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En los últi­mos años se ha repe­tido hasta el can­san­cio que la hones­ti­dad es el prin­ci­pal valor del ser­vi­cio público. Todos los días escu­cha­mos dis­cur­sos donde se con­dena la corrup­ción y se ase­gura que pri­mero están los pobres, que el gobierno es dis­tinto y que quie­nes hoy toman las deci­sio­nes repre­sen­tan una nueva forma de hacer polí­tica. Sin embargo, cuando uno observa la rea­li­dad y la vive en carne pro­pia, la pre­gunta surge ine­vi­ta­ble­mente: ¿de qué sirve haber sido honesto?

Durante más de treinta o mas hemos sido mucos los que hemos tra­ba­jado en el gobierno. yo hice con­ven­cido de que el ser­vi­cio público era pre­ci­sa­mente eso: ser­vir a la socie­dad con res­pon­sa­bi­li­dad y trans­pa­ren­cia. En ese tiempo tuve la opor­tu­ni­dad de desem­pe­ñar dis­tin­tos car­gos, inclu­yendo uno en el que manejé millo­nes de pesos de recur­sos públi­cos. Mi tra­bajo fue revi­sado en trece audi­to­rías y no hubo una sola obser­va­ción que seña­lara irre­gu­la­ri­da­des. Nunca me robé un cen­tavo y jamás uti­licé una posi­ción para obte­ner pri­vi­le­gios per­so­na­les.

Hoy, des­pues lle­gar a la jubi­la­ción hace 23 años, des­cu­bro que todo ese esfuerzo y esa con­ducta recta pare­cen no tener nin­gún valor. Una deci­sión tomada desde el poder, con el argu­mento de la aus­te­ri­dad o del com­bate a anti­guos abu­sos, pre­tende redu­cir dere­chos adqui­ri­dos por quie­nes durante déca­das cum­pli­mos con la ley. Sin deberla ni temerla, uno ter­mina siendo tra­tado igual que aque­llos que sí abu­sa­ron del sis­tema.

Es cierto, nadie puede negar que en el pasado hubo quie­nes obtu­vie­ron jubi­la­cio­nes mediante influen­cias, favo­ri­tis­mos o inter­pre­ta­cio­nes aco­mo­da­ti­cias de la norma. Hubo exce­sos y pri­vi­le­gios que debie­ron corre­girse. Pero una cosa es corre­gir las irre­gu­la­ri­da­des y otra muy dis­tinta cas­ti­gar a todos por igual. En cual­quier socie­dad que se diga demo­crá­tica y res­pe­tuosa del Estado de dere­cho, los jus­tos no debe­rían pagar por los peca­do­res.

La Cons­ti­tu­ción es muy clara. El artí­culo 14 esta­blece que nin­guna ley puede apli­carse en per­jui­cio de per­sona alguna de manera retroac­tiva. Ese prin­ci­pio existe para brin­dar cer­teza jurí­dica y pro­te­ger los dere­chos adqui­ri­dos. Sin embargo, pare­ciera que cuando la nece­si­dad polí­tica o eco­nó­mica aprieta, los prin­ci­pios cons­ti­tu­cio­na­les pasan a segundo tér­mino y lo impor­tante es obe­de­cer la ins­truc­ción del momento.

Lo más preo­cu­pante es la acti­tud de muchos fun­cio­na­rios y legis­la­do­res que se pre­sen­tan como defen­so­res del pue­blo. En lugar de ana­li­zar si una medida es justa o si vul­nera dere­chos, sim­ple­mente levan­tan la mano y aprue­ban lo que les indi­can. El dis­curso del fede­ra­lismo y de que somos un estado libre y sobe­rano queda redu­cido a una frase bonita cuando las deci­sio­nes se toman para que­dar bien con el poder cen­tral, sin impor­tar las con­se­cuen­cias para miles de fami­lias.

