Miguel Nassar Haro no se imaginó preso; estaba seguro de que jamás pisaría la cárcel en calidad de indiciado. Dicen que dijo a los policías de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), cuando lo aprehendieron: “Mejor mátenme, comandante. Esto es injusto. Me desilusiona que yo haya dado toda mi vida a la nación y a la patria y me hagan esto”. Otros vientos –aires diferentes a los de la época de la “guerra sucia”– empujaron al penal de Topo Chico al ex director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Enfermo y viejo, enfrentó el inicio de un largo proceso por la desaparición del hijo de Rosario Ibarra viuda de Piedra. Una orden de aprehensión girada por un juez mexiquense le remachó la puerta de la prisión. Nassar moriría el 26 de enero de 2012, en la Ciudad de México, atrapado por un cáncer de estómago que le puso el último clavo a su ataúd.
Sólo escarceos de la “guerra sucia” hubo en Morelos. Policías en retiro le contaron al columnista que al menos en dos episodios tomó parte Nassar. “Off the record”, por supuesto.
A fines de 1977, la norteamericana Sara Davis fue secuestrada por un comando de lo poco que para entonces quedaba del grupo de Carmelo Cortés. La gringa Sara era esposa del accionista principal de la empresa que construyó el fraccionamiento Bello Horizonte. Mediante un operativo de policías locales y federales coordinado por Nassar, fue rescatada en una “casa de seguridad”, en el fraccionamiento Lomas de Cocoyoc. La residencia era rentada por una familia de apellido Catalán en 2,800 pesos diarios.
Meses antes, había sido secuestrado el industrial Manuel Mariscal Abascal. El autor intelectual del plagio fue su chofer, Rómulo Leyva, quien sería detenido en Bello Horizonte. El desenlace de este secuestro llevó a la solución de otro, el del empresario Claudio Quintana, de Yautepec. Días después del operativo de Bello Horizonte, los policías irrumpieron en Las Tetillas, rescatando a Quintana. En estos casos no intervinieron guerrilleros, y sí delincuentes comunes.
Proveedor de recursos para la guerrilla, Carmelo había caído meses antes, en un enfrentamiento con policías federales, de la Preventiva y la Judicial del Estado, en Las Tetillas. Horas antes, al frente de un puñado de guerrilleros había asaltado la sucursal La Selva, de Banamex.
Aquel “bancazo” fue memorable. Porque era el primero en la Cuernavaca tranquila de entonces, y por la persecución de los delincuentes que se extendió a gran parte de la ciudad y fue presenciada por vecinos azorados que no daban crédito a lo que veían. En la “corretiza” y el enfrentamiento a balazos que culminaron con la detención de unos y la muerte de Cortés, participaron elementos de la Judicial Federal y la Preventiva, como el primer y el segundo comandantes Jorge García e Ignacio Mora y el jefe de ayudantes de la Dirección de Seguridad Pública, Isidro Landa Mendoza, y de la Judicial del Estado, el comandante Roberto Quintero Veyra, quien un año más tarde sería agente de la DFS con el luego fundador del cártel de Juárez, Rafael Aguilar Guajardo.
¿Cuál era en aquel tiempo el tono de la vida política y social en Morelos? Proveniente del vecino estado del sur, la guerrilla de Lucio Cabañas Barrientos tuvo aquí tres expresiones memorables: uno, los secuestros de la norteamericana Sara Davis y el ixtleco Elfego Morales Orañegui, tío del gobernador sustituto1998-2000, Jorge Morales Barud; dos, la fundación, por medio de una invasión tumultuosa, de la colonia Rubén Jaramillo o Villa de las Flores en terrenos de origen ejidal que había comprado (o despojado) uno de los hijos del a la sazón gobernador Felipe Rivera Crespo, y tres, el asalto a la sucursal La Selva del Banco Nacional de México perpetrado por un comando encabezado por Carmelo Cortés, hombre cercano a Lucio… (Me leen mañana).
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
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