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Juan cruzó el portón del penal de Atlacholohaya un lunes de octubre. Lo saludó el calorcito mañanero, perdida la mirada en el horizonte verde moteado de gris, deshilachada la gorra que le cubría la calvicie prematura. Nadie fue a recibirlo, pues a nadie cercano tenía en la vida. Por un instante consideró desandar sus pasos y pedir que lo encerraran nuevamente. Desechó la idea loca, movió la cabeza de un lado a otro, estuvo un largo rato parado en la banqueta viendo a tipos con portafolios entrar y salir del área de juzgados. Se acordó del chiste que decía que no hay crudo que no sea humilde ni pendejo sin portafolios. Sonrió.

Estaba confundido, no acertaba a dónde dirigirse. Tenía miedo a lo desconocido, había estado veinte años encerrado y nada le parecía igual. Era mediodía cuando llegó a Cuernavaca. Observó a la gente, a mucha. Aturdido por los claxonazos de los coches, pensó: “Hay más que antes, si cruzo la calle me atropellan”. Solamente una vez había salido a la calle, cuando estaba enfermo y lo llevaron al Hospital Civil en la avenida Morelos. Lo trasladaron en una camioneta sin ventanas, así que lo único que pudo ver fueron doctores, enfermeras y policías. De eso hacía años.

Ahora, libre y con la espalda sudorosa pegada a las costillas, jadeante y corriendo algunos tramos fue como por fin se hallaba en el centro de la ciudad. Todo había cambiado, o eso le pareció. Vio más edificios, más comercios, más personas, más ruido, más de todo. Hacía mucho tiempo que los billetes habían cambiado de colores, diseños y poder adquisitivo. Guardaba uno de veinte pesos que un “compa” del penal le regaló apenas se enteró de que iba a salir libre. Reconoció lugares viejos que le eran familiares: la calle Atlacomulco, el puente de Amanalco, la subida de Salazar, el Palacio de Cortés, la Plaza de Armas, el Jardín Juárez. Pero nada le parecía lo mismo, la gente vestía de otra manera y distintos también se le hacían sus modos de hablar. El vendedor de helados ya no estaba donde su papá le compraba uno de veinte centavos con dos bolas cuando era niño, protegido del sol en la plancha caliente del Zócalo bajo un Laurel de la India. Notó dos restaurantes que nunca antes vio, y se emocionó como niño con juguete nuevo viendo pasar los coches de modelos fantásticos que había admirado en las revistas “para adultos” pasadas de contrabando a la cárcel. Todo le era desconocido. Dos décadas tras las rejas le cambiaron el sentido de la vida. Acusado del delito de homicidio, se bebió a tragos gordos la sentencia completa. Recordó a manera de justificación: “De joven yo era mal portado, broncudo, buscapleitos, pero a aquel cabrón lo maté en defensa propia. El Ministerio Público cambió los hechos, los puso al revés y el juez me sirvió veinte años. El difunto era pariente de un funcionario del gobierno. Pude haber salido por buena conducta, pero no tuve dinero para el abogado”. 

La terminal de los autobuses estaba donde mismo, pero Juan debió esperar un par de días para reunir dinero y comprar el boleto. Años más tarde contaría: “Anduve ‘canasteando’ en el mercado ALM, conseguía para comer y ahí mismo dormía en el suelo, junto a las ratas, hasta que junté para el pasaje y me regresé a mi pueblo”. Antes, un domingo fue al penal a despedirse de su amigo. Le faltaban todavía cinco años para salir en libertad, así que prometió volver a visitarlo, pero no pudo cumplirle. Nunca lo volvió a ver, le pesó porque era su único amigo, no tenía esposa, ni hijos, ni parientes cercanos. “Caí preso muy joven, a los diecinueve. No estaba casado, tuve una pareja en el penal pero me duró poco, salió libre y comprendí que se olvidara de mí”, cuenta mientras avienta a un lado el periódico que acaba de leer. Según la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos, las prisiones distritales de Atlacholohaya, Cuautla, Jonacatepec y Jojutla así como el Centro de Ejecución de Medidas Privativas de Libertad para Adolescentes tienen una población de 3 mil 929 PPL (personas privadas de la libertad), de las cuales el 35 por ciento aún no recibe una sentencia. Concluye: “nada ha cambiado”, y arroja el periódico a un lado… (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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