Como sucede en esta época del año grandes cantidades de agua se abaten sobre la capital, Jiutepec, Yautepec, Tepoztlán, Emiliano Zapata, Tlaltizapán, Temixco y “Xochi
Implacable, contra la naturaleza nadie la talla, un juego recurrente que suele ir del frío de la lluvia al calor de las llamas. Va de historia: A diferencia del trienio 2011-2013, durante 2014 y las dos cuartas partes del 2016 la cifra de incendios bajó drásticamente debido a la abundancia de lluvias que sin embargo no dejaron de ser irregulares. Con interrupciones por semanas que convirtieron a la canícula –ese intenso calor húmedo después de una noche de la lluvia– en factor de otros riesgos, uno de ellos se tradujo en patente peligro con la plaga del llamado “pulgón amarillo”, cuyo inicio de acción destructora sobre los cultivos de sorgo se detectó el 20 de julio de 2015. Este insecto apareció o recrudeció su voracidad a partir de 2010, en India y Oceanía, y desde aquellas latitudes avanzó hasta entrar por Norteamérica a México a través de Tamaulipas, a finales de 2013, donde generó una catástrofe entre los sorgueros de aquella entidad...
De las travesuras del “niño”: Siempre sujeta a múltiples variables, la producción agrícola es una actividad de alto riesgo. El éxito de las cosechas no sólo depende de la calidad de la tierra, los financiamientos y los fertilizantes, también está el factor del clima. Los abruptos cambios del estado del tiempo tienen con el Jesús en la boca a campesinos y autoridades del sector. Para identificar algunos de los numerosos daños presentes y por venir en Morelos, revisemos a uno de ellos conocido como El Niño, así como un listado de sus consecuencias durante los últimos años.
Es un fenómeno climático cíclico que provoca estragos a nivel mundial. Debido al calentamiento de las aguas del Océano Pacífico, las zonas más afectadas están en Centroamérica y América del Sur. El nombre del fenómeno de El Niño se debe a que ocurre cerca de Navidad, por las costas oeste del sur. La denominación oficial es “Oscilación del Sur El Niño”, un síndrome o alteración climática con más de 7 mil años de registro pero que ha intensificado sus efectos por la elevación de la temperatura del planeta y las aguas costeras durante las últimas décadas, a causa, entre otras, de la quemazón del petróleo en industrias y automóviles. En otras palabras, El Niño no es el causante en sí de los desastres, sino que su peligrosidad lo ha desatado la polución y el uso de combustibles fósiles.
Además de mega huracanes de magnitudes pocas veces vistas, existen especies que no sobreviven al cambio de temperatura, con enormes pérdidas para el mercado de los alimentos. El Niño y su cambio de régimen climático propicia epidemias como el cólera y el dengue, muy difíciles de erradicar.
El aumento de los incendios es también consecuencia del recrudecimiento de las “travesuras” de El Niño. Cada década se presentan condiciones favorables a la incidencia de incendios forestales. Los buenos temporales precedentes favorecen la reproducción de árboles, pastizales y hierba, lo que luego, con la resequedad cíclica, se convierte en pasto de fuego. El 2014 y el 2013 fueron críticos en materia de conflagraciones. En 2013, durante los meses de estío el humo se coló al interior de viviendas y negocios en Jiutepec, Tepoztlán y Tlayacapan; la visibilidad era escasa y el ardor en ojos y garganta una constante. No se tiene memoria en Morelos de incendios de tal magnitud, aunque especialistas indican que son ciclos de diez años, con la secuela de altas temperaturas y sequías. Es cuando los termómetros en Cuernavaca oscilan entre los 33 y 35 grados, mientras en municipios de la zona sur y el poniente llegan a 40 y 42. Una hornaza.
Factores como el aumento de motores de combustión interna y el uso de combustibles fósiles (petróleo, gasolinas, diésel y carbón, principalmente), pavimentación y falta de recargas en mantos freáticos, deforestación y un largo etcétera de elementos se confabulan para recrudecer las sequías periódicas de cada década. Entonces, cualquier chispa enciende la hojarasca, pastizales y hierbas secas. Una colilla arrojada con negligencia, un envase de vidrio que hace las veces de lupa, un descuido en la quema de la hierba en un terreno de cultivo o una fogata mal apagada pueden desatar el infierno y la pérdida de cientos o miles de hectáreas de bosques y pastizales con daños a la flora y fauna de esos parajes. ¡Cuidado!... (Me leen el lunes).