Vivencias Ciudadanas: La pensión no es caridad

TEODORO LAVÍN LEÓN
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La pen­sión no es un regalo. No es una dádiva del gobierno en turno ni un acto de cari­dad polí­tica. La pen­sión repre­senta déca­das de tra­bajo, sacri­fi­cio, ries­gos y, en muchos casos, la vida misma entre­gada a una empresa o a una ins­ti­tu­ción del Estado. Por eso, cuando un gobierno decide redu­cir­las, limi­tar ingre­sos o modi­fi­car con­di­cio­nes que miles de tra­ba­ja­do­res ya daban por segu­ras, el impacto no es sola­mente eco­nó­mico, es un golpe pro­fun­da­mente social, polí­tico y emo­cio­nal.

Hoy se habla de com­ba­tir abu­sos, de ter­mi­nar con pri­vi­le­gios y de poner orden en sis­te­mas pen­sio­na­rios que, efec­ti­va­mente, durante años per­mi­tie­ron exce­sos. Nadie puede negar que exis­tie­ron jubi­la­cio­nes insul­tan­tes, pen­sio­nes des­pro­por­cio­na­das o esque­mas dise­ña­dos para bene­fi­ciar a unos cuan­tos. Sin embargo, el pro­blema apa­rece cuando, bajo el argu­mento de aca­bar con esos abu­sos, se ter­mina gol­peando tam­bién a quie­nes sí se gana­ron cada peso de su retiro.

Ahí están los tra­ba­ja­do­res petro­le­ros que deja­ron media vida en pla­ta­for­mas mari­nas, enfren­tando tor­men­tas, explo­sio­nes, acci­den­tes y con­di­cio­nes extre­mas. Ahí están los emplea­dos de la Comi­sión Fede­ral de Elec­tri­ci­dad, que durante déca­das subie­ron pos­tes bajo llu­vias y tor­men­tas, arries­gando lite­ral­mente la vida para man­te­ner fun­cio­nando al país. Ahí están maes­tros, ferro­ca­rri­le­ros, obre­ros, tra­ba­ja­do­res del Estado y miles más que cons­tru­ye­ron un pro­yecto de vida alre­de­dor de un ingreso de retiro pro­me­tido por el pro­pio gobierno.

Durante treinta o cua­renta años orga­ni­za­ron su eco­no­mía fami­liar pen­sando en una can­ti­dad deter­mi­nada. Paga­ron hipo­te­cas, ayu­da­ron a hijos y nie­tos, adqui­rie­ron com­pro­mi­sos y lle­ga­ron a la vejez con la idea de que, al menos, ten­drían una esta­bi­li­dad mínima. Cuando de un día para otro se les reduce el ingreso, el golpe no sola­mente lo recibe el pen­sio­nado. Lo resiente toda la fami­lia.

Por­que en México la pen­sión de un jubi­lado rara vez alcanza úni­ca­mente para él. Muchas veces sos­tiene hoga­res ente­ros. Hay hijos desem­plea­dos, nie­tos estu­diando, medi­ci­nas, ali­men­tos y gas­tos bási­cos que depen­den de ese ingreso. Redu­cirlo sig­ni­fica dis­mi­nuir el con­sumo fami­liar, aumen­tar la incer­ti­dum­bre y gene­rar un sen­ti­miento de trai­ción muy difí­cil de borrar.

Y ahí es donde apa­rece el fac­tor polí­tico.

Los gobier­nos sue­len cal­cu­lar el costo finan­ciero de sus deci­sio­nes, pero pocas veces dimen­sio­nan el costo elec­to­ral. Un pen­sio­nado molesto no vota solo. Habla con su esposa, con sus hijos, con veci­nos, con com­pa­ñe­ros de sin­di­cato y con amis­ta­des que viven situa­cio­nes simi­la­res. El enojo se mul­ti­plica. El sen­ti­miento de que “des­pués de toda una vida de tra­bajo ahora nos cas­ti­gan” puede con­ver­tirse en un pode­roso motor polí­tico.

¿Ese des­con­tento se tra­du­cirá auto­má­ti­ca­mente en votos para la opo­si­ción? No nece­sa­ria­mente en todos los casos, pero sí en una parte impor­tante. Y en elec­cio­nes cerra­das, peque­ños movi­mien­tos por­cen­tua­les pue­den cam­biar resul­ta­dos com­ple­tos.

Basta obser­var lo ocu­rrido en dis­tin­tos paí­ses cuando los gobier­nos toca­ron pen­sio­nes o sis­te­mas de retiro. La reac­ción suele ser inme­diata. Los adul­tos mayo­res son uno de los sec­to­res que más par­ti­ci­pan en elec­cio­nes. Son dis­ci­pli­na­dos para votar y tie­nen memo­ria polí­tica. Ade­más, influ­yen fuer­te­mente en sus fami­lias.

Si millo­nes de pen­sio­na­dos sien­ten que el gobierno les quitó parte de lo que legí­ti­ma­mente les corres­pon­día, el efecto elec­to­ral podría ser con­si­de­ra­ble. Incluso un tras­lado del cinco o siete por ciento del voto hacia opcio­nes opo­si­to­ras podría con­ver­tirse en fac­tor deci­sivo en esta­dos com­pe­ti­dos o en elec­cio­nes inter­me­dias. Más aún cuando el dis­curso ofi­cial insiste en que pri­mero están los pobres, mien­tras muchos jubi­la­dos con­si­de­ran que, des­pués de déca­das tra­ba­jando, ahora son tra­ta­dos como un pro­blema pre­su­pues­tal. El men­saje devas­ta­dor que per­ci­ben es que el Estado sí reco­noce obli­ga­cio­nes con nue­vos pro­gra­mas socia­les, pero parece dis­puesto a modi­fi­car com­pro­mi­sos adqui­ri­dos con quie­nes ya entre­ga­ron toda una vida labo­ral.

El riesgo polí­tico para el gobierno es enorme por­que el tema toca algo muy sen­si­ble: la cer­teza del futuro. Cuando un tra­ba­ja­dor observa que incluso una pen­sión ya ganada puede cam­biarse por decreto, apa­rece el miedo colec­tivo. La pre­gunta deja de ser “¿cuánto reci­biré?” y pasa a ser si real­mente existe alguna garan­tía en este país. Y eso ero­siona la con­fianza ins­ti­tu­cio­nal.

Claro que los sis­te­mas pen­sio­na­rios nece­si­tan revi­sarse. Claro que deben corre­girse exce­sos y pri­vi­le­gios inde­bi­dos. Pero hacerlo sin dis­tin­guir entre abu­sos y dere­chos legí­ti­mos puede con­ver­tirse en un error polí­tico monu­men­tal, por­que una cosa es eli­mi­nar exce­sos ofen­si­vos y otra muy dis­tinta afec­tar a miles de per­so­nas que hones­ta­mente cum­plie­ron con déca­das de ser­vi­cio.

Los gobier­nos pasan. Las deci­sio­nes que­dan. Y el voto tam­bién tiene memo­ria.

Tal vez algu­nos estra­te­gas pien­sen que el tema se olvi­dará pronto. Puede ser un grave error de cál­culo. Cuando el dinero falta en casa, cuando una fami­lia com­pleta resiente el recorte, y cuando un jubi­lado siente que le cam­bia­ron las reglas al final del camino, qui­tan­dole sus dere­chos, el resen­ti­miento difí­cil­mente desa­pa­rece.

Y ese resen­ti­miento, tarde o tem­prano, suele expre­sarse en las urnas. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.