Ya no tendrán “guaruras”, escoltas o como guste llamarles el lector. El secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Miguel Ángel Urrutia, informó que se retirará la protección a exfuncionarios del Gobierno del Estado y de otras instituciones. Habló de al menos 150 agentes preventivos, o sea, policías que, después de haber estado asignados a la ingrata “chamba” de guardaespaldas, volverán a las calles y, digo yo, de donde la mayoría nunca debió salir. Sus sueldos le cuestan al pueblo millones de pesos. La gobernadora Margarita González Sarabia confirmó que les fueron retirados los escoltas a funcionarios de administraciones anteriores que no estaban en situación de riesgo, algo que debe aplaudir el ciudadano común. Explícito, el secretario de gobierno, Juan Salgado Brito, detalló que a los presidentes municipales les quitaron los “guarros” que tenían comisionados, es decir, los policías preventivos que deben regresar trabajar a la calle. ¿La medida alcanzará a policías ministeriales asignados a tareas diferentes por las que les paga el pueblo? De mi parte añado lo que por sabido se calla: que es costumbre de funcionarios con policías comisionados que los usan como sirvientes o pilmamas, cuidando a los niños, yendo por ellos a la escuela, sirviendo de choferes a la señora en vehículos de gobierno de los que no pagan gasolina ni mantenimiento…
EL SISTEMA corporativista se combina con el clientelismo, el cual opera también para los mercados municipales y centrales de abasto. Exactamente como ocurre en el centro comercial “Adolfo López Mateos”. Es frecuente que de las asociaciones gremiales emerjan líderes capaces de crear relaciones personales con las autoridades. De estos dirigentes hay tres tipos: el independiente, el tradicional y el moderno. El primero no es afiliado al partido de gobierno, pero obtiene permisos de venta por medio de “trinques” oficiales. El segundo se apoya en su origen local y sus relaciones de amistad, de compadrazgo o de parentesco. El último tipo comprende a líderes con un estatus definido en la comunidad que suelen gestionar prestaciones económicas como las cajas de ahorro. Pero en todos los casos el líder constituye un “intermediario político”. Este funcionamiento clientelista del comercio callejero que se extiende a los mercados está relacionado con la jerarquía del sistema mexicano formado por un cierto número de camarillas de funcionarios, los cuales compiten por la distribución de puestos de gobierno. Por otro lado, las prácticas clientelistas son profundas en la cultura de los vendedores ambulantes. En algunos casos éstos acabaron asumiendo esa dependencia frente al líder, la negociación permanente y el no respecto de las normas como “formas legítimas de intermediación entre la sociedad y el Estado”. Pero si el poder del líder es muchas veces descrito como fuerte, incluso al extremo de hacer uso de la violencia, y el funcionamiento de las organizaciones como no democrático, se tiene que relativizar este poder porque los ambulantes pueden rebelarse o liberarse de su líder. Por lo tanto, la capacidad de los ayuntamientos y sus alcaldes para controlar el comercio en la vía pública ha sido determinado por las relaciones políticas corporativistas y clientelistas entre los comerciantes representados por un líder y las autoridades. Eliminar o darle borrón al ambulantaje y el clientelismo está en chino. Pocos alcaldes pueden presumir de haber logrado tal hazaña… (Me leen mañana).
