Marquesado del Valle,

Y se encaminaron a la conquista (o invasión) definitiva de la Gran Ciudad de México.

¡Hasta la Próxima!

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Sobre el autor

Carlos Lavín Figueroa
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