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Nadie nos impidió acercarnos a la vivienda, pobre y limpia al igual que las demás habitadas por familias de obreros, burócratas, músicos, boleros y mujeres vendedoras de amor que se ganaban la vida en los burdeles de cuadras abajo. Respetuosos, frenamos en el umbral de la puerta, alargados los pescuezos para poder observar la escena pecaminosa. Del rostro de la belleza con mirada inquisitiva escurría un hilillo rojo casi imperceptible a la luz opaca del foco de 50 wats que pendía de un alambre pelón. Los niños intentaban curiosear, pero nada alcanzaban a ver tras la muralla de pies parados de puntas.

 –¡Váyanse! ¡Qué les importa!” –ordenó una de las tres beatas de rebozo y delantal que chismeaban junto a la cama con cabecera de latón.

Mascullando protestas nos retiramos al patio. A poco aparecieron un policía de la Judicial y el agente del Ministerio Público. Los lentes de fondo de botella y el traje oscuro del funcionario le conferían un aire intelectual. Frío, rutinario, comenzó a dictar el acta que el secretario tecleó vertiginoso en la Remington ruidosa llevada ex profeso: 

–Siendo las veintidós horas del día tal… 

Afuera del cuartucho se apiñaban los vecinos. Los señores se hacían guiños, las señoras casadas y las muchachas en edad de merecer aventuraban hipótesis. Alguna recomendó darle el pésame al marido, al hombre de unos cincuenta años que recargaba su tristeza en el borde del lavadero colectivo. Tenía la mirada perdida en el vacío. Ajeno a lo que sucedía en su entorno, vestía el uniforme azul del hospital de gobierno donde hacía años trabajaba como calderero. La vecina que presumía saberlo todo cuchicheó: 

–¡Pobre don Barto! Lo vi cuando llegó, por ahí de las nueve. No saludó. Se metió a su cuarto. Me extrañó porque era año nuevo, sabíamos que tenía guardia y a esa hora debía estar trabajando…

Cuando al fin salieron del cuartucho el agente del  Ministerio Público y el policía de la Judicial, éste determinó: 

–Fue un balazo nomás, al parecer calibre 38, en la mera frente. Alguno de ustedes debió escucharlo.

Una señora gorda contestó que sí, pero que pensó que era un cohete, “de esos con los que juegan los chamacos”. El policía de la Judicial barrió con la mirada a los presentes. Masculló “¡cómo les gusta hacerse pendejos!”, y caminó a donde estaba el cincuentón solitario. Gritó que nadie se acercara. “Estoy investigando un homicidio”. Algo que las chismosas no alcanzaron a escuchar le dijo al hombre del overol desteñido antes de sujetarlo de los brazos, encaminarlo a la calle y regresar gritando: “Aquí ya pasó lo que pasó. ¡Retírense!”. 

Hacía tiempo que Bartolomé sospechaba que su esposa le era infiel, pero se resistía a creerlo. La duda le mordía el corazón, y la idea de estar siendo engañado lo atormentaba. Pensaba que ningún motivo le había dado para que le faltara de manera tan vil, a él, que en la intimidad “aún le cumplía como hombre” y que ante la sociedad le había dado el respeto de un trabajador decente. Esa mañana simuló que se iba al hospital. Como siempre, Xóchitl le dio la bendición y le preguntó qué quería de cenar. Repuso:

 –Nada, no me esperes, regresará hasta mañana. Voy a doblar turno, mis compañeros no van a trabajar por el año nuevo… 

Tomó su chamarra y salió del cuarto como hacía todas las tardes, apresurando el paso para checar la tarjeta y llegar a tiempo. Pero no se fue, espió oculto en la esquina de la vecindad. Llegó la noche. Nada raro, todo normal. Pensó que estaba siendo injusto y en irse a trabajar aunque estuviera demorado cuando vio que un sujeto entraba a la vecindad. Lo reconoció al instante, seguro de que no era del barrio pero en algún lugar lo había visto y tal vez hasta saludado. Recordó que le habían llamado la atención la mirada altanera, el sombrero texano, las botas puntiagudas, la camisa de colores chillantes y los pantalones vaqueros apretados del individuo alto, cuarentón, con pinta de norteño. Dudó, esperó un rato largo antes de decidir encaminarse a la vivienda que era a la vez cocina, sala y dormitorio. Tanto la amaba que pensó porque así le convenía: “A lo mejor no están en el cuarto”. Pero sí estaban. Jadeantes, sorprendidos él abajo y ella cabalgando arriba, el norteño se sacudió la montura, saltó de la cama, ágil, habituado a situaciones inesperadas, mientras la sonrisa a medias y los labios entreabiertos de la amazona adquirían el rictus de la muerte. Fugaz el instante de un tiro, dejó atónitos los ojos felinos. No vio cuando su amante escapaba ni a su marido más furioso aún porque la escuadra se encasquilló, no tronó, sólo hizo “clic”.

Los vecinos le dijeron al policía de la Judicial –y éste simuló creerles– que nadie vio al norteño atravesar el patio desnudo, corriendo con las botas en las manos, alcanzando la calle, subiéndose a un taxi, desapareciendo en medio de la noche negra y fría. Y nada dijeron los testigos llamados el día siguiente a declarar ante el Ministerio Público de que el policía de la Judicial dejó escapar al auto viudo… 

Exactamente un año después, los periódicos de la ciudad provinciana informaron sobre el hallazgo del cadáver de un tipo de estatura alta, al parecer norteño dada su indumentaria, ultimado por un asesino no identificado de un balazo puesto entre ojo y ojo… 

–Un tiro solamente, al parecer calibre 38 –informó a los reporteros de la nota roja Gabriel, el mismo policía de la Judicial… “Gabo, el hermano que nunca tuve”, había dicho diez años atrás el calderero Bartolomé cuando le pidió a Xóchitl que vivieran juntos una vida feliz...

(Me leen después).  

Por: José Manuel Pérez Durán

jmperezduran@hotmail.com 

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