Vivencias Ciudadanas: El cuento del transporte

TEODORO LAVÍN LEÓN
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El trans­porte público en More­los se ha con­ver­tido desde hace años en uno de los prin­ci­pa­les dolo­res de cabeza para la ciu­da­da­nía. No se trata sola­mente de uni­da­des vie­jas, rutas desor­de­na­das o tari­fas exc esi­vas con un pesimo ser­vi­cio, que cons­tan­te­mente gene­ran polé­mica. El ver­da­dero pro­blema es más pro­fundo: la falta de sen­si­bi­li­dad, la ausen­cia de capa­