Tuvimos un fin de semana muy meneado aparte de la captura y ejecución de “El Mencho” existieron varios actos culturales el fin de semana:
Mi amiga Isabel Quevedo presentó junto con su hija la Dra. Katia Herrera el libro Camino Rojo, el cual me invitaron a presentar sobre filosofía mexica.
Y dije lo siguiente:
Este libro es un compendio de la filosofía mexica magistralmente hecho, de una forma sencilla para que las nuevas generaciones entiendan de la filosofía profunda de nuestros ancestros.
Y antes de comenzar, quiero hacerles una pregunta sencilla, pero incómoda: ¿Quiénes éramos antes de que nos contaran quiénes éramos?
Durante siglos nos enseñaron que nuestros pueblos originarios tenían mitos, ritos, dioses y sacrificios… pero no filosofía. Se nos repitió que la reflexión profunda nació en Grecia, que el pensamiento sistemático era exclusivo de Occidente y que lo nuestro era folclor.
Sin embargo, este libro parte de una afirmación distinta, firme y documentada: Sí existió filosofía en el mundo mexica, y no solo existió, sino que fue profundamente sofisticada.
Los antiguos sabios nahuas —los tlamatinime, “los que saben algo”— no se preguntaban simplemente cómo funcionaba el mundo. Se preguntaban algo más inquietante:
¿Cómo vivir correctamente en un mundo que se resbala? Para los mexicas, la tierra —Tlaltícpac— era un lugar inestable. Nada era permanente. Todo podía desaparecer. No había una ilusión de eternidad cómoda. Había conciencia de fragilidad. Y en medio de esa fragilidad surge uno de los conceptos más bellos de su pensamiento: “In ixtli, in yóllotl” — rostro Sabio y corazón verdadero. Educar no era llenar de información. Era formar un rostro —identidad— y un corazón —ética—.
Un ser humano pleno era aquel que lograba armonizar lo que pensaba con lo que sentía, lo que decía con lo que hacía. ¿No es esa, acaso, una de las grandes crisis de nuestro tiempo?
Tenemos información, pero no identidad. Tenemos discurso, pero no coherencia.
La filosofía mexica proponía algo distinto: vivir con raíz. Y aquí aparece otro concepto fundamental: “Neltiliztli”, la verdad. Pero no la verdad abstracta y fría. La verdad como aquello que tiene raíz, aquello que permanece firme en medio del movimiento.
Porque para los mexicas, el universo era movimiento constante.
Dualidad permanente.
Vida y muerte.
Luz y oscuridad.
Creación y destrucción.
El principio que sostenía esta dualidad era Ometeotl, no un dios antropomorfo, sino una energía dual creadora, masculina y femenina a la vez. Complementaria. Equilibrada.
En su visión no existía la lucha entre opuestos para destruirse, sino la tensión necesaria para que exista la vida.
Y si el mundo era inestable… si la existencia era efímera… surge entonces la pregunta que el gran poeta y gobernante Nezahualcóyotl expresó con profunda melancolía: “¿Acaso de verdad se vive en la tierra?”
Esa pregunta no es menor. Es profundamente filosófica.
Habla de conciencia de finitud.
Habla de la búsqueda de sentido.
Para los mexicas, lo único que podía trascender era “in xóchitl in cuícatl”:
la flor y el canto.
El arte.
La palabra bella.
La creación humana que deja huella.
En un mundo donde todo pasa, lo que nos salva es la obra que construimos y la armonía que logramos.
Este libro no pretende romantizar el pasado ni idealizar una civilización.
Pretende algo más complejo y necesario: recuperar una raíz intelectual que nos fue negada.
Porque la mexicanidad no es un traje típico.
No es solamente una danza ritual aislada.
No es una ceremonia para la fotografía turística.
La mexicanidad es una forma de entender la vida:
•Como comunidad antes que individualismo extremo.
•Como equilibrio antes que explotación desmedida.
•Como memoria antes que olvido.
Durante siglos, nuestra herencia indígena fue reducida a pieza arqueológica.
Pero esta filosofía demuestra que no éramos un pueblo sin pensamiento; éramos un pueblo con una forma distinta de pensar.
