Otrora considerada casi un arte, ¿cuándo se vulgarizó la política? Años ha, los priistas decían que cuando los panistas llegaron al poder, y éstos, que cuando el viejo régimen le dio una tajadita del pastel a la oposición simulada, no a la auténtica. ¿Y cuándo se perdieron los niveles? Con Vicente Fox, cuya ignorancia de la historia y sumisión al gobierno de Estados Unidos lo llevó a hablarle de “tú” a Fidel Castro, sugiriéndole que viniera a México, cenara y se fuera pero que, por favor, no hiciera declaración alguna que contrariara a George Bush. O cuando Sergio Estrada Cajigal, vuelto primero alcalde y en seguida gobernador por el apellido de abolengo político –en los treinta, su abuelo don Vicente había sido gobernador– y básicamente por el hartazgo social contra el PRI.
Más atrás, en los inicios de los setenta la anécdota en Cuernavaca que contaba que don Ernesto Ocampo, un comerciante popular con el inseparable lápiz en la oreja, bromeaba diciendo que también él quería ser alcalde de Cuernavaca, “porque si Felipe (Rivera Crespo) pudo, por qué yo no”. Y así hasta ahora, diluidos los niveles de algunos en el lodo de la mediocridad, pobres sus trayectorias y falsas las experiencias de varios que dicen querer ser gobernador. Presumen que pueden, se colman de elogios, se asumen intachables, repiten el discurso ramplón de “quiero ser gobernador para servir al estado, no para servirme”; “yo no había pensado ‘en eso’, pero mis amigos, que son muchos, me han pedido que participe”.
Está el aspirante “amnésico” pensando que la gente “ya olvidó” que cuando ocupó un puesto público robó a manos llenas. O el mentiroso que hace poco tiempo detestaba todo lo que oliera a izquierda y hoy se dice admirador del presidente Andrés Manuel López Obrador. Y en esa fauna de la hipocresía politiquera, el funcionario encumbrado en el primer nivel que décadas atrás arrancó en la burocracia de abajo, sobrevivió sexenio tras sexenio, se enriqueció con una sola transa, pues fue público que se embolsó cientos de millones de pesos compartidos con el gobernador en turno, y hoy es un empresario multimillonario que alardea su pretensión por la gubernatura, pero en el fondo va por una diputación plurinominal.
Para los advenedizos, lo de menos son la trayectoria, el trabajo de partido y la cercanía con la gente, evidente en tales especímenes su ambición por los negocios al amparo del poder. En el proceso electoral subsisten dos clases de tiempos: el oficial y el real. Para las campañas de los candidatos formales faltan dos años, pero hace meses que no pocos se adelantaron. Pretenden nominaciones de alcaldes, diputados locales y federales, maniobran adentro y afuera de los partidos, codician espacios en Morena, pretextan motivos, se movilizan en ciudades, pueblos y colonias. Los modos de la politiquería no cambian, prevalecen con algunas variantes. Siendo cíclicos, que algunos problemas sean recurrentes no significa que son conocidos por los politiqueros, y menos que tengan soluciones. Ejemplo: los municipios de la zona conurbada estaban separados por sembradíos de caña, maíz y arroz. Cuernavaca llegaba al Polvorín y al hospital del IMSS de Plan de Ayala. Otro tanto ocurría en Cuautla, que acabaría pegado a la Villa de Ayala, y Jojutla, al que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec. Pero si fue hasta los ochenta cuando el discurso oficial empezó a hablar del desorden en el crecimiento de las manchas urbanas, el tema no pasó de planes jamás ejecutados. ¿Lo sabe el empresario que se ha destapó para gobernador? No tiene ni idea... (Me leen después).
Por: José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com
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