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Atril: Atlatlahucan: De la anécdota al conflicto

No es la pri­mera vez que el pue­blo de Atlat­lahu­can vive un enredo polí­tico. Seña­la­mien­tos del cabildo con­tra el alcalde suplente, Gerardo Espi­noza Torres, rela­cio­na­dos con pre­sun­tos actos de corrup­ción y otros deli­tos, deben ser inves­ti­ga­dos por las auto­ri­da­des com­pe­ten­tes. En el marco del Ope­ra­tivo Enjam­bre en More­los, el 24 de junio pasado el Con­greso local aprobó la sus­pen­sión defi­ni­tiva de los pre­si­den­tes muni­ci­pa­les de Cuautla, Jesús “N”, y de Atlat­lahu­can, Agus­tín “N”, “por estar vin­cu­la­dos a un delito doloso”.

En Cuautla, ayer mar­tes los inte­gran­tes del Cabildo fue­ron cita­dos a sesión extraor­di­na­ria para tomarle pro­testa al alcalde suplente, pero en Atlat­lahu­can aún no hay fecha para que el suplente asuma el cargo. Ambos exal­cal­des fue­ron vin­cu­la­dos a pro­ceso, según la Fis­ca­lía Gene­ral de la Repú­blica, por los deli­tos de delin­cuen­cia orga­ni­zada, extor­sión y corrup­ción. Agus­tín “N” e Irving “N”, así como cua­tro fun­cio­na­rios muni­ci­pa­les fue­ron dete­ni­dos el 20 de mayo durante un ope­ra­tivo con­junto de la Secre­ta­ría de Segu­ri­dad y Pro­tec­ción Ciu­da­dana, la Guar­dia Nacio­nal y la Fis­ca­lía Gene­ral de la Repú­blica, por pre­sun­tos nexos con un líder regio­nal del Cár­tel de Sina­loa.

El 4 de junio ante­rior se informó que exis­tía una orden de aprehen­sión con­tra el enton­ces alcalde de Cuautla, Jesús “N”, la cual fue cum­pli­men­tada el 30 de mayo en Aca­pulco, donde se ocul­taba. La mayo­ría de los dete­ni­dos en el con­texto del Ope­ra­tivo Enjam­bre par­ti­ci­pa­ron pre­sun­ta­mente en una reu­nión rea­li­zada en junio de 2024, con Júpi­ter Araujo, alias “El Bar­bas”, iden­ti­fi­cado por auto­ri­da­des fede­ra­les como líder regio­nal del Cár­tel de Sina­loa en la zona oriente de More­los...

Lla­mado “el obispo negro”, Mar­cel Lefe­bre pug­naba por una “prensa bonita” un domingo de media­dos de los setenta que lo espe­ra­ban los cató­li­cos tra­di­cio­na­lis­tas de Atlat­lahu­can. El reporte de los ins­pec­to­res de la Secre­ta­ría de Gober­na­ción aler­taba sobre una comida para cinco mil lefe­bris­tas en esa comu­ni­dad de Los Altos de More­los, así como de pue­blos del enton­ces Dis­trito Fede­ral y el Estado de México. Pero las tor­ti­llas “de mano” y las cazue­las de mole, arroz y fri­jo­les se que­da­ron espe­rando en el comal. Ins­pec­to­res de Migra­ción topa­ron a Lefe­bre en la fron­tera de Tijuana, cerrán­dole el paso a terri­to­rio nacio­nal. Durante muchos años Atlat­lahu­can per­ma­ne­ció divi­dido. De un lado, los cató­li­cos tra­di­cio­na­lis­tas, y del otro, los pro­gre­sis­tas; aqué­llos, afe­rra­dos al rito gre­go­riano de la misa en latín, y éstos, admi­tiendo la nueva misa en espa­ñol, cada bando con su tem­plo y sus creen­cias res­pe­ta­bles.

Lo malo fue que la reli­gión inci­dió en la polí­tica, y la divi­sión se acre­centó. Unos des­co­no­cie­ron al pre­si­dente muni­ci­pal legal­mente electo y nom­bra­ron al suyo, así que hubo dos, uno que des­pa­chaba en el Pala­cio Muni­ci­pal y otro en un domi­ci­lio par­ti­cu­lar. Ambos ejer­cie­ron actos de gobierno, casa­ron pare­jas, fir­ma­ron actas de naci­miento, regis­tra­ron “fie­rros” de gana­de­ros, emi­tie­ron docu­men­tos, regu­la­res o irre­gu­la­res que aca­ba­ron siendo reco­no­ci­dos como ofi­cia­les. Años más tarde, con aque­llas actas de matri­mo­nio algu­nos se divor­cia­ron y, usando las actas de naci­miento, otros obtu­vie­ron cre­den­cia­les de elec­tor y pasa­por­tes…

En esta his­to­ria no faltó la anéc­dota: como can­di­dato a gober­na­dor, en la pri­ma­vera de 1982 Lauro Ortega Mar­tí­nez halló con­fron­tado a Atlat­lahu­can. Cada fac­ción tenía su can­di­dato para la alcal­día, y no había forma de poner­los de acuerdo. Se reu­nió con ambos gru­pos, por sepa­rado y en dis­tin­tas oca­sio­nes, pero en vano, aun­que urgía el acuerdo pues se acer­caba la fecha para el regis­tro de can­di­da­tos a pre­si­den­tes muni­ci­pa­les.

Enton­ces el habi­li­doso polí­tico hizo una “jugada”, con un toque, vale decir, de per­ver­si­dad y genia­li­dad. La señora Elena Villa­nueva mili­taba en un grupo y en el lado opuesto el alcalde saliente Seve­rino Prado. Los mandó lla­mar al hotel Casino de la Selva, fue­ron ence­rra­dos en una habi­ta­ción y se les advir­tió que no sal­drían sino hasta que se pusie­ran de acuerdo. Por supuesto no lo hicie­ron, pero, ante la “ame­naza” de que en Atlat­lahu­can se sabría que habían com­par­tido un cuarto de hotel, con­sin­tie­ron a un alcalde que no fuera ni de uno ni de otro grupo. Sin embargo, pocos meses des­pués de que el fla­mante pre­si­dente muni­ci­pal tomara pose­sión del cargo llegó a la feria de Atlat­lahu­can y, ebrio, se le ocu­rrió tre­parse en la rueda de la for­tuna, cayendo de lo más alto y matán­dose… (Me leen mañana).

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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JPerez
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