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La cons­truc­ción del nuevo dis­tri­bui­dor vial en la zona norte de Cuer­na­vaca, par­ti­cu­lar­mente en el corre­dor que conecta con Cha­milpa y Oco­te­pec, se per­fila como una de las obras más ambi­cio­sas del actual sexe­nio esta­tal. Sin embargo, lo que debe­ría ser una solu­ción de fondo al grave pro­blema de movi­li­dad hacia el cam­pus uni­ver­si­ta­rio, hoy se encuen­tra atra­pado en un con­flicto que refleja, una vez más, la com­pleja rela­ción entre desa­rro­llo urbano, pro­pie­dad comu­nal y volun­tad polí­tica.

El pro­blema es claro, los comu­ne­ros de ambas loca­li­da­des no están dis­pues­tos a ceder sus tie­rras bajo las con­di­cio­nes actua­les. Exi­gen un pre­cio que con­si­de­ran justo, mien­tras que el gobierno busca man­te­ner cos­tos den­tro de un pre­su­puesto ya com­pro­me­tido. Este desen­cuen­tro ha dete­nido avan­ces y ame­naza con con­ver­tir una obra estra­té­gica en otro pro­yecto incon­cluso o, peor aún, en un sím­bolo de inca­pa­ci­dad guber­na­men­tal.

No se trata úni­ca­mente de una dis­puta eco­nó­mica. En el fondo, lo que está en juego es la defensa de un modelo de pro­pie­dad ances­tral que durante déca­das ha sido igno­rado o mini­mi­zado frente a los inte­re­ses del desa­rro­llo urbano. Los comu­ne­ros no son “obs­tá­cu­los” para el pro­greso, son acto­res con dere­chos legí­ti­mos sobre la tie­rra, con his­to­ria, iden­ti­dad y una visión pro­pia de lo que debe hacerse con su terri­to­rio; pero tam­bién es cierto que la ciu­dad no puede per­ma­ne­cer para­li­zada. El acceso al cam­pus uni­ver­si­ta­rio —uno de los polos edu­ca­ti­vos más impor­tan­tes del estado— es hoy un cue­llo de bote­lla que afecta a miles de estu­dian­tes, aca­dé­mi­cos y tra­ba­ja­do­res dia­ria­mente. El trá­fico en horas pico no sólo genera pér­dida de tiempo, sino tam­bién impac­tos eco­nó­mi­cos, ambien­ta­les y socia­les que se acu­mu­lan con el paso de los años.

Aquí es donde el con­flicto se vuelve espe­cial­mente deli­cado. Por un lado, la urgen­cia de resol­ver un pro­blema estruc­tu­ral de movi­li­dad, por el otro la nece­si­dad de res­pe­tar dere­chos y evi­tar impo­si­cio­nes que, his­tó­ri­ca­mente, han deri­vado en con­flic­tos mayo­res. La pre­gunta ine­vi­ta­ble es: ¿podrá el gobierno encon­trar un punto de equi­li­brio o está con­de­nado a repe­tir vie­jos erro­res?

La expe­rien­cia en otras par­tes del país sugiere que impo­ner solu­cio­nes rara vez fun­ciona. Cuando las comu­ni­da­des sien­ten que han sido igno­ra­das o pre­sio­na­das, las obras se judi­cia­li­zan, se blo­quean o sim­ple­mente se vuel­ven invia­bles. En cam­bio, cuando existe diá­logo real, trans­pa­ren­cia y esque­mas de com­pen­sa­ción jus­tos, los pro­yec­tos pue­den avan­zar con legi­ti­mi­dad.

El pro­blema en Cha­milpa y Oco­te­pec parece estar jus­ta­mente en ese punto inter­me­dio donde nin­guna de las par­tes cede. Los comu­ne­ros han fijado una pos­tura firme res­pecto al pre­cio de sus tie­rras, mien­tras que las auto­ri­da­des no han logrado —o no han que­rido— cons­truir una pro­puesta que vaya más allá de lo estric­ta­mente eco­nó­mico. Y ahí radica uno de los prin­ci­pa­les erro­res: redu­cir el con­flicto a una sim­ple nego­cia­ción de com­pra-venta.

Quizá la solu­ción no esté úni­ca­mente en pagar más, sino en replan­tear el esquema com­pleto. ¿Por qué no pen­sar en mode­los de par­ti­ci­pa­ción, donde los comu­ne­ros se bene­fi­cien direc­ta­mente del desa­rro­llo? ¿Por qué no incluir obras com­ple­men­ta­rias, infraes­truc­tura social o incluso esque­mas de copro­pie­dad en cier­tas áreas comer­cia­les deri­va­das del pro­yecto? El desa­rro­llo moderno exige crea­ti­vi­dad polí­tica, no nada más recur­sos finan­cie­ros.

Ade­más, hay un ele­mento de comu­ni­ca­ción que ha fallado. La per­cep­ción de que se trata de una obra impuesta, deci­dida desde el escri­to­rio y sin sen­si­bi­li­dad hacia las comu­ni­da­des, ha gene­rado resis­ten­cia natu­ral. En estos casos, el cómo se hacen las cosas es tan impor­tante como el qué se hace. La falta de infor­ma­ción clara, de mesas de diá­logo cons­tan­tes y de inter­me­dia­rios con­fia­bles ha pro­fun­di­zado la des­con­fianza.

Mien­tras tanto, el tiempo avanza y el pro­blema del trá­fico se agrava. Cada día que pasa sin una solu­ción con­creta repre­senta miles de horas per­di­das para quie­nes tran­si­tan por la zona. La movi­li­dad no es un lujo, es una con­di­ción básica para el desa­rro­llo eco­nó­mico y la cali­dad de vida. Igno­rar esta rea­li­dad tam­bién tiene cos­tos polí­ti­cos.

El gobierno enfrenta, enton­ces, una prueba cru­cial. No basta con anun­ciar obras de gran mag­ni­tud, hay que saber cons­truir­las desde el con­senso. La legi­ti­mi­dad de un pro­yecto no se mide úni­ca­mente en su tamaño o en su inver­sión, sino en la capa­ci­dad de inte­grar a todos los acto­res invo­lu­cra­dos.

Si no se logra un acuerdo, el esce­na­rio es preo­cu­pante. La obra podría que­dar dete­nida inde­fi­ni­da­mente, el pro­blema de movi­li­dad seguirá cre­ciendo y la narra­tiva pública se incli­nará hacia el fra­caso. Peor aún, se refor­zará la idea de que, en More­los, los gran­des pro­yec­tos están con­de­na­dos a cho­car con con­flic­tos socia­les mal ges­tio­na­dos.

Pero tam­bién existe una opor­tu­ni­dad. Si se logra cons­truir un acuerdo justo, trans­pa­rente y bene­fi­cioso para todas las par­tes, este dis­tri­bui­dor vial podría con­ver­tirse no sólo en una solu­ción de movi­li­dad, sino en un ejem­plo de cómo hacer polí­tica pública en con­tex­tos com­ple­jos.

La clave está en enten­der que el desa­rro­llo no puede impo­nerse, debe cons­truirse. Y, en ese pro­ceso, escu­char, nego­ciar y ceder no es una señal de debi­li­dad, sino de inte­li­gen­cia polí­tica; por­que, al final del día, una obra que no cuenta con el res­paldo de su gente difí­cil­mente podrá sos­te­nerse en el tiempo.

El futuro del dis­tri­bui­dor vial de Cha­milpa y Oco­te­pec no depende úni­ca­mente de cifras o pla­nos, sino de la volun­tad de cons­truir acuer­dos rea­les. Si esa volun­tad no apa­rece pronto, la obra más grande del sexe­nio corre el riesgo de que­darse, sim­ple­mente, en pro­mesa vacía. ¿No cree usted?

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Sobre el autor

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Teodoro Lavín León
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