Éramos siete u ocho los veinteañeros que integrábamos el equipo de basquetbol Pascual de Cuernavaca. Memo era un moreno espigado, a otro bajito le decíamos La Mona, Delfino y yo presumíamos de ser los más altos, y el quinto era Tomás Urióstegui, El Güero, un repartidor de refrescos, correoso, habituado a cargar de un jalón hasta cuatro cajas de refrescos. Todos guerrerenses, menos quien esto escribe. Hablo de principios de los setenta, y de que, si ya pasaron cincuenta años, es natural que la memoria flaca diluyó algunos datos.

Fuimos al pueblo de Apaxtla, Guerrero, para jugar un cuadrangular con la quinteta de ahí, otra del Distrito Federal y nosotros, el equipo que llevaba el nombre de la distribuidora del Pato Pascual de la colonia Amatitlán porque ahí trabajaba Tomás y por eso el nombre del grupo. Salimos temprano de Cuernavaca, de modo que a las nueve de la mañana ya nos encontrábamos almorzando en una fonda del mercado de Iguala, ‘ora sí que como para chuparse los dedos: carne de cerdo en salsa verde, frijoles de olla, tortillas de mano, café negro y cocas bien frías.

El calor comenzaba a secar los gaznates cuando reanudamos la marcha. La excursión a Apaxtla nos llevó varias horas, montados en la caja del camión repartidor que consiguió prestado Tomás. Llegamos al pueblo a la hora de comer. Sentados en torno al fogón de leña, la mamá del Güero repartió trozos de cecina semi dorada, no blanda como la de Yecapixtla pero igualmente sabrosa, acompañada de frijolitos, queso de cincho y tortillas que salieron volando del comal a los platos. Los refrescos al tiempo, no obstante el calorón en el que el hielo brilló por su ausencia. Terminamos de comer y, “educados”, hicimos los honores de cortesía eructando en coro, súpitos, satisfechos pero somnolientos, así que caímos en una siesta de un par de horas después de la cual caminamos a la cancha de básquet.

El público estaba formado por jóvenes y viejos, niños traviesos y muchachas bonitas custodiadas por hermanos con caras de pocos amigos que no las dejaron ni a sol ni sombra. Ninguno pudo pegar su chicle, como lo intentó Memo. En el cuadrangular nos dieron hasta con la cubeta, quedamos en último lugar, en el primero los chilangos y en segundo los anfitriones. Regresamos a la casa de Tomás, donde la temperatura de unos 38 grados causó que nos supiera a gloria el baño a cubetazos en el patio cuya discreción de un “biombo” formado con sábanas nos dio el pudor de la decencia.

Bañados, perfumados y cambiados de ropa nos dirigimos al baile que se celebró en la misma cancha. Habíamos corrido y saltado bajo el sol infernal durante más de una hora, ¡pero quién se cansa cuando se tienen veinte! No acostumbrábamos tomar más que refrescos, excepto Memo que a veces gustaba de empinar el codo. Debieron ser las dos de la madrugada cuando por fin nos dispusimos a descansar. Regresamos a la casa de Tomás. Como camas para todos no había, tirados sobre colchonetas en el piso de la sala pronto nos rindió el cansancio. Y a roncar. Pero no todos, alcancé a ver que Memo abandonaba la sala, le pregunté a dónde iba y me dijo: “A correr un gallo”. Pensé: “va a darle serenata a la chica con la que se pasó bailando en la cancha”. Pero lo que quiso decir fue que iba a balacearse con un galán del pueblo que pretendía a la misma joven. Por fortuna el asunto no pasó a mayores, Memo y su rival en amores dejaron para mejor ocasión “el duelo a balazos”. A la mañana siguiente regresamos a Cuernavaca, y el domingo por la mañana fuimos a jugar básquet en la cancha de la Estación, como hacíamos cada ocho días. El piso era de pavimento, áspero, irregular; el tablero ovalado y no había gradas para el público. Sucedió hace ya medio siglo, y este relato viene a cuento porque recientemente me enteré de que El Güero Tomás es primo del alcalde de Cuernavaca, José Luis Urióstegui Salgado, hijos, respectivamente de Francisco y José Luis. La vida suele tener coincidencias inescrutables. El miércoles pasado fue entregada la cancha multiusos que construyó el gobierno de Andrés Manuel López Obrador en el mismo lugar donde jugaba el equipo de este relato… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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