Cuernavaca, Morelos.- La historia de Blockbuster comenzó a escribirse a mediados de los años ochenta, cuando el mercado de la renta de video casero era fragmentado y operado por pequeños negocios locales con catálogos limitados.
David Cook, fundador de la compañía, apostó por un sistema informático avanzado y un inventario masivo que multiplicaba las copias de los estrenos más populares. Este modelo de negocio cambió por completo las reglas del juego.
Con el respaldo financiero de figuras como Wayne Huizenga, la marca creció de forma exponencial mediante adquisiciones y franquicias internacionales. Para la década de 1990, se consolidó como un monstruo transnacional en América Latina, Europa y Asia.
Cuando ir por una película era toda una aventura urbana
En México, la llegada de Blockbuster se convirtió en un auténtico hito urbano. Las sucursales ubicadas en esquinas estratégicas se transformaron en puntos de reunión favoritos de las familias, parejas y grupos de amigos cada fin de semana.
Cruzar la puerta automática significaba sumergirse en pasillos alfombrados, oler a palomitas y hojear las portadas de cartón de los VHS y DVD. Para millones de mexicanos, la tarjeta de membresía azul y amarilla era un pase a la libertad de elegir.
Sin embargo, el ritual venía acompañado de pequeños dilemas cotidianos: el temor a la multa por entrega tardía, la urgencia de rebobinar la cinta antes de devolverla o la frustración de encontrar la caja vacía porque alguien más se llevó la última copia.
La llegada de Netflix y cómo el streaming apagó las luces de Blockbuster
A finales de los años 2000, el panorama tecnológico comenzó a cambiar a una velocidad vertiginosa. Mientras el mundo físico operaba con la inercia de los contratos de arrendamiento, una incipiente empresa llamada Netflix comenzó a ganar terreno con renta de DVD por correo postal.
Blockbuster, atrapada en su enorme infraestructura de costos fijos y con una deuda corporativa considerable, subestimó el impacto de la digitalización y el crecimiento de la banda ancha. Aunque intentó adaptarse tarde, la comodidad del streaming y la inmediatez liquidaron la rentabilidad de las tiendas físicas.
En 2010, la cadena se declaró en bancarrota en Estados Unidos, y de manera paulatina las sucursales en México y el mundo cerraron sus cortinas, dejando vacíos en los espacios urbanos que antes vibraban con vida los fines de semana.
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