No siempre se cumple el adagio de que “todo tiempo pasado fue mejor”. La violencia actual ha enlutado a miles de hogares y mucho se teme lo seguirá haciendo, débil el optimismo ante el pesimismo de la realidad.
Hoy, como en otras épocas aciagas de la historia de Morelos, la temporada navideña y de fin de año ha coincidido con lapsos de penurias y luto en múltiples hogares. No se trata de dar argumentos al fenómeno emocional que les ocurre a algunas personas, conocido como “depresión navideña” o “el bajón de fin de año”, sino simplemente considerar que la Historia es una secuencia de épocas y circunstancias a veces felices, otras lamentables.
Usurpando el papel de historiador aficionado –y cierto tinte de filósofo improvisado de la vida–, este columnista se remite a un fin de año por demás triste. Diciembre de 1916. Cuernavaca era una ruina. Ni un alma transitaba por sus calles. Huérfanas de transeúntes las plazas y ayunos de comensales los restaurantes y las fondas, ausentes los parroquianos de las cantinas y pulquerías, la capital de Morelos era una auténtica ciudad fantasma. De día, jaurías de perros hurgaban entre escombros y basura, buscando algo comestible. Apenas se abatía la oscuridad, sobre los caseríos de adobe y tejas, gatos y animales monteses se disputaban las alimañas noctámbulas.
Tal panorama fue el producto de la ofensiva del general carrancista Pablo González Garza quien, al frente de 30 mil soldados contra el Ejército Libertador del Sur, para ese fin de 1916 había reconcentrado a las poblaciones de Cuernavaca, Jojutla, Cuautla, entre otras, además de pueblos y rancherías. Esto con el propósito de expulsarlas a los andurriales de la Candelaria de los Patos, en las goteras de la Ciudad de México, el paraje donde hoy se asienta el Palacio Legislativo de San Lázaro, y a más rumbos capitalinos como el pueblo de Mixcoac o los llanos de Tacubaya. Otros miles fueron deportados a los plantíos de henequén del entonces territorio de Quintana Roo, y unos más a las cárceles de Lecumberri y Belén, en el mismo Distrito Federal, así como a la temible cárcel porfiriana de la añeja fortaleza en la isleta de San Juan de Ulúa, en Veracruz.
Así es que para mediados de diciembre de 1916 entró a Cuernavaca un pelotón de carrancistas al mando del sargento Alfonso Navarro Quintero, el mismo que en su libro de memorias “Mis andanzas en la Revolución” narra el episodio. Después de encender una bengala en el techo de la Catedral, la tropa recorrió la dañada y solitaria ciudad en busca de habitantes. Ni un alma. La capital morelense era tierra de nadie.
Los días 24, 25 y 26 de diciembre los federales “peinaron” Cuernavaca. En la Nochebuena no faltaron por ahí algunas botellas de aguardiente, más allá, unos cigarros de mariguana, alguna vihuela y la voz tipluda de algún cabo interpretando las canciones de moda. Lúgubre víspera de Navidad en Cuernavaca, pero más trágica para los deportados. ¿Cómo fue aquella Navidad y noche de Año Nuevo para los miles de morelenses expulsados de sus hogares, de su tierra? ¿Cómo la pasaron aquellos que se escondieron en barrancas y cañadas del poniente y sur de la entidad? Fueron las festividades decembrinas tristemente inolvidables para quienes vivieron las consecuencias de la Revolución.
La década de 1910 a 1919 –diez temporadas navideñas– les sirvió un cáliz amargo a los morelenses. Madres despojadas de sus hijos por la leva, esposas con los maridos desaparecidos o asesinados, aquí y allá hogares enlutados y, encima, sin el techo del hogar por resguardo y sin el suelo benefactor de la madre tierra. Hoy, en las postrimerías de 2022, con la cifra de muertos y desaparecidos en el territorio nacional, las víctimas por igual del abuso de las policías y el latrocinio desquiciado de los delincuentes, tantos hogares mexicanos pueden preciarse de no contar con un caído en la anarquía criminal y la torpeza gubernamental. El luto es de muchos…
Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com
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