Dan las ocho de la noche y apenas ha sacado para “la cuenta” del patrón y la gasolina, así que nomás le quedan dos horas para juntar lo tuyo. El operador va haciendo cuent as cuando un chamaco medio obeso se para junto a su asiento. Calcula que debe tener unos veinte años. El chavo gordo resulta un asaltante, viste ropa “pirata” de marca y está armado. Le pone el arma en la cabeza, ordena que le entregue el dinero de la “marimba” al tiempo que le arrebata el teléfono celular. Tiene una escuadra en la mano derecha y no está solo. En medio del microbús hay otro asaltante y atrás uno más que blande un puñal. Los tres son muy jóvenes, dos se encuentran armados de pistolas y el tercero blande un puñal. El que parece ser el jefe grita a los pasajeros que no los vean, que bajen la cabeza o “se los carga la chingada”. El que está en el centro del pasillo ordena: “¡las carteras y los celulares en las piernas, rápido!”, y en seguida los tres ladrones comienzan a recoger el botín. Los pasajeros obedecen, saben que no deben verles los rostros porque si lo hacen les dispararán. El sujeto del puñal está drogado, tiene los ojos enrojecidos, tiembla. Los pasajeros temen que se aloque y lastime a la señora que se halla histérica. El chimuelo que se paró junto al chofer ordena que vayan despacio. El asalto dura unos pocos minutos. Los asaltantes bajan de la ruta llevándose dos bolsas de plástico negro con dinero y celulares. Corren ágiles sobre el camellón mugroso, sin césped, no así el tembloroso visiblemente drogado que camina despacio, vacilante. Suben a un taxi que los está esperando y se alejan. Un señor de edad avanzada asegura: “son los mismos cabrones del otro día”. Recuerda que subieron a una ruta en El Polvorín, que “basculearon” a los pasajeros y se bajaron de la combi en el puente de Alta Palmira. Ahora el operador quedó mal estacionado, y nada puede hacer pues uno de los delincuentes se llevó las llaves del microbús. Al rato se para una patrulla del mando coordinado que de casualidad iba pasando. Los pasajeros les dicen a los policías que los acaban de asaltar. Dos muchachas con uniformes de enfermera y logotipos de la UAEM que han logrado calmar a la pasajera histérica les reclaman a los policías que nunca están cuando se les necesita. El gordinflón que se dice comandante pregunta para dónde se fueron los asaltantes y en qué. Rumbo a Temixco y en un taxi, informa el chofer. El policía a cargo habla por el radio de onda corta, ordena que busquen a un taxi “con cuatro masculinos a bordo”, o sea, el taxista y los tres asaltantes. Les aconseja a las y los pasajeros que vayan a la Fiscalía a poner su denuncia “. ¿Qué es eso?”, pregunta un muchacho que iba en la ruta con su novia. “La Fiscalía, pues”, contesta el comandante, y todos dicen que para qué. “Lo que nos robaron no lo vamos a recuperar, y además nunca agarran a los asaltantes”. Los pasajeros toman otra ruta y se van con dirección a Cuernavaca. “Los acaban de asaltar; no les cobres”, alcanza a gritarle al operador que ya habla por el celular que llevaba escondido y le han ordenado que vaya a la Fiscalía donde lo estará esperando el abogado de la ruta para que ponga la denuncia. Al otro día, el operador de esta historia les cuenta a sus compañeros que otra vez lo asaltaron, que ya ha sufrido tres robos en lugares y horarios diferentes. Y el compa que siempre lee el periódico y está bien informado resume: “lo único que falta es que paguemos un impuesto cada vez que nos asaltan. “¡Ah, cabrón! ¿Cómo está eso?”, preguntan en coro y les contesta: “veinte mil pesos por la licencia de ‘operador calificado’, incluyendo la mordida a los coyotes de Transporte y ‘el entre’, eso es otro impuesto!”... (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 


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