Vivencias Ciudadanas: El gran reto del Gobierno de Morelos

TEODORO LAVÍN LEÓN
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La mayor cri­sis que enfrenta hoy cual­quier gobierno no siem­pre es finan­ciera, polí­tica o de segu­ri­dad. La más pro­funda y difí­cil de resol­ver es la pér­dida de cre­di­bi­li­dad. Cuando la ciu­da­da­nía deja de creer en la pala­bra de sus auto­ri­da­des, cual­quier anun­cio ofi­cial, por bien inten­cio­nado que sea, ter­mina reci­bién­dose con des­con­fianza. Eso es pre­ci­sa­mente lo que ocu­rre en More­los.

No se trata úni­ca­mente del debate sobre el sis­tema de pen­sio­nes. Tam­poco es un asunto exclu­sivo del incre­mento a las tari­fas del trans­porte público. Es la suma de pro­me­sas incum­pli­das, de men­sa­jes con­tra­dic­to­rios y de deci­sio­nes que, desde la per­cep­ción de muchos ciu­da­da­nos, ter­mi­nan siendo dis­tin­tas a lo que ini­cial­mente se anun­ció.

La con­fianza pública no se cons­truye con con­fe­ren­cias de prensa ni con cam­pa­ñas de comu­ni­ca­ción. Se gana con hechos. Cuando durante años la pobla­ción observa que una cosa se pro­mete y otra ter­mina ocu­rriendo, es natu­ral que apa­rezca el escep­ti­cismo. El ejem­plo más reciente es la dis­cu­sión sobre las pen­sio­nes, pues las auto­ri­da­des insis­ten en que no existe inten­ción de afec­tar los dere­chos de los pen­sio­na­dos. Sin embargo, el solo hecho de que exista un pro­yecto legis­la­tivo o pro­pues­tas de modi­fi­ca­ción ha des­per­tado preo­cu­pa­ción entre miles de tra­ba­ja­do­res reti­ra­dos. La reac­ción social no surge de la nada, res­ponde a expe­rien­cias pre­vias en dis­tin­tos nive­les de gobierno que han ali­men­tado la des­con­fianza.

Para muchos pen­sio­na­dos, la pen­sión repre­senta el patri­mo­nio cons­truido durante déca­das de tra­bajo. Ellos con­si­de­ran que se trata de un dere­cho adqui­rido y que cual­quier cam­bio debe ana­li­zarse con abso­luto res­peto al marco jurí­dico y a los dere­chos pre­via­mente reco­no­ci­dos. Al mismo tiempo, tam­bién existe la per­cep­ción de que en el pasado hubo casos de jubi­la­cio­nes otor­ga­das de manera irre­gu­lar o sin cum­plir ple­na­mente los requi­si­tos lega­les. Si exis­ten esas situa­cio­nes, corres­ponde a las auto­ri­da­des revi­sar­las con­forme a la ley, dife­ren­cián­do­las de quie­nes obtu­vie­ron su pen­sión de manera legí­tima. Mez­clar ambos casos sólo incre­menta la incer­ti­dum­bre.

La misma falta de con­fianza se observa en el tema del trans­porte público. Durante meses se ase­guró que cual­quier ajuste res­pon­de­ría a mejo­ras en el ser­vi­cio.

Sin embargo, una parte impor­tante de la ciu­da­da­nía con­si­dera que el incre­mento en las tari­fas no ha venido acom­pa­ñado de un cam­bio visi­ble en las con­di­cio­nes de las uni­da­des, la segu­ri­dad o la cali­dad del ser­vi­cio. Esa per­cep­ción ali­menta la idea de que las pro­me­sas ofi­cia­les no ter­mi­nan refle­ján­dose en la rea­li­dad coti­diana.

Cuando las per­so­nas sien­ten que no fue­ron escu­cha­das, difí­cil­mente acep­tan los argu­men­tos del gobierno. El pro­blema deja de ser téc­nico y se con­vierte en un con­flicto de con­fianza. Lo preo­cu­pante es que esta situa­ción no es exclu­siva de More­los. En dis­tin­tas par­tes del país la dis­tan­cia entre gober­nan­tes y ciu­da­da­nos se ha ido ampliando. Sin embargo, eso no debe ser­vir como jus­ti­fi­ca­ción. Cada admi­nis­tra­ción tiene la res­pon­sa­bi­li­dad de cons­truir cre­di­bi­li­dad mediante el diá­logo per­ma­nente y la trans­pa­ren­cia.