Da la impre­sión de que el dinero se ha con­ver­tido en el prin­ci­pal obje­tivo. Hay que aho­rrar recur­sos, no para for­ta­le­cer las ins­ti­tu­cio­nes o garan­ti­zar mejo­res ser­vi­cios, sino para man­te­ner una estruc­tura polí­tica que ase­gure el res­paldo elec­to­ral. El pre­su­puesto deja de verse como una herra­mienta para el desa­rro­llo y se con­vierte en un ins­tru­mento para con­ser­var leal­ta­des. Mien­tras tanto, a quie­nes tra­ba­ja­ron hones­ta­mente durante toda una vida se les pide sacri­fi­cio, pacien­cia y com­pren­sión.

Enton­ces uno vuelve a hacerse la misma pre­gunta: ¿de qué sirve ser honesto? Si des­pués de más de tres déca­das de tra­bajo lim­pio, de mane­jar recur­sos públi­cos sin una sola man­cha, de supe­rar audi­to­rías sin obser­va­cio­nes y de vivir siem­pre den­tro de las posi­bi­li­da­des pro­pias, el pre­mio es que te cam­bien las reglas del juego cuando ya cum­pliste con todas las obli­ga­cio­nes.

Por­que la hones­ti­dad no se demues­tra con dis­cur­sos. Se demues­tra en los hechos. Se demues­tra res­pe­tando la ley, aun­que resulte incó­moda. Se demues­tra defen­diendo los dere­chos de quie­nes actua­ron correc­ta­mente y san­cio­nando úni­ca­mente a quie­nes abu­sa­ron del sis­tema. La hones­ti­dad no puede ser una ban­dera elec­to­ral que se agita en cam­paña y se guarda en el cajón cuando llega el momento de gober­nar.

Muchos ciu­da­da­nos nos damos cuenta de las con­tra­dic­cio­nes. Vemos cómo algu­nos per­so­na­jes cer­ca­nos al poder pros­pe­ran de manera inex­pli­ca­ble, cómo flo­re­cen nego­cios y rela­cio­nes pri­vi­le­gia­das al amparo de car­gos públi­cos, mien­tras al ciu­da­dano común se le exige resig­na­ción y sacri­fi­cio. La per­cep­ción de que exis­ten dos varas para medir la con­ducta pública se for­ta­lece cada día.

En lo per­so­nal, sigo viviendo en la misma casa de siem­pre. Manejo un auto­mó­vil con varios años encima. No tengo lujos, ni pro­pie­da­des ocul­tas, ni cuen­tas millo­na­rias. Lo único que poseo es la tran­qui­li­dad de saber que nunca me llevé lo que no era mío y que cum­plí con mi deber. Pero tam­bién tengo el dere­cho de pre­gun­tarme si esa hones­ti­dad real­mente vale algo para quie­nes hoy gobier­nan.

Por­que, al final, pare­ciera que el men­saje es exac­ta­mente el con­tra­rio: que da lo mismo hacer las cosas bien que hacer­las mal; que los gobier­nos cam­bian de color, pero las prác­ti­cas polí­ti­cas se pare­cen dema­siado; que las pro­me­sas de poner pri­mero a los pobres y de cons­truir un país más justo ter­mi­nan cho­cando con deci­sio­nes que afec­tan pre­ci­sa­mente a quie­nes con­fia­ron en las ins­ti­tu­cio­nes.

Quizá por eso tan­tos mexi­ca­nos sien­ten desen­canto. No por­que se opon­gan a los cam­bios o a com­ba­tir los pri­vi­le­gios inde­bi­dos, sino por­que espe­ran que la jus­ti­cia sea ver­da­dera y no selec­tiva. Que se cas­ti­gue al corrupto, pero que se res­pete al honesto. Que se corri­jan los abu­sos, pero sin piso­tear dere­chos. Y que, alguna vez, la hones­ti­dad deje de ser solo un dis­curso y se con­vierta en una con­vic­ción autén­tica de quie­nes ejer­cen el poder. ¿No cree usted?.

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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