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Las modi­fi­ca­cio­nes elec­to­ra­les apro­ba­das a última hora, y prác­ti­ca­mente “sobre las rodi­llas”, retra­tan de cuerpo entero el momento polí­tico que vive México. Lo más preo­cu­pante no es sola­mente el con­te­nido de las refor­mas, sino la velo­ci­dad, la forma y la inten­ción con las que se están impo­niendo. Ni siquiera en los tiem­pos más duros del viejo sis­tema priista se actuaba con seme­jante des­caro. En aque­llos años, cri­ti­ca­dos con razón por su auto­ri­ta­rismo, al menos se guar­da­ban cier­tas for­mas polí­ti­cas y se daba espa­cio a la opo­si­ción, se simu­laba el diá­logo y se per­mi­tía alguna par­ti­ci­pa­ción para inten­tar legi­ti­mar las deci­sio­nes. Hoy ni eso.

Resulta para­dó­jico que quie­nes durante déca­das lucha­ron bajo las ban­de­ras de la demo­cra­cia, de la plu­ra­li­dad y de la aper­tura polí­tica, sean ahora los mis­mos que pare­cen empe­ña­dos en debi­li­tar las ins­ti­tu­cio­nes que tanto costó cons­truir. Aque­lla izquierda mexi­cana unida, la que mar­chaba, pro­tes­taba y exi­gía res­peto al voto, prác­ti­ca­mente ha desa­pa­re­cido. En su lugar ha sur­gido un movi­miento que, una vez ins­ta­lado en el poder, parece con­ven­cido de que la demo­cra­cia sola­mente sirve cuando le favo­rece.

Entre las refor­mas más absur­das apa­rece la idea de que una supuesta inter­ven­ción de un gobierno extran­jero podría ser cau­sal para anu­lar una elec­ción. La pre­gunta ine­vi­ta­ble es: ¿de ver­dad alguien cree que al gobierno de Esta­dos Uni­dos le importa lo que diga la legis­la­ción elec­to­ral mexi­cana? Pen­sar eso es inge­nuo o deli­be­ra­da­mente enga­ñoso. Was­hing­ton actúa con­forme a sus inte­re­ses geo­po­lí­ti­cos y eco­nó­mi­cos, no con­forme a los deseos de nin­gún par­tido mexi­cano.

Enton­ces, ¿para qué intro­du­cir una dis­po­si­ción de ese tipo? La res­puesta parece evi­dente, es para cons­truir un pre­texto legal que per­mita des­ca­li­fi­car resul­ta­dos incó­mo­dos o cues­tio­nar pro­ce­sos que no con­ven­gan polí­ti­ca­mente. La ambi­güe­dad de esa figura abre la puerta para que cual­quier crí­tica inter­na­cio­nal, cual­quier decla­ra­ción diplo­má­tica, o incluso cual­quier comen­ta­rio incó­modo, pueda ser con­ver­tido en argu­mento polí­tico para judi­cia­li­zar una elec­ción. Y eso, lejos de for­ta­le­cer la demo­cra­cia, la con­vierte en rehén del poder.

Toda­vía más preo­cu­pante es la apro­ba­ción de la ree­lec­ción de los inte­gran­tes del Tri­bu­nal Elec­to­ral del Poder Judi­cial de la Fede­ra­ción. Un tri­bu­nal que ya había sido seve­ra­mente cues­tio­nado por deci­sio­nes ante­rio­res, par­ti­cu­lar­mente por aque­lla polé­mica reso­lu­ción que otorgó a Morena y sus alia­dos una mayo­ría legis­la­tiva que muchos con­si­de­ran no obtu­vie­ron real­mente en las urnas. Esa deci­sión dejó sem­bra­das dudas pro­fun­das sobre la impar­cia­li­dad de quie­nes debe­rían actuar como árbi­tros inde­pen­dien­tes.

Ahora, con la ree­lec­ción apro­bada, la per­cep­ción de ali­nea­ción con el poder guber­na­men­tal crece toda­vía más, por­que en demo­cra­cia no basta con ser impar­cial; tam­bién hay que pare­cerlo. Y cuando los ciu­da­da­nos empie­zan a per­der con­fianza en las ins­ti­tu­cio­nes elec­to­ra­les, el pro­blema deja de ser polí­tico y se con­vierte en social.

