La pensión no es un regalo. No es una dádiva del gobierno en turno ni un acto de caridad política. La pensión representa décadas de trabajo, sacrificio, riesgos y, en muchos casos, la vida misma entregada a una empresa o a una institución del Estado. Por eso, cuando un gobierno decide reducirlas, limitar ingresos o modificar condiciones que miles de trabajadores ya daban por seguras, el impacto no es solamente económico, es un golpe profundamente social, político y emocional.
Hoy se habla de combatir abusos, de terminar con privilegios y de poner orden en sistemas pensionarios que, efectivamente, durante años permitieron excesos. Nadie puede negar que existieron jubilaciones insultantes, pensiones desproporcionadas o esquemas diseñados para beneficiar a unos cuantos. Sin embargo, el problema aparece cuando, bajo el argumento de acabar con esos abusos, se termina golpeando también a quienes sí se ganaron cada peso de su retiro.
Ahí están los trabajadores petroleros que dejaron media vida en plataformas marinas, enfrentando tormentas, explosiones, accidentes y condiciones extremas. Ahí están los empleados de la Comisión Federal de Electricidad, que durante décadas subieron postes bajo lluvias y tormentas, arriesgando literalmente la vida para mantener funcionando al país. Ahí están maestros, ferrocarrileros, obreros, trabajadores del Estado y miles más que construyeron un proyecto de vida alrededor de un ingreso de retiro prometido por el propio gobierno.
Durante treinta o cuarenta años organizaron su economía familiar pensando en una cantidad determinada. Pagaron hipotecas, ayudaron a hijos y nietos, adquirieron compromisos y llegaron a la vejez con la idea de que, al menos, tendrían una estabilidad mínima. Cuando de un día para otro se les reduce el ingreso, el golpe no solamente lo recibe el pensionado. Lo resiente toda la familia.
Porque en México la pensión de un jubilado rara vez alcanza únicamente para él. Muchas veces sostiene hogares enteros. Hay hijos desempleados, nietos estudiando, medicinas, alimentos y gastos básicos que dependen de ese ingreso. Reducirlo significa disminuir el consumo familiar, aumentar la incertidumbre y generar un sentimiento de traición muy difícil de borrar.
Y ahí es donde aparece el factor político.
Los gobiernos suelen calcular el costo financiero de sus decisiones, pero pocas veces dimensionan el costo electoral. Un pensionado molesto no vota solo. Habla con su esposa, con sus hijos, con vecinos, con compañeros de sindicato y con amistades que viven situaciones similares. El enojo se multiplica. El sentimiento de que “después de toda una vida de trabajo ahora nos castigan” puede convertirse en un poderoso motor político.
¿Ese descontento se traducirá automáticamente en votos para la oposición? No necesariamente en todos los casos, pero sí en una parte importante. Y en elecciones cerradas, pequeños movimientos porcentuales pueden cambiar resultados completos.
Basta observar lo ocurrido en distintos países cuando los gobiernos tocaron pensiones o sistemas de retiro. La reacción suele ser inmediata. Los adultos mayores son uno de los sectores que más participan en elecciones. Son disciplinados para votar y tienen memoria política. Además, influyen fuertemente en sus familias.
Si millones de pensionados sienten que el gobierno les quitó parte de lo que legítimamente les correspondía, el efecto electoral podría ser considerable. Incluso un traslado del cinco o siete por ciento del voto hacia opciones opositoras podría convertirse en factor decisivo en estados competidos o en elecciones intermedias. Más aún cuando el discurso oficial insiste en que primero están los pobres, mientras muchos jubilados consideran que, después de décadas trabajando, ahora son tratados como un problema presupuestal. El mensaje devastador que perciben es que el Estado sí reconoce obligaciones con nuevos programas sociales, pero parece dispuesto a modificar compromisos adquiridos con quienes ya entregaron toda una vida laboral.
El riesgo político para el gobierno es enorme porque el tema toca algo muy sensible: la certeza del futuro. Cuando un trabajador observa que incluso una pensión ya ganada puede cambiarse por decreto, aparece el miedo colectivo. La pregunta deja de ser “¿cuánto recibiré?” y pasa a ser si realmente existe alguna garantía en este país. Y eso erosiona la confianza institucional.
Claro que los sistemas pensionarios necesitan revisarse. Claro que deben corregirse excesos y privilegios indebidos. Pero hacerlo sin distinguir entre abusos y derechos legítimos puede convertirse en un error político monumental, porque una cosa es eliminar excesos ofensivos y otra muy distinta afectar a miles de personas que honestamente cumplieron con décadas de servicio.
Los gobiernos pasan. Las decisiones quedan. Y el voto también tiene memoria.
Tal vez algunos estrategas piensen que el tema se olvidará pronto. Puede ser un grave error de cálculo. Cuando el dinero falta en casa, cuando una familia completa resiente el recorte, y cuando un jubilado siente que le cambiaron las reglas al final del camino, quitandole sus derechos, el resentimiento difícilmente desaparece.
Y ese resentimiento, tarde o temprano, suele expresarse en las urnas. ¿No cree usted?
Las opiniones vertidas en este espacio son exclusiva responsabilidad del autor y no representan, necesariamente, la política editorial de Grupo Diario de Morelos.
