Atril: El sistema electoral mexicano en tres patadas…

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En estos días que son de revoltura en el río de la “grilla”, con ganancias para pescadores de mafias añejas y sórdidos intereses, vale la pena echarle una mirada al aspecto histórico de las elecciones en México.
Sin entrar en detalles historiográficos ni en la “historia de las mentalidades” de cada época, yéndonos atrás, la pregunta es: ¿cómo han sido las elecciones de doscientos años a la fecha? Estamos hablando de un largo compás de 1812 a 2012, de que del primer centenar de años se pueden distinguir apenas cuatro etapas: de 1812 a 1824, el cual se considera el nacimiento de la historia electoral mexicana. Esto ocurrió con la española Constitución de Cádiz, el Congreso Mexicano ante el Imperio de Agustín de Iturbide y el papel que cumplieron las elecciones para construir lo que llegó a llamarse como República Mexicana. El segundo período va de 1824 a 1857, con el establecimiento de diferentes constituciones, de ahí hasta 1867 y 1876 (tercer período) y entre ambos la figura del antecesor de los dictadores latinoamericanos, “Su Alteza Serenísima” o “El Cojo de Manga de Clavo”, Antonio López de Santa Anna, considerado no déspota, sino “el caudillo de las reelecciones”, pues armó (o le armaron) once y todas las ganó o las arrebató. Asentado lo anterior, Santa Anna puede ser también el santo patrono de los actuales “mapaches” e “ingenieros electorales”. Por último, la era juarista, reformista y contra imperialista de 1867 a 1876, cuando las elecciones eran nomás de trámite o al apuro entre guerras internas, asonadas militares y el gobierno de diligencia de Benito Juárez. Vienen entonces los 34 años del porfiriato, con elecciones bajo una dictadura que convertían en legal las imposiciones de los compadres, amigos y parientes de Don Porfirio, de cuyos ejemplos en Morelos hay reseñas.
¿Dictadura perfecta o dictablanda?
La etapa de 1910 a 1929 se inicia con el sufragio efectivo no reelección de Francisco I. Madero, el talón de Aquiles del porfiriato, pero se frustra con el crimen a manos de Huerta, así que el tema de las elecciones y su organización aparece hasta la Constitución de 1917 que propicia el surgimiento de numerosos partidos, sin ser el mexicano un sistema de partidos o que se quedó en pañales. El de Obregón y Calles contra la candidatura de José Vasconcelos, a la que se le llamó “el sabio contra los revolucionarios”, es considerado el primer gran fraude posrrevolucionario pero, además, la primera gran oposición contra el régimen totalitarista surgido de la Revolución Mexicana.
Los 58 años de 1929 a 1987 son los del “partido aplanadora” y del “carro completo”, entre otros epítetos populares o más sofisticados, como el de la “dictablanda” o el que le endilgó el escritor peruano Mario Vargas Llosa, de “la dictadura perfecta”. El caso son los años de esplendor del PRI, concebido como la maquinaria electoral creada por la Revolución Mexicana con la cual se “domesticó” a las oposiciones (dentro y fuera del partidote), cuyos dirigentes (o sea, los presidentes en turno) no dudaron en crearle cuatro reformas electorales para “mantener vivo al sistema”. En 1940 llegó al poder el último de los generales de aquella Revolución que se había bajado del caballo y era más mito que realidad electoral. Lázaro Cárdenas tuvo que vérselas con la terquedad de los militares reacios a soltar el poder político, con el avance de la derecha que pedía menos libertades cívicas y más culto y el riesgo de una nueva guerra civil. Con Manuel Ávila Camacho (años cuarenta) las elecciones en México alcanzaron “la medianía de edad”, afianzado el sofisticado sistema de pesos y contrapesos del sistema político con el legendario “dedazo”. Así se la llevaron los priistas más o menos campechanamente, hasta que JoLoPo (José López Portillo), presionado por la izquierda y la derecha, pero más por su secretario de Gobernación, don Jesús Reyes Heroles, aceptó hacer la primera reforma electoral que de veras le dio cabida a partidos de izquierda y un tanto más de aire al único de derecha, el PAN.
 De la caída al desastre del PRI no hubo nada relevante hasta la fraudulenta elección de Salinas de Gortari, en julio de 1988, que no sólo magnificó la cínicamente famosa “caída del sistema”, del poblano Manuel Barttlet, sino una severa crisis dentro del partido oficial y los proyectos enfrentados de los priistas renegados, como Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y otros entre los que ya andaba López Obrador… (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 

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