Hoy lunes 8 es el cumpleaños 143 del general Emiliano Zapata, cuyos restos no están en el Monumento a la Revolución, entre otras razones, porque su pueblo no permitió que reposaran al lado de quien lo mandara asesinar, el presidente Venustiano Carranza.

La fiesta. En la época de la tregua no pactada entre carrancistas y zapatistas de 1915-16, los allegados de Zapata –afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile– aprovecharon para organizar el festejo de cumpleaños del General. Echando a volar un poco la imaginación, recreamos algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Taltizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar. Las comillas son obligadas:

“Ese día domingo ocho de agosto 1916 hubo, como parte del programa preparado, marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco, vestidos todos de blanco y con banderitas tricolores, algunos portaban reproducciones de la foto del Jefe, solo o con su esposa Josefa Espejo. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas, fuera de la escuelita de Tlatizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien año más tarde heredaría la dirección de la banda. Al final, de nuevo los cohetones cimbraron al pueblo y anunciaban a todo el Plan de Amilpas que iba en grande la fiesta en honor del General Zapata.

“Una vez cumplida la ceremonia en la escuela, llegó la hora de la comida. Dentro y fuera del Cuartel se acondicionaron cuanta silla se pudo conseguir, vigas y murillos con piedras de soporte en cada extremo completaron los asientos, tablones de corrales y mesas salidas también de aquella casa y de ésta otra, fueron insuficientes para dar cabida al mismo tiempo a los comensales. Las tandas de platos se sucedían unos tras otros. Las jovencitas de Tlaltizapán, Anenecuilco y Ayala que habían asistido con la esperanza del baile, primero tuvieron que acomedirse a servir, recoger platos y otras más –por instrucciones de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuartel General– a lavar con lejía y polvo de piedra pómez los cientos de platos de barro para seguir sacando los guisados.

“A los postres y con una copa de coñac, el General pidió a su secretario Antonio Soto y Gama dar, en su nombre, el agradecimiento a hombres y mujeres asistentes, y a quienes trabajaron en la organización del banquete y el baile. Contrario a lo esperado por los integrantes del Estado Mayor y otros asesores como Gildardo Magaña y Paulino Martínez, en esta ocasión el iracundo orador anarquista fue cauto y parco, pero sin perder su emocionada elocuencia. Casi nada de aquel Soto y Gama incendiario y anarquista quién, durante la Convención de Aguascalientes, un año atrás, exigió a los asistentes quemar la bandera nacional, lo que casi le cuesta ser ahí baleado por villistas y carrancistas:

“–Señoras y señores: me pide el señor General sea yo su conducto para agradecer tanto agasajo, tanto trabajo realizado para llegar a este bonito festejo. El señor general Emiliano Zapata Salazar me pide resalte el asunto que para él, como jefe de la Revolución en Morelos, es muy importante. Más que el festejo por el cumpleaños del General, él considera que este agasajo es para todos ustedes, señoras y señores. Para cada señorita y joven, para cada niño y niña, para cada anciana y anciano que lleva dentro de sí, un morelense, un guerrero y guerrera de Tamoanchan y que con su sacrificio, con su lucha, hicieron posible llegar a estos felices días en que Morelos es de ustedes: de los zapatistas, de sus pobladores…”.

Así era Zapata. (Me leen mañana).

Por: José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com 


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