Iniciaba el año 1949, el General y Senador Don Elpidio Perdomo García paseaba por las apacibles calles de la Ciudad de México cuando vio que el italiano Francesco De Min colocaba en un edificio un mural de mosaico importado de Venecia, ahí le surgió la idea de desarrollar una empresa de mosaicos venecianos en Cuernavaca.
El General Perdomo originario de Tlaquiltenengo, había sido revolucionario y gobernador del Estado de Morelos -su tío Catarino Perdomo fue firmante del Plan de Ayala- a su hijo Manuel decía “si quieres ser libre, en verdad libre, no te metas en la política ni al ejército”.
Para poder abrir la fábrica, pidió un préstamo al Banco del Ejercito, dejando su casa en garantía, se asoció con De Min y dos morelenses, el 11 de diciembre de 1949 el periódico “El Informador” anunciaba a ocho columnas “Cuernavaca cuenta con la primera y única fábrica de mosaicos venecianos en América” -era también la única fuera de Venecia-. Pero la empresa, a la que llamó “Mosaicos De Min”, no llegó a consolidarse y en 1950 la sociedad se concluyó, estuvo parada en los años ‘51 y ‘52, el Banco presionaba a su deudor. Su hijo Manuel Perdomo Villarreal de 23 años, estudiante de ingeniería civil en la UNAM, viendo a su padre desesperado por el adeudo y falta de producción, le ofreció manejarla; “y tú qué sabes de esto”, “nada, pero aprendo”. Con ese apoyo moral, padre e hijo, fueron a ver al director del banco y pidieron una extensión del préstamo. El banquero se alistaba para viajar a Italia cuando les dijo que les hacía falta un técnico italiano, Don Manuel le encomendó que contactara a uno para que ayudara a su hijo, y así, el banquero, llegó a la isla de Murano donde contactó al experto mosaiquista veneciano Tullio Ferro, quien en 1953 llegó contratado a Cuernavaca, lo hospedaron en el Hotel Palacio, cuando vio la planta se decepcionó porque “si acaso era para hacer botellas”, requiriendo unos crisoles como los italianos para fundir y colorear el vidrio. Don Elpidio conocía a lo vidrieros Brittingham dueños de Vidriera México, el señor Lagos de esa empresa, se ofreció a hacerle un crisol artesanal con el diseño de Ferro. El 1º de mayo salieron las primeras pruebas y empezaron a producir el verdadero mosaico de 3 a 4 mil metros cuadrados mensuales y la fábrica se rebautizó como “Mosaicos Venecianos” en honor a Tullio Ferro, quien venía solo por seis meses, pero cayó enfermo y presintiendo su fin, se apresuró enseñar y anotar los secretos milenarios que, desde la Edad Media por decreto del año de 1295 estaba prohibido darlos a conocer so pena de cortar la lengua de quienes dieran las fórmulas, era una tradición heredada de padres a hijos. Finalmente, Ferro, sin hijos, dejo aquí su legado, regresó a Italia antes de cumplir el tiempo de su contrato y dos meses después, por correo llegó a Cuernavaca la esquela de su fallecimiento.
Desde los inicios de la empresa, los miembros de la familia Perdomo se convirtieron en mosaiquistas artesanales, y fueron fundamentales para la confección de aquellos magistrales mosaicos bizantinos y venecianos, trazados por los grandes muralistas mexicanos a mediados del siglo XX, monumentales obras del arte universal que asombraron al mundo.
Eran tiempos del florecimiento del mosaico veneciano en México, y en 1963, la fábrica se amplió a otras instalaciones, quedando la original como taller familiar de murales artísticos, donde todavía se arman colosales obras con los modelos y colores solicitados, que ya terminados, se dividen en piezas numeradas y se empacan para ser armados en el lugar de su colocación.
Los monumentales murales de la UNAM diseñados por Siqueiros, Chávez Morado y Francisco Eppens fueron hechos y armados en los talleres de Mosaicos Venecianos en Avenida Atzingo -hoy Compositoresaquí en Cuernavaca. Diego Rivera diseño el mutral “Rio Juchitán” para la casa de Don Manuel Suarez, y el de la diosa Gaia para alberca de la casa de Cantinflas ahora museo, y en Acapulco para la fachada, pisos y techos de “La casa de los vientos” de Dolores Olmedo diseñada por su esposo Diego, siguieron más dentro y fuera de México como el espectacular mural de García Nerezo en el acceso a Lomas de Cuernavaca.
De ahí, los murales invadieron los hoteles y casinos en Las Vegas y Florida, y en todo el país del norte, siguieron en iglesias, bancos, el metro de Broadway, el de Nueva York, el aeropuerto George Bush en Houston. Después de esa fama, se extendieron al mundo, obteniendo el Premio Nacional de Exportación. Fue cuando en los años ’50, surgieron más de 25 fábricas en todo México, sin embargo, la innovación y adaptación de Mosaicos Venecianos, permitieron su permanencia. Los mosaicos industriales, se usaron como recubrimientos de casas, albercas, comercios, en el Metro, en Villa Olímpica.
En los años 2000 al 2015 se alcanzó a producir 70 mil metros cuadrados mensuales equivalente a más de 15 canchas de futbol, y toda esa producción se ha ido colocado en más de 60 países como Arabia, Singapur, Suecia, Sudamérica, Hawái, Caribe.
La empresa es ahora dirigida por los hijos de Don Manuel, en la detallada elaboración de las obras de arte ya participa la tercera generación, son 450 trabajadores en tres turnos, el proceso de producción es muy interesante; una mezcla de cuatro arenas transportada por bandas llega a los crisoles donde se funde, colorea y bate a altas y exactas temperaturas para no perder los colores en el proceso, de ahí, cae como un grueso “cordón” continuo de vidrio fundido al rojo vivo, finalmente la espesa mezcla pasa por rodillos que forman los mosaicos en serie.
El arte mosaiquista de piedras semi preciosas fragmentadas ya se practicaba en el México prehispánico en máscaras y en otras piezas, continuó en el Virreinato y vincula a México con otras culturas del pasado, así Bizancio y Venecia se prolongaron en Cuernavaca en el taller de los Perdomo de donde salen al mundo.
Video mural Rio Juchitan; https://www.youtube.com/ watch?v=5pFHwP_RBGM
¡Hasta la próxima!
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