Hoy, en tiempos de crisis de identidad, de violencia simbólica, de ruptura social, estas preguntas vuelven a ser urgentes:
¿Tenemos rostro? ¿Tenemos corazón? ¿Vivimos con raíz o simplemente sobrevivimos sin ella?
Este libro nos invita a mirar atrás no para quedarnos en el pasado, sino para recuperar profundidad.
Para comprender que antes de la conquista existía una tradición intelectual que reflexionaba sobre el sentido, la verdad, la muerte y la trascendencia.
Y quizá el mayor acto de resistencia cultural no sea la confrontación, sino la comprensión.
Comprender que la mexicanidad no es nostalgia.
Es continuidad.
Que no somos únicamente el resultado de una ruptura histórica.
También somos herederos de una sabiduría que preguntaba, que dudaba, que cantaba y que buscaba verdad con raíz.
Cerraré con una reflexión inspirada en el pensamiento náhuatl:
Si el mundo es un lugar donde se resbala, entonces nuestra tarea no es dominarlo, sino aprender a caminarlo con equilibrio.
Que este libro no sea solo una lectura, sino un espejo. Un espejo que nos ayude a preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos caminar.
Ese mismo dia en el mismo Museo de Arte Contemporaneo se presentó la pintura de María Luisa de Mateo, que es vicepresidenta de Amigos de la Música de Cuernavaca, la obra de María Luisa es sin duda un pincel experto en la que presentó varias obras de diferentes épocas de su creación, la figura humana clara y con un tratamiento de las telas es extraordinario, dos cuadros de su serie los zanates en donde el brillos de los bellos animales, que un plumaje oscuro, casi negro con matices azules nos dan cuenta de su belleza, que pasa desapercibido porque los que tenemos la oportunidad de verlos todos los días,lo que nos hace ciegos ante ellos, un hermoso cuadro de hojas verdes de la naturaleza morelense, a donde se puede ir a sentir lo que Morelos es cotidianeidad manejado de manera magistral en hojas que llenan el espacio tan común en nuestros jardines y que de tanto verlos perdemos en la vida diaria, cuadros de diferente técnicas pero con la maestría de quien domina su trabajo nos llevó hasta una serie de nubes trasparentes, que en el atardecer se iuminan por dentro en un paisaje de cuernavaca y de su luz que no es fácil de interpretar y que María Luisa logra de manera magistral volviendo a parte del paisaje urbano en una belleza de la irrealidad que te atrapa durante el crepúsculo, en una sinfonía que llenan una pared en la cual no sabrías cual escoger de alguna de ellas, así como obras clásicas de su haber que al menos su servidor ya conocía, nos enseña que la autora retrata la irrealidad de un mundo fantástico que conocemos y tenemos enfrente y no lo vemos, con una naturalidad fantástica de lo real a la irrrealidad. A todo ello hay que agregar el cuadro de Velásquez el gran sevillano en el que aparece un Q.R. que te da una historia del último descubrimiento en una casa del siglo XVIII en la hermosa tierra de la giralda con un descubrimiento de pinturas, así como porcelanas, un tesoro que todavía no se conoce quien lo pintó pero con el estilo del gran maestro, cada uno de los cuadros, en la cual puede uno acceder a la explicación de su autora, una novedad que podríamos ver como una excelente travesura, de alguien que sabe la calidad de su pintura.
El domingo, el concierto de Amigos de a Música de Cuernavaca en la Hacienda de Córtes, con la pianista Marcela Hersch, a donde presentó una obra de mi tío Alfonso de Elías y de Elías, que fue hecho en Cuernavaca y por razones de la revolución nació ya en México, el último de los románticos en una sinfonía para la hija ausente (Lupita) en fa menor. Obra poco conocida en México, porque como siempre somos muy malinchistas tambien en la música y más en Morelos, junto con obras de Bach Busoni y Hersch. Un fin de semana muy cultural, pero me preguntaba donde está la Secretaría de Cultura, que desde luego nunca aparecó y creo ni se enteró. Grave será que no es tienda ni desfile. ¿No cree usted?