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A tres meses de ini­ciarse for­mal­mente el pro­ceso elec­to­ral que cul­mi­nará en 2027, More­los vive uno de los momen­tos más com­pli­ca­dos de su his­to­ria reciente. La gober­na­bi­li­dad se des­com­pone a pasos ace­le­ra­dos, mien­tras los par­ti­dos polí­ti­cos comien­zan a mover sus pie­zas y los aspi­ran­tes a los dis­tin­tos car­gos de elec­ción popu­lar inten­tan posi­cio­narse ante una ciu­da­da­nía can­sada, des­con­fiada y pro­fun­da­mente decep­cio­nada de su clase polí­tica.

El pano­rama es desa­len­ta­dor. Hay muni­ci­pios donde los alcal­des sim­ple­mente no pue­den con el cargo; otros donde los pre­si­den­tes muni­ci­pa­les viven enfren­ta­dos con sus cabil­dos, con los tra­ba­ja­do­res o con los pro­pios ciu­da­da­nos; y algu­nos más donde pare­ciera que no existe auto­ri­dad alguna. La inse­gu­ri­dad con­ti­núa cre­ciendo, la obra pública es escasa, los ser­vi­cios muni­ci­pa­les se dete­rio­ran y el enojo social aumenta día con día.

En ese ambiente comen­za­rán las cam­pa­ñas. Por eso resulta casi iró­nico escu­char a diri­gen­tes par­ti­dis­tas afir­mar que bus­ca­rán can­di­da­tos “hones­tos”, “lim­pios” y “sin mala fama”. La pre­gunta ine­vi­ta­ble es: ¿de dónde los van a sacar? Por­que si uno revisa los nom­bres que ya empie­zan a sonar en los cafés polí­ti­cos, en reu­nio­nes pri­va­das y en los corri­llos del poder, cuesta mucho tra­bajo encon­trar a alguien capaz de aven­tar la pri­mera pie­dra.

La polí­tica mexi­cana, y par­ti­cu­lar­mente la more­lense, arras­tra desde hace años un pro­blema severo de cre­di­bi­li­dad. Muchos de los aspi­ran­tes tie­nen ante­ce­den­tes cues­tio­na­bles, seña­la­mien­tos de corrup­ción, acu­sa­cio­nes de abuso de poder o vín­cu­los incó­mo­dos que jamás ter­mi­na­ron de acla­rarse. Y aun aque­llos que inten­tan ven­derse como “nue­vos per­fi­les” sue­len car­gar con uno o dos cola­bo­ra­do­res cuya repu­ta­ción ter­mina por hun­dir cual­quier dis­curso de hones­ti­dad.

Uno de los gran­des dile­mas de la pró­xima elec­ción será la falta de figu­ras ver­da­de­ra­mente con­fia­bles, por­que ade­más ya no basta con que el can­di­dato trate de cui­dar su ima­gen. Hoy la ciu­da­da­nía revisa el entorno com­pleto. Quiere saber quién finan­cia, quién acom­paña, quién opera y quién mueve los hilos detrás de cada pro­yecto polí­tico. Y ahí es donde comien­zan los pro­ble­mas para prác­ti­ca­mente todos los par­ti­dos.

Morena, que man­tiene la mayo­ría en la Cámara de Dipu­ta­dos fede­ral y domina buena parte del esce­na­rio polí­tico nacio­nal, ha impul­sado refor­mas cons­ti­tu­cio­na­les, cam­bios lega­les y modi­fi­ca­cio­nes pro­fun­das al sis­tema polí­tico mexi­cano. Sin embargo, hay un tema fun­da­men­tal que sigue sin resol­verse y que repre­senta quizá el prin­ci­pal riesgo para las elec­cio­nes futu­ras: la entrada de dinero del nar­co­trá­fico a las cam­pa­ñas. Ése es el ver­da­dero ele­fante en la sala.

