Vivencias Ciudadanas: Escándalo con el Gobernador de Sinaloa

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El escán­dalo que envuelve al gobierno de Sina­loa no es un epi­so­dio menor ni una anéc­dota pasa­jera, es un sín­toma pro­fundo de la fra­gi­li­dad ins­ti­tu­cio­nal que vive una parte del país y de la cre­ciente pre­sión inter­na­cio­nal, par­ti­cu­lar­mente de Esta­dos Uni­dos, sobre acto­res polí­ti­cos mexi­ca­nos. La con­tro­ver­sia en torno al gober­na­dor Rubén Rocha Moya, (a pesar de su renun­cia tem­po­ral) y algu­nos de sus cola­bo­ra­do­res abre una serie de inte­rro­gan­tes que van mucho más allá de lo local, e ine­vi­ta­ble­mente impac­ta­rán el tablero polí­tico nacio­nal rumbo a la elec­ción del pró­ximo año.

El punto de quie­bre ha sido la deter­mi­na­ción de auto­ri­da­des esta­dou­ni­den­ses de tomar medi­das —ya sean res­tric­cio­nes migra­to­rias, inves­ti­ga­cio­nes o san­cio­nes indi­rec­tas— con­tra per­so­na­jes vin­cu­la­dos al gobierno sina­loense. Aun­que este tipo de deci­sio­nes no siem­pre se explica con total trans­pa­ren­cia, su sola exis­ten­cia genera una per­cep­ción de des­con­fianza inter­na­cio­nal que gol­pea direc­ta­mente la cre­di­bi­li­dad de las ins­ti­tu­cio­nes mexi­ca­nas.

Aquí hay que ser cla­ros. Cuando un gobierno extran­jero, y en par­ti­cu­lar el de Esta­dos Uni­dos, decide actuar con­tra fun­cio­na­rios en activo de un estado mexi­cano, no lo hace a la ligera. Res­ponde a inves­ti­ga­cio­nes, a infor­ma­ción de inte­li­gen­cia y, sobre todo, a una narra­tiva que coloca a cier­tas regio­nes del país bajo sos­pe­cha per­ma­nente. Sina­loa, his­tó­ri­ca­mente aso­ciado con diná­mi­cas del cri­men orga­ni­zado, vuelve a estar en el cen­tro de esa narra­tiva, pero ahora con el ingre­diente más deli­cado de la pre­sunta cer­ca­nía o tole­ran­cia desde el poder polí­tico.

El impacto inme­diato se da en tres nive­les. El pri­mero es el esta­tal. La admi­nis­tra­ción de Rocha Moya enfrenta una cri­sis de legi­ti­mi­dad que no se resuelve con comu­ni­ca­dos o des­men­ti­dos. La per­cep­ción pública que en polí­tica suele pesar más que la ver­dad jurí­dica queda mar­cada. Que­rer gober­nar bajo sos­pe­cha implica per­der mar­gen de manio­bra, debi­li­tar la auto­ri­dad moral y abrir espa­cios a la opo­si­ción.

El segundo nivel es el nacio­nal. El gobierno fede­ral, inde­pen­dien­te­mente de su pos­tura ofi­cial, no puede igno­rar un epi­so­dio de esta mag­ni­tud. Cada señal de des­con­fianza externa se tra­duce en pre­sión diplo­má­tica, en cues­tio­na­mien­tos sobre la estra­te­gia de segu­ri­dad y, sobre todo, en un des­gaste polí­tico acu­mu­la­tivo. En un con­texto donde la rela­ción bila­te­ral con Esta­dos Uni­dos es clave para temas como comer­cio, migra­ción y segu­ri­dad, estos escán­da­los com­pli­can la narra­tiva de esta­bi­li­dad que se intenta pro­yec­tar.

El ter­cer nivel, quizá el más rele­vante, es el elec­to­ral. A menos de un año de los comi­cios, este tipo de cri­sis se con­vierte en muni­ción polí­tica. La opo­si­ción encon­trará aquí un argu­mento pode­roso para cues­tio­nar no sólo a un gobierno esta­tal, sino a todo un pro­yecto polí­tico. No se trata úni­ca­mente de Sina­loa, se trata de la idea de que existe una per­mi­si­vi­dad estruc­tu­ral o, en el peor de los casos, una con­vi­ven­cia peli­grosa entre poder polí­tico y cri­men.

Sin embargo, tam­bién hay que reco­no­cer que el uso elec­to­ral de estos temas puede deri­var en sim­pli­fi­ca­cio­nes peli­gro­sas. No todo seña­la­miento inter­na­cio­nal equi­vale a cul­pa­bi­li­dad, ni toda medida externa debe asu­mirse como sen­ten­cia defi­ni­tiva. El riesgo está en que el debate público se pola­rice entre quie­nes nie­gan todo y quie­nes con­de­nan sin mati­ces. Nin­guno de los dos extre­mos con­tri­buye a la cons­truc­ción de solu­cio­nes rea­les.

Lo que sí resulta inne­ga­ble es que este escán­dalo exhibe como debi­li­dad estruc­tu­ral la depen­den­cia de México res­pecto a las eva­lua­cio­nes exter­nas en mate­ria de segu­ri­dad y lega­li­dad. Cuando es otro país el que marca la pauta o detona las cri­sis, queda claro que los meca­nis­mos inter­nos no están fun­cio­nando con la efi­ca­cia nece­sa­ria. En este sen­tido, el caso Sina­loa debe­ría ser un punto de infle­xión. No para ali­men­tar el escán­dalo mediá­tico, sino para replan­tear seria­mente los meca­nis­mos de con­trol, trans­pa­ren­cia y ren­di­ción de cuen­tas en los esta­dos. Por­que hoy es Sina­loa, pero mañana puede ser cual­quier otra enti­dad.

De cara a la elec­ción del pró­ximo año, el efecto será ine­vi­ta­ble. La narra­tiva de com­bate a la corrup­ción y al cri­men orga­ni­zado será puesta a prueba con mayor rigor. Los can­di­da­tos ten­drán que res­pon­der no sola­mente por sus pro­pues­tas, sino por las som­bras que rodean a sus par­ti­dos y alia­dos. Y el elec­to­rado, cada vez más infor­mado y exi­gente, ten­drá que deci­dir si estos epi­so­dios son excep­cio­nes o refle­jos de un pro­blema sis­té­mico.

En polí­tica, los vacíos se lle­nan rápi­da­mente. Si el gobierno de Sina­loa y el fede­ral no logran dar res­pues­tas cla­ras y con­vin­cen­tes, otros acto­res lo harán, cons­tru­yendo su pro­pia ver­sión de los hechos. Y, en un año elec­to­ral, la per­cep­ción puede ser tan deter­mi­nante como la rea­li­dad.

El escán­dalo, en suma, no es nada más un pro­blema de ima­gen. Es una prueba de fuego para las ins­ti­tu­cio­nes mexi­ca­nas, para su capa­ci­dad de resis­tir la pre­sión externa y, ante todo, para demos­trar que el Estado de dere­cho no depende de deci­sio­nes toma­das fuera de nues­tras fron­te­ras.

Si el gobierno de nues­tro país no actúa, espe­re­mos a ver las con­se­cuen­cias eco­no­mí­cas y polí­ti­cas que ten­dra este grave pro­blema. La inves­ti­ga­ción está en manos de la Fis­ca­lía Gene­ral de la Repú­blica, la que, apa­ren­te­mente, ten­drá la última pala­bra. Espe­re­mos que la solu­ción sea en bene­fi­cio del estado y no de un par­tido polí­tico. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.