Hoy no basta con ins­ta­lar una sola mesa de diá­logo para afir­mar que el pro­blema está resuelto. La com­ple­ji­dad del tema exige escu­char a tra­ba­ja­do­res, pen­sio­na­dos, sin­di­ca­tos, espe­cia­lis­tas en asun­tos labo­ra­les, orga­ni­za­cio­nes civi­les y repre­sen­tan­tes socia­les. Las deci­sio­nes que afec­tan el patri­mo­nio de miles de fami­lias requie­ren pro­ce­sos abier­tos, infor­ma­ción clara y dis­po­si­ción para modi­fi­car pro­pues­tas cuando exis­tan argu­men­tos sóli­dos.

Nego­ciar no sig­ni­fica impo­ner una deci­sión pre­via­mente tomada. Nego­ciar implica escu­char, con­ci­liar y cons­truir acuer­dos. Esa capa­ci­dad parece ser una de las mayo­res caren­cias de la admi­nis­tra­ción esta­tal. Cuando falta inter­lo­cu­ción, cual­quier dife­ren­cia ter­mina con­vir­tién­dose en un con­flicto polí­tico y social. A esto se suma el pro­blema de la inse­gu­ri­dad, que con­ti­núa siendo una de las prin­ci­pa­les preo­cu­pa­cio­nes de los more­len­ses. Si la incer­ti­dum­bre sobre las pen­sio­nes se com­bina con el males­tar por el trans­porte y con la per­cep­ción de inse­gu­ri­dad, el resul­tado puede ser un ambiente social cada vez más com­pli­cado.

Toda­vía hay tiempo para corre­gir el rumbo, pero eso exige reco­no­cer que la con­fianza no se decreta, se recu­pera con deci­sio­nes cla­ras, con infor­ma­ción veri­fi­ca­ble y con una dis­po­si­ción genuina para dia­lo­gar.

La ciu­da­da­nía no espera gobier­nos per­fec­tos. Espera gobier­nos que hablen con la ver­dad, que expli­quen sus deci­sio­nes y que cum­plan su pala­bra. Esa es la base de cual­quier demo­cra­cia sólida. More­los nece­sita recu­pe­rar ese vín­culo entre socie­dad y auto­ri­da­des, por­que cuando la con­fianza desa­pa­rece, cual­quier polí­tica pública encuen­tra resis­ten­cia. Y cuando la pala­bra ofi­cial deja de ser creí­ble, gober­nar se vuelve mucho más difí­cil.

La gober­na­bi­li­dad no depende úni­ca­mente de leyes o mayo­rías legis­la­ti­vas. Depende, sobre todo, de la con­fianza ciu­da­dana. Mien­tras esa con­fianza no se recons­truya, cual­quier reforma enfren­tará dudas, cual­quier anun­cio será cues­tio­nado y cual­quier expli­ca­ción será reci­bida con escep­ti­cismo.

Cam­biar esa rea­li­dad exige un nuevo estilo de gobierno con menos dis­cur­sos y más resul­ta­dos; menos con­fron­ta­ción y más con­ci­lia­ción; menos pro­me­sas y más cum­pli­miento. Sólo así podrá comen­zar a recu­pe­rarse una con­fianza que, hoy por hoy, muchos more­len­ses con­si­de­ran seria­mente dete­rio­rada. Por eso, la con­fianza no existe pues las auto­ri­da­des esta­ta­les dicen una cosa y hacen otra, todo por actuar como el gobierno Fede­ral, al que tie­nen que imi­tar a como dé lugar aun­que se equi­vo­que. La razón de los rece­los de la ciu­da­nía está en poner a una líder de cuarta a que­rer cam­biar la deci­sión de un grupo que per­de­ría lo ya ganado, y su tran­qui­li­dad finan­ciera no da cer­teza, sino que ace­lera la des­con­fianza. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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