Vivencias Ciudadanas: Mejor transporte público: Otra promesa incumplida

TEODORO LAVÍN LEÓN
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Ame­nos de quince días de que entre en vigor el nuevo incre­mento a las tari­fas del trans­porte público en More­los, la rea­li­dad vuelve a impo­nerse sobre los dis­cur­sos ofi­cia­les. Los usua­rios siguen espe­rando las mejo­ras pro­me­ti­das, las auto­ri­da­des guar­dan silen­cio y los con­ce­sio­na­rios pare­cen haber ganado una vez más la par­tida. Lo más grave no es úni­ca­mente el aumento al costo del pasaje, sino la evi­dente falta de cum­pli­miento de los com­pro­mi­sos que jus­ti­fi­ca­ron dicho incre­mento.

Cuando el gobierno esta­tal auto­rizó el ajuste tari­fa­rio, la prin­ci­pal con­di­ción clara fue que los trans­por­tis­tas debían moder­ni­zar sus uni­da­des, mejo­rar el ser­vi­cio, garan­ti­zar mejo­res con­di­cio­nes de segu­ri­dad y ofre­cer un trans­porte digno para miles de ciu­da­da­nos que dia­ria­mente depen­den de este sis­tema para tras­la­darse a sus cen­tros de tra­bajo, escue­las y acti­vi­da­des coti­dia­nas.

Sin embargo, a esca­sos días de que se cum­pla el plazo esta­ble­cido, basta reco­rrer las calles de Cuer­na­vaca, Jiu­te­pec, Temixco, Cuautla, o cual­quier otro muni­ci­pio, para com­pro­bar que prác­ti­ca­mente nada ha cam­biado. Las mis­mas uni­da­des vie­jas, dete­rio­ra­das y muchas veces inse­gu­ras con­ti­núan pres­tando el ser­vi­cio. Los usua­rios siguen enfren­tando pro­ble­mas de sobre­cupo, falta de man­te­ni­miento, malas con­di­cio­nes mecá­ni­cas y escasa super­vi­sión.

¿Quién engañó a quién?, es la pre­gunta ine­vi­ta­ble, por­que si los con­ce­sio­na­rios acep­ta­ron com­pro­mi­sos para obte­ner un bene­fi­cio eco­nó­mico y ahora no los cum­plen, esta­mos frente a una falta de res­peto hacia los ciu­da­da­nos y hacia el gobierno. Pero si las auto­ri­da­des no son capa­ces de exi­gir el cum­pli­miento de esos acuer­dos, enton­ces la socie­dad tiene dere­cho a pre­gun­tarse quién ejerce real­mente la auto­ri­dad en mate­ria de trans­porte.

La his­to­ria del trans­porte público en More­los ha estado mar­cada por una rela­ción com­pleja entre gobier­nos y con­ce­sio­na­rios. Durante déca­das, las admi­nis­tra­cio­nes esta­ta­les han evi­tado con­fron­ta­cio­nes direc­tas con los líde­res trans­por­tis­tas debido al enorme poder polí­tico y de movi­li­za­ción que han acu­mu­lado. No son pocos los gober­na­do­res que han pre­fe­rido nego­ciar antes que apli­car la ley.

Las con­ce­sio­nes del trans­porte público son, en esen­cia, per­mi­sos otor­ga­dos por el Estado para pres­tar un ser­vi­cio que per­te­nece a la socie­dad, y no son pro­pie­dad abso­luta de quie­nes los ope­ran. El gobierno tiene la facul­tad legal de esta­ble­cer con­di­cio­nes, super­vi­sar su cum­pli­miento e incluso revo­car con­ce­sio­nes cuando se incum­plen los requi­si­tos esta­ble­ci­dos, por eso resulta difí­cil enten­der cómo algu­nos líde­res trans­por­tis­tas pare­cen actuar con total impu­ni­dad. El men­saje que se envía a la ciu­da­da­nía es preo­cu­pante: se aumenta la tarifa, pero no se mejora el ser­vi­cio; se hacen com­pro­mi­sos públi­cos, pero nadie res­ponde cuando no se cum­plen.