Todo esto parece indi­car que en Morena existe preo­cu­pa­ción. Hay ner­vio­sismo. Saben que el esce­na­rio rumbo a las pró­xi­mas elec­cio­nes ya no es el mismo que hace algu­nos años. El des­gaste natu­ral del poder, los pro­ble­mas eco­nó­mi­cos, la inse­gu­ri­dad, el sis­tema de salud colap­sado y el cre­ciente desen­canto ciu­da­dano comien­zan a pasar fac­tura. Pero ade­más existe otro ele­mento que parece inquie­tar­los toda­vía más: la posi­bi­li­dad de que figu­ras impor­tan­tes del movi­miento sean seña­la­das desde Esta­dos Uni­dos por pre­sun­tos vín­cu­los incó­mo­dos o inves­ti­ga­cio­nes deli­ca­das.

No sería la pri­mera vez que la polí­tica mexi­cana se sacude por reve­la­cio­nes pro­ve­nien­tes del extran­jero. Y en un momento donde las rela­cio­nes con Was­hing­ton se vuel­ven cada vez más com­ple­jas por temas de segu­ri­dad, nar­co­trá­fico y migra­ción, cual­quier seña­la­miento puede con­ver­tirse en una bomba polí­tica de gran­des dimen­sio­nes.

Sin embargo, el ver­da­dero pro­blema del país no está en los par­ti­dos de opo­si­ción. De hecho, la opo­si­ción tra­di­cio­nal sigue frag­men­tada, debi­li­tada y sin lide­raz­gos sóli­dos. El riesgo real para el régi­men está en esa enorme masa de ciu­da­da­nos que ya no se siente repre­sen­tada por nadie. Un sec­tor silen­cioso, desen­can­tado, molesto y cada vez más nume­roso. Ese grupo podría repre­sen­tar fácil­mente más del cua­renta por ciento de la pobla­ción, quizá incluso la mitad del país. Son mexi­ca­nos que no nece­sa­ria­mente sim­pa­ti­zan con el PRI, con el PAN o con Movi­miento Ciu­da­dano, pero que tam­poco están de acuerdo con el rumbo que está tomando el país; son ciu­da­da­nos can­sa­dos de la pola­ri­za­ción per­ma­nente, de los dis­cur­sos de odio, de la divi­sión entre pre­sun­tos “bue­nos” y supues­tos “malos”, y sobre todo de la ausen­cia de resul­ta­dos con­cre­tos.

El gran error del gobierno fede­ral, y tam­bién de muchos gobier­nos esta­ta­les, es mini­mi­zar ese des­con­tento. Creen que mien­tras man­ten­gan altos nive­les de popu­la­ri­dad pre­si­den­cial todo está bajo con­trol. Pero la his­to­ria demues­tra que los pro­ce­sos de des­gaste social sue­len cre­cer silen­cio­sa­mente hasta con­ver­tirse en cri­sis abier­tas.

México vive hoy una peli­grosa com­bi­na­ción de inse­gu­ri­dad cre­ciente, ins­ti­tu­cio­nes debi­li­ta­das, pola­ri­za­ción polí­tica y des­con­fianza ciu­da­dana. Cuando esos fac­to­res se mez­clan, cual­quier chispa puede pro­vo­car un con­flicto mayor. No nece­sa­ria­mente una explo­sión vio­lenta, pero sí un dete­rioro ace­le­rado de la gober­na­bi­li­dad y de la esta­bi­li­dad polí­tica.

La demo­cra­cia no se des­truye de un solo golpe. Se ero­siona poco a poco, desa­cre­di­tando árbi­tros, con­cen­trando poder, modi­fi­cando reglas a con­ve­nien­cia y cerrando espa­cios de par­ti­ci­pa­ción. Lo grave es que muchas veces quie­nes impul­san esos cam­bios no alcan­zan a ver el tamaño del daño hasta que resulta dema­siado tarde.

Y México parece acer­carse peli­gro­sa­mente a ese punto. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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