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Entre flo­res, música, comida y vela­do­ras, los cemen­te­rios se lle­na­ron de vida en una jor­nada en la que los recuer­dos ven­cie­ron a la ausen­cia y, por unas horas, vivos y muer­tos vol­vie­ron a con­vi­vir.

Los gobier­nos sue­len bus­car momen­tos de cele­bra­ción que per­mi­tan mos­trar acti­vi­dad, reu­nir gente y pro­yec­tar una ima­gen de cer­ca­nía.

Oco­te­pec ofrece una res­puesta que merece aten­ción. Su cereada y sus ofren­das nue­vas no son un espec­tá­culo mon­tado para una noche. Son una cos­tum­bre comu­ni­ta­ria, las fami­lias reci­ben a quie­nes acu­den a recor­dar a sus difun­tos, mues­tran los alta­res y com­par­ten comida y bebida.

Quien visita lleva una cera, un cirio o una vela; a cam­bio, se le recibe en las casas con reci­pro­ci­dad. Las ofren­das nue­vas recuer­dan a quie­nes murie­ron durante el último año, y las fami­lias reci­ben a veci­nos y visi­tan­tes con ali­men­tos y bebi­das. Ahí está el sen­tido pro­fundo de la tra­di­ción.

No basta con mirar un altar, tomar una foto­gra­fía y seguir el reco­rrido. Hay puer­tas abier­tas, fami­lias que pre­pa­ran ali­men­tos, tra­bajo que se orga­niza con anti­ci­pa­ción y una comu­ni­dad que com­parte el duelo y la memo­ria. Es una cele­bra­ción que man­tiene un vín­culo entre quie­nes ya se fue­ron y quie­nes siguen aquí. Sus raí­ces son anti­guas y, con la lle­gada del cato­li­cismo, adop­ta­ron nue­vas for­mas sin per­der su carác­ter pro­pio, ter­mi­nando con el adorno de su pan­teón que com­pite con su belleza el día 2 con las cele­bra­cio­nes del país.

Oco­te­pec es uno de los pue­blos ori­gi­na­rios de Cuer­na­vaca y ha con­ser­vado prác­ti­cas que le dan una iden­ti­dad sin­gu­lar. El Día de Muer­tos tam­bién se cele­bra en Santa Cata­rina, Tepozt­lán y muchos otros luga­res; cada comu­ni­dad tiene expre­sio­nes valio­sas.

Reco­no­cer la impor­tan­cia de Oco­te­pec no implica des­ca­li­fi­car las demás. Pero sí obliga a pre­gun­tar­nos por qué, cuando se habla de la tra­di­ción de Cuer­na­vaca, se mira tan poco a uno de sus cen­tros más vivos.

El Miquixtli y su des­file pue­den reu­nir a miles de per­so­nas. Eso tiene valor recrea­tivo. El pro­blema apa­rece cuando el espec­tá­culo se con­vierte en la medida prin­ci­pal del éxito, ¿cuánta gente asis­tió, qué artista se pre­sentó, cuánto ruido hubo en el cen­tro? La música puede ser exce­lente y, aun así, el gobierno debe expli­car sus prio­ri­da­des.

Una buena idea sería des­ti­nar una parte de ese pre­su­puesto a res­pal­dar a las fami­lias que sos­tie­nen la cereada o ayu­dar a man­te­ner el pan­teón que es único y toda una tra­di­ción. No para com­prar su tra­di­ción ni para cobrar­les por reci­bir visi­tan­tes, sino para ayu­dar­las con ser­vi­cios, lim­pieza, baños, manejo de resi­duos, segu­ri­dad y mejo­ras en las calles. Tam­bién para reco­no­cer el tra­bajo de quie­nes pre­pa­ran los ali­men­tos, orga­ni­zan las ofren­das y reci­ben a miles de per­so­nas en sus casas.

La pre­sen­cia de pues­tos, de muje­res que ven­den arroz o espa­gueti y de fami­lias que ofre­cen pro­duc­tos desde sus cajue­las habla de esfuerzo, y de una eco­no­mía popu­lar que busca abrirse paso. No es motivo para aver­gon­zar a nadie. Sí, en cam­bio, es motivo para que las auto­ri­da­des obser­ven qué nece­si­da­des hay detrás y pien­sen en cómo una cele­bra­ción que atrae visi­tan­tes puede dejar bene­fi­cios dura­de­ros en la comu­ni­dad.

Tam­bién hace falta cui­dar el entorno. Si la lle­gada masiva de per­so­nas con­vierte algu­nas calles en un espa­cio satu­rado con polvo, basura y difi­cul­ta­des para cami­nar, no basta con decir que hubo éxito por­que acu­dió mucha gente. Se requiere un plan acor­dado con los habi­tan­tes. La tra­di­ción debe seguir siendo de la comu­ni­dad, aun­que reciba visi­tan­tes.

Recuerdo el Miquixtli que se rea­li­zaba en el Jar­dín Borda cuando sus jar­di­nes se encon­tra­ban, como yo los conocí, en bue­nas con­di­cio­nes. Los flo­ri­cul­to­res par­ti­ci­pa­ban y cada uno apor­taba su tra­bajo para crear espa­cios dis­tin­tos. El resul­tado era una cele­bra­ción ligada a la crea­ti­vi­dad y a la pro­duc­ción del pro­pio estado. Esa memo­ria invita a pen­sar en una polí­tica cul­tu­ral que no dependa sola­mente de traer artis­tas, sino que abra espa­cio a quie­nes crean, cul­ti­van y trans­mi­ten la cul­tura local.

Un des­file puede ale­grar una noche. Pero una tra­di­ción cons­truida durante gene­ra­cio­nes puede decir­nos mucho más sobre quié­nes somos y sobre las nece­si­da­des que el poder suele dejar al mar­gen. More­los nece­sita cele­bra­ción, sí, pero tam­bién sen­si­bi­li­dad para escu­char a sus pue­blos. Si Oco­te­pec sos­tiene una de las expre­sio­nes más entra­ña­bles del Día de Muer­tos en Cuer­na­vaca, merece algo más que ser una parada turís­tica, merece res­peto, apoyo y un lugar cen­tral en la polí­tica cul­tu­ral del estado. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Teodoro Lavín León
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