Mucho se habla de aus­te­ri­dad, de com­bate a la corrup­ción y de moral polí­tica, pero muy poco se legisla de manera efec­tiva para impe­dir que el cri­men orga­ni­zado finan­cie can­di­da­tos, com­pre estruc­tu­ras elec­to­ra­les o cap­ture gobier­nos muni­ci­pa­les y esta­ta­les. El pro­blema no es nuevo, pero en cada elec­ción parece agra­varse más.

Resulta impo­si­ble no pre­gun­tarse si real­mente existe volun­tad polí­tica para enfren­tar ese fenó­meno o si, en el fondo, a muchos sec­to­res les con­viene man­te­ner las cosas como están, por­que el dinero ilí­cito no entra solo a una cam­paña. Exige favo­res, pro­tec­ción, con­tra­tos, con­trol terri­to­rial y com­pli­ci­da­des. Cuando un grupo cri­mi­nal invierte millo­nes en un pro­ceso elec­to­ral no lo hace por sim­pa­tía ideo­ló­gica, lo hace por­que espera recu­pe­rar con cre­ces esa inver­sión una vez que el can­di­dato lle­gue al poder. Y ahí es donde la demo­cra­cia comienza a defor­marse peli­gro­sa­mente.

Los ciu­da­da­nos ter­mi­nan votando sin saber real­mente quién está detrás de los can­di­da­tos. Los par­ti­dos se con­vier­ten en sim­ples fran­qui­cias elec­to­ra­les, donde lo impor­tante no es la capa­ci­dad o la hones­ti­dad del aspi­rante, sino su posi­bi­li­dad de movi­li­zar recur­sos eco­nó­mi­cos. Y mien­tras tanto, las auto­ri­da­des elec­to­ra­les pare­cen reba­sa­das o sim­ple­mente limi­ta­das para inves­ti­gar a fondo el ori­gen del dinero.

En More­los, el riesgo es toda­vía mayor debido al tamaño del estado y a la pre­sen­cia his­tó­rica de gru­pos cri­mi­na­les que dis­pu­tan terri­to­rios, rutas y espa­cios de influen­cia. Los muni­ci­pios peque­ños son espe­cial­mente vul­ne­ra­bles por­que las cam­pa­ñas cues­tan menos y el con­trol polí­tico puede obte­nerse con rela­tiva faci­li­dad. Por eso preo­cupa tanto el silen­cio legis­la­tivo sobre este tema.

Se modi­fi­can leyes elec­to­ra­les, se cam­bian reglas inter­nas de los par­ti­dos, se dis­cu­ten refor­mas judi­cia­les y se pola­riza el debate público, pero el finan­cia­miento ile­gal sigue siendo una herida abierta que ame­naza la legi­ti­mi­dad de cual­quier elec­ción futura. Y, mien­tras eso ocu­rre, los ciu­da­da­nos obser­van con cre­ciente escep­ti­cismo. Muchos sien­ten que votar ya no cam­bia dema­siado por­que, gane quien gane, los pro­ble­mas con­ti­núan. La inse­gu­ri­dad sigue pre­sente, la corrup­ción no desa­pa­rece y la dis­tan­cia entre gober­nan­tes y socie­dad parece cada vez mayor.

El pro­ceso elec­to­ral de 2027 no será sola­mente una dis­puta por car­gos públi­cos. Será tam­bién una prueba de resis­ten­cia para las ins­ti­tu­cio­nes y para la pro­pia demo­cra­cia mexi­cana. Si los par­ti­dos insis­ten en reci­clar figu­ras des­gas­ta­das, si con­ti­núan pri­vi­le­giando acuer­dos oscu­ros y si no existe una ver­da­dera estra­te­gia para impe­dir la infil­tra­ción del dinero cri­mi­nal, el desen­canto ciu­da­dano podría cre­cer hasta nive­les peli­gro­sos, por­que una socie­dad que deja de creer en sus elec­cio­nes comienza tam­bién a per­der con­fianza en sus gobier­nos, en sus leyes y en sus ins­ti­tu­cio­nes. Y eso, más que cual­quier con­fron­ta­ción polí­tica, repre­senta el ver­da­dero riesgo para el futuro de More­los y del país. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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