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La cons­truc­ción de una ima­gen pública sólida es una de las tareas más com­ple­jas para cual­quier per­sona que desem­peñe un papel de lide­razgo. Ya sea en la polí­tica, en la admi­nis­tra­ción pública, en una empresa o en una orga­ni­za­ción social, la manera en que los demás nos per­ci­ben puede ser tan impor­tante como nues­tras accio­nes mis­mas. La per­cep­ción, al final de cuen­tas, se con­vierte en una rea­li­dad que influye en la con­fianza, la cre­di­bi­li­dad y la capa­ci­dad de gene­rar con­senso.

Uno de los erro­res más fre­cuen­tes es pen­sar que somos per­ci­bi­dos exac­ta­mente como cree­mos pro­yec­tar­nos. Muchas per­so­nas con­si­de­ran que basta con actuar de deter­mi­nada manera para que los demás entien­dan sus inten­cio­nes. Sin embargo, la per­cep­ción es un pro­ceso mucho más com­plejo. Cada indi­vi­duo inter­preta los men­sa­jes, las con­duc­tas y las deci­sio­nes a par­tir de sus pro­pias expe­rien­cias, valo­res y expec­ta­ti­vas. Por ello, la ima­gen que una per­sona cree trans­mi­tir no siem­pre coin­cide con la ima­gen que real­mente reci­ben quie­nes la obser­van.

Com­pren­der esta dife­ren­cia es fun­da­men­tal. Nin­gún líder puede darse el lujo de igno­rar cómo es visto por quie­nes lo rodean. De hecho, gran parte de los pro­ble­mas de comu­ni­ca­ción que enfren­tan gobier­nos, ins­ti­tu­cio­nes y orga­ni­za­cio­nes tie­nen su ori­gen en la falta de cono­ci­miento sobre la per­cep­ción que gene­ran entre la ciu­da­da­nía o entre sus pro­pios inte­gran­tes.

La ver­da­dera ima­gen pública no se cons­truye frente a un espejo ni en una ofi­cina de comu­ni­ca­ción social. Se cons­truye en la con­ver­sa­ción coti­diana, en los comen­ta­rios de quie­nes obser­van nues­tro desem­peño, en las opi­nio­nes que se for­man cuando no esta­mos pre­sen­tes y en la repu­ta­ción que deja­mos a par­tir de nues­tras deci­sio­nes. Es ahí donde se define el pres­ti­gio de una per­sona y donde se for­ta­lece o se debi­lita su lide­razgo.

Por ello, resulta indis­pen­sa­ble rea­li­zar aná­li­sis serios y obje­ti­vos sobre la per­cep­ción pública. No basta con rodearse de cola­bo­ra­do­res que úni­ca­mente repi­ten lo que el líder quiere escu­char. Se requiere cono­cer con hones­ti­dad qué piensa la gente, cuá­les son sus expec­ta­ti­vas, qué aspec­tos gene­ran con­fianza y cuá­les pro­vo­can rechazo. Solo a par­tir de ese cono­ci­miento es posi­ble corre­gir erro­res y for­ta­le­cer for­ta­le­zas.

En este con­texto surge una dife­ren­cia que pocas veces se entiende con cla­ri­dad: comu­ni­car no es lo mismo que hacer publi­ci­dad. La publi­ci­dad tiene como pro­pó­sito pro­mo­ver una idea, una marca o una per­sona. Busca resal­tar aspec­tos posi­ti­vos y posi­cio­nar deter­mi­na­dos men­sa­jes. La comu­ni­ca­ción, en cam­bio, implica esta­ble­cer un diá­logo, escu­char, com­pren­der y cons­truir rela­cio­nes de con­fianza.

