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En More­los se habla mucho de cul­tura, pero se hace poco por quie­nes ver­da­de­ra­mente la sos­tie­nen: los artis­tas. Se orga­ni­zan fes­ti­va­les, des­fi­les, ferias y even­tos que, si bien lle­nan pla­zas por unas horas, rara vez dejan una hue­lla pro­funda o un impulso real al desa­rro­llo cul­tu­ral del estado. La cul­tura no puede seguir enten­dién­dose como espec­tá­culo oca­sio­nal ni como orna­mento ins­ti­tu­cio­nal; debe asu­mirse como una polí­tica pública estra­té­gica que tenga en el cen­tro a sus crea­do­res.

El con­traste con esta­dos como Oaxaca es ine­vi­ta­ble. Ahí, la cul­tura no es sólo un esca­pa­rate turís­tico, sino una iden­ti­dad viva que se pro­mueve desde lo local hacia el mundo. Arte­sa­nos, pin­to­res, músi­cos y escri­to­res han encon­trado pla­ta­for­mas, apo­yos y mer­ca­dos que les per­mi­ten cre­cer sin aban­do­nar sus raí­ces. El resul­tado evi­dente es una pro­yec­ción inter­na­cio­nal cons­truida desde abajo, desde la auten­ti­ci­dad y el tra­bajo cons­tante.

En More­los, en cam­bio, el talento abunda pero carece de estruc­tura. Hay pin­to­res, escul­to­res, músi­cos, escri­to­res y ges­to­res cul­tu­ra­les con pro­pues­tas sóli­das, pero sin espa­cios per­ma­nen­tes donde exhi­bir su obra, sin redes de comer­cia­li­za­ción y, en muchos casos, sin res­paldo ins­ti­tu­cio­nal. El pro­blema no es la falta de talento, sino la ausen­cia de una polí­tica cul­tu­ral cohe­rente y sos­te­nida.

¿Qué se nece­sita enton­ces para cam­biar esta rea­li­dad?

Pri­mero: reco­no­cer que los artis­tas loca­les son el eje de cual­quier pro­yecto cul­tu­ral serio. No se trata de traer espec­tá­cu­los exter­nos para lle­nar agen­das, sino de inver­tir en quie­nes ya están pro­du­ciendo cul­tura en el estado. Esto implica crear pro­gra­mas de estí­mulo eco­nó­mico, becas, resi­den­cias y apo­yos direc­tos que per­mi­tan a los crea­do­res dedi­carse a su tra­bajo sin la cons­tante pre­ca­rie­dad que hoy enfren­tan.

Segundo: es fun­da­men­tal gene­rar espa­cios per­ma­nen­tes de exhi­bi­ción y difu­sión. More­los nece­sita gale­rías públi­cas acti­vas, cir­cui­tos cul­tu­ra­les bien orga­ni­za­dos, fes­ti­va­les con cura­du­ría sólida y, sobre todo, una agenda cul­tu­ral con­ti­nua que no dependa de fechas polí­ti­cas o inte­re­ses coyun­tu­ra­les. Los artis­tas requie­ren visi­bi­li­dad cons­tante, no apa­ri­cio­nes espo­rá­di­cas. Los museos more­len­ses exhi­ben obra de los cua­tes de los res­pon­sa­bles de la cul­tura, no de los artis­tas loca­les.

Ter­cero: la pro­fe­sio­na­li­za­ción del sec­tor es clave. Muchos artis­tas care­cen de herra­mien­tas para comer­cia­li­zar su obra, ges­tio­nar pro­yec­tos o acce­der a mer­ca­dos más amplios. El estado podría impul­sar pro­gra­mas de capa­ci­ta­ción en ges­tión cul­tu­ral, mar­ke­ting artís­tico y vin­cu­la­ción inter­na­cio­nal. No basta con crear, tam­bién hay que saber posi­cio­nar lo creado.

Cuarto: se debe fomen­tar el con­sumo cul­tu­ral local. La socie­dad more­lense tam­bién tiene la res­pon­sa­bi­li­dad de valo­rar y adqui­rir el tra­bajo de sus artis­tas. Mien­tras se siga pri­vi­le­giando lo externo por encima de lo pro­pio, será difí­cil cons­truir una iden­ti­dad cul­tu­ral sólida. Aquí, las cam­pa­ñas de sen­si­bi­li­za­ción y edu­ca­ción jue­gan un papel impor­tante.

Quinto: es urgente vin­cu­lar la cul­tura con el desa­rro­llo eco­nó­mico. La cul­tura no es un gasto, es una inver­sión. El turismo cul­tu­ral, bien arti­cu­lado, puede con­ver­tirse en un motor eco­nó­mico rele­vante para More­los. Pero, para ello, la oferta debe ser autén­tica, diversa y de cali­dad, no una simu­la­ción basada en even­tos ais­la­dos o en la repe­ti­ción de fór­mu­las des­gas­ta­das.

Tam­bién es nece­sa­rio com­ba­tir el cen­tra­lismo cul­tu­ral que muchas veces con­cen­tra recur­sos y deci­sio­nes en unos cuan­tos espa­cios o gru­pos. La cul­tura debe lle­gar a todos los muni­ci­pios, a todas las comu­ni­da­des, reco­no­ciendo la diver­si­dad que existe den­tro del pro­pio estado. More­los no es homo­gé­neo, y su riqueza cul­tu­ral radica pre­ci­sa­mente en esa plu­ra­li­dad.

Final­mente, se requiere volun­tad polí­tica. Sin ella, cual­quier diag­nós­tico queda en bue­nas inten­cio­nes. Apos­tar por la cul­tura implica enten­derla como un eje de desa­rro­llo social, edu­ca­tivo y eco­nó­mico. Implica escu­char a los artis­tas, incluir­los en la toma de deci­sio­nes y cons­truir junto a ellos una visión a largo plazo.

More­los tiene todo para con­ver­tirse en un refe­rente cul­tu­ral por su his­to­ria, iden­ti­dad, talento y cer­ca­nía con uno de los mer­ca­dos más impor­tan­tes del país. Lo que falta no es poten­cial, sino direc­ción. Mien­tras la cul­tura siga redu­cida a des­fi­les y tien­das sin con­te­nido pro­fundo, seguirá siendo un adorno y no una fuerza trans­for­ma­dora.

Impul­sar ver­da­de­ra­mente la cul­tura en More­los no es tarea sen­ci­lla, pero es urgente. Y comienza con la deci­sión clara de poner a los artis­tas loca­les en el cen­tro de la polí­tica cul­tu­ral. Todo lo demás ven­drá por aña­di­dura. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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