La seguridad no empieza cuando llega una patrulla, ni cuando un gobierno anuncia operativos espectaculares o presume nuevas cámaras de vigilancia. La seguridad comienza desde el momento en que una sociedad decide respetar las reglas mínimas de convivencia. Ahí, en la ausencia de autoridad, está el verdadero problema de nuestra ciudad. En el norte de Cuernavaca, ha provocado que la ley deje de ser vista como una obligación y se convierta solamente en una recomendación que cada quien cumple o ignora según le convenga y, por lo tanto, un terreno abonado para la inseguridad.
Hoy resulta imposible caminar o conducir por cualquier avenida importante sin encontrarse escenas que hace algunos años hubieran parecido inaceptables. Motocicletas circulando sin placas, conductores sin casco, menores de edad manejando, familias completas viajando en una sola unidad y hasta cuatro personas sobre una motocicleta pequeña como si fuera algo normal. Lo más grave no es solamente el riesgo evidente de accidente, lo verdaderamente preocupante es que nadie hace nada.
La autoridad observa, los ciudadanos se acostumbran y la ilegalidad se vuelve parte del paisaje cotidiano. La impunidad genera costumbre. Cuando un conductor sabe que puede violar el reglamento sin consecuencia alguna, vuelve a hacerlo al día siguiente. Poco a poco desaparece el respeto a la ley y se instala una peligrosa cultura de desorden. Lo que comienza con faltas de tránsito termina convirtiéndose en un problema mucho mayor de convivencia social y de seguridad pública.
No es exagerado afirmar que una ciudad donde nadie respeta las reglas de tránsito es también una ciudad vulnerable frente a la delincuencia. El mensaje que reciben los ciudadanos, y también los criminales, es muy claro: aquí no pasa nada. Si un motociclista puede circular sin casco, sin placas y con varios pasajeros frente a una patrulla, sin ser detenido, entonces cualquiera entiende que la autoridad simplemente dejó de ejercer su función.
Basta recorrer cualquier crucero para observar motocicletas que se pasan los semáforos en rojo, circulan en sentido contrario o utilizan las banquetas como si fueran parte de la vialidad. Muchas veces llevan niños pequeños entre los adultos, completamente expuestos ante cualquier accidente. Y mientras tanto, las campañas de prevención se quedan únicamente en discursos oficiales que poco cambian la realidad.
Las cifras de accidentes en motocicleta han crecido de manera alarmante en todo el país. Hospitales y servicios de emergencia enfrentan diariamente casos de personas lesionadas o fallecidas por no utilizar casco o por viajar en condiciones totalmente inseguras. Sin embargo, la autoridad local parece más preocupada por evitar conflictos políticos que por aplicar la ley. Nadie quiere ser acusado de “molestar” a los ciudadanos, aunque esa permisividad termine costando vidas. El problema de las ayudantías con rondas que se convierten en las principales impulsoras del desorden.
El problema va mucho más allá de las motocicletas. Automovilistas estacionados en doble fila, transporte público haciendo paradas donde quiere, vehículos sin verificación, taxis sin control y peatones obligados a caminar entre autos porque las banquetas están invadidas. Todo forma parte del mismo fenómeno de ausencia de autoridad.
Y cuando la autoridad desaparece de las calles, otros ocupan ese espacio. La delincuencia organizada entiende perfectamente cuándo un gobierno perdió capacidad de control. El desorden cotidiano se convierte entonces en el mejor ambiente para el crecimiento de actividades ilícitas. Una ciudad donde nadie respeta las normas básicas es también una ciudad donde resulta más fácil esconder armas, transportar drogas o escapar después de cometer un delito.
La seguridad pública no puede construirse únicamente con más policías o más patrullas. Hace falta recuperar el fundamental respeto a la ley. Y, para lograr éste, se requiere una autoridad firme, constante y pareja. No puede haber excepciones ni tolerancia selectiva. Las reglas deben aplicarse para todos, sin importar influencias, cargos o presiones políticas.
También es cierto que existe una responsabilidad ciudadana que no puede ignorarse. Durante años, muchas personas han normalizado la ilegalidad argumentando necesidad económica, rapidez o simple comodidad. Pero ninguna necesidad justifica poner en riesgo la vida de los hijos o de terceros. Llevar niños en motocicletas sin protección no es un acto de valentía ni de trabajo, es una irresponsabilidad que puede terminar en tragedia.
Las ciudades no se deterioran de un día para otro. El deterioro comienza cuando dejamos pasar pequeñas violaciones a la ley pensando que no tienen importancia. Después llegan problemas más graves y, finalmente, la inseguridad se convierte en parte de la vida diaria.
Recuperar el orden no será sencillo, pero es indispensable, porque mientras las leyes sigan siendo opcionales y la autoridad continúe ausente, la impunidad seguirá creciendo. Y donde crece la impunidad, inevitablemente también crece la inseguridad. ¿No cree usted?
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