Lamen­ta­ble­mente, en la actua­li­dad muchos gobier­nos y acto­res públi­cos han sus­ti­tuido la comu­ni­ca­ción por la publi­ci­dad. Se invier­ten impor­tan­tes recur­sos en cam­pa­ñas de pro­mo­ción, en imá­ge­nes cui­da­do­sa­mente dise­ña­das y en la difu­sión cons­tante de acti­vi­da­des ofi­cia­les. Sin embargo, se des­cuida la parte más impor­tante: escu­char a la ciu­da­da­nía y enten­der cómo está inter­pre­tando esos men­sa­jes.

Cuando se pri­vi­le­gia la publi­ci­dad sobre la comu­ni­ca­ción, suele apa­re­cer una bre­cha peli­grosa entre la rea­li­dad y la per­cep­ción ofi­cial. Mien­tras las auto­ri­da­des con­si­de­ran que están trans­mi­tiendo efi­cien­cia, cer­ca­nía o resul­ta­dos, la pobla­ción puede estar per­ci­biendo indi­fe­ren­cia, leja­nía o falta de sen­si­bi­li­dad. En con­se­cuen­cia, los esfuer­zos de pro­mo­ción ter­mi­nan siendo insu­fi­cien­tes por­que no res­pon­den a las preo­cu­pa­cio­nes rea­les de las per­so­nas.

La comu­ni­ca­ción efec­tiva requiere algo más que bole­ti­nes, con­fe­ren­cias o publi­ca­cio­nes en redes socia­les. Exige capa­ci­dad de escu­cha, empa­tía y dis­po­si­ción para enten­der pun­tos de vista dis­tin­tos. Un líder que escu­cha tiene mayo­res posi­bi­li­da­des de cons­truir con­fianza que uno que úni­ca­mente habla. La con­fianza no nace de los dis­cur­sos; surge cuando las per­so­nas sien­ten que sus inquie­tu­des son toma­das en cuenta y que existe cohe­ren­cia entre las pala­bras y los hechos.

En un mundo carac­te­ri­zado por la inme­dia­tez de la infor­ma­ción y la velo­ci­dad de las redes socia­les, la per­cep­ción adquiere una rele­van­cia toda­vía mayor. Hoy una acción, una decla­ra­ción o incluso una omi­sión pue­den influir de manera sig­ni­fi­ca­tiva en la ima­gen pública de una per­sona. La infor­ma­ción cir­cula rápi­da­mente y las opi­nio­nes se for­man en cues­tión de minu­tos. Por ello, la ges­tión de la ima­gen requiere un tra­bajo per­ma­nente y pro­fe­sio­nal.

Sin embargo, es impor­tante recor­dar que la mejor estra­te­gia de ima­gen sigue siendo la auten­ti­ci­dad. Nin­guna cam­paña de comu­ni­ca­ción puede sos­te­ner durante mucho tiempo una ima­gen que no corres­ponda con la rea­li­dad. Tarde o tem­prano los hechos ter­mi­nan impo­nién­dose. La cre­di­bi­li­dad se cons­truye con con­sis­ten­cia, trans­pa­ren­cia y resul­ta­dos.

La per­cep­ción, en con­se­cuen­cia, no debe ser vista como un ele­mento super­fi­cial. Es una herra­mienta de diag­nós­tico que per­mite cono­cer cómo somos vis­tos y qué tan efec­tiva es nues­tra rela­ción con quie­nes nos rodean. Enten­derla es una nece­si­dad para cual­quier per­sona que aspire a ejer­cer lide­razgo con éxito.

Al final, no somos úni­ca­mente lo que cree­mos ser ni lo que inten­ta­mos pro­yec­tar. En buena medida, tam­bién somos aque­llo que los demás per­ci­ben de noso­tros. Por eso, quien aspira a diri­gir, gober­nar o influir en una comu­ni­dad debe apren­der a escu­char, a comu­ni­car y a com­pren­der que la ima­gen pública no se impone: se cons­truye día con día a tra­vés de la con­fianza y la cre­di­bi­li­dad.¿ No cree usted?.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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