La indig­na­ción de los usua­rios tiene fun­da­mento. Durante años se les ha pedido com­pren­sión frente a los aumen­tos en com­bus­ti­bles, refac­cio­nes y cos­tos de ope­ra­ción. Los ciu­da­da­nos han acep­tado incre­men­tos bajo la pro­mesa de que el ser­vi­cio mejo­ra­ría; sin embargo, los resul­ta­dos rara vez han estado a la altura de las expec­ta­ti­vas.

Hoy el pro­blema adquiere una dimen­sión polí­tica impor­tante. La gober­na­dora ha insis­tido en dis­tin­tos foros sobre la nece­si­dad de moder­ni­zar la movi­li­dad en el estado. El dis­curso es correcto y la inten­ción parece legí­tima; sin embargo, el éxito o fra­caso de esa polí­tica depen­derá de la capa­ci­dad real de hacer cum­plir la ley.

Si los trans­por­tis­tas se com­pro­me­tie­ron a la reno­va­ción de uni­da­des, deben cum­plir. Si exis­ten pla­zos esta­ble­ci­dos, éstos deben res­pe­tarse. Y si alguien deci­dió igno­rar los acuer­dos alcan­za­dos, deben exis­tir con­se­cuen­cias cla­ras; de otra manera, cual­quier nego­cia­ción futura per­derá cre­di­bi­li­dad.

No se trata de con­fron­tar al sec­tor trans­por­tista ni de des­co­no­cer las difi­cul­ta­des eco­nó­mi­cas que enfrenta. Es evi­dente que muchos con­ce­sio­na­rios atra­vie­san pro­ble­mas finan­cie­ros deri­va­dos de los altos cos­tos de ope­ra­ción, pero una cosa es reco­no­cer esas difi­cul­ta­des y otra muy dis­tinta acep­tar el incum­pli­miento de com­pro­mi­sos adqui­ri­dos.

Los ciu­da­da­nos mere­cen res­peto. Cada peso adi­cio­nal que pagan en el trans­porte repre­senta un esfuerzo para miles de fami­lias cuyos ingre­sos ape­nas alcan­zan para cubrir sus nece­si­da­des bási­cas. Por eso resulta ina­cep­ta­ble que se les exija más dinero sin ofre­cer­les un mejor ser­vi­cio a cam­bio.

El Coor­di­na­dor de Trans­porte y las auto­ri­da­des res­pon­sa­bles enfren­tan una prueba deci­siva; si per­mi­ten que los acuer­dos que­den en letra muerta, corre­rán el riesgo de ser vis­tos como sim­ples fun­cio­na­rios admi­nis­tra­ti­vos inca­pa­ces de ejer­cer auto­ri­dad. En cam­bio, si hacen valer las con­di­cio­nes pac­ta­das, envia­rán una señal de que en More­los la ley se cum­ple y los com­pro­mi­sos se res­pe­tan.

Toda­vía hay tiempo para corre­gir el rumbo, pero el reloj avanza. Los pró­xi­mos días serán deter­mi­nan­tes para cono­cer si las pro­me­sas rea­li­za­das durante la nego­cia­ción tari­fa­ria fue­ron serias o si sólo for­ma­ron parte de una estra­te­gia para jus­ti­fi­car un aumento que hoy parece cada vez más difí­cil de defen­der.

La ciu­da­da­nía observa. Los usua­rios espe­ran res­pues­tas. Y el gobierno tiene la opor­tu­ni­dad de demos­trar que la auto­ri­dad no se ejerce úni­ca­mente mediante dis­cur­sos o anun­cios, sino mediante accio­nes con­cre­tas que garan­ti­cen que quie­nes reci­ben bene­fi­cios públi­cos tam­bién cum­plan con sus obli­ga­cio­nes, por­que de lo con­tra­rio, una vez más, quie­nes ter­mi­na­rán pagando los cos­tos serán los ciu­da­da­nos, mien­tras los res­pon­sa­bles con­ti­núan via­jando cómo­da­mente sobre las vie­jas rutas de la impu­ni­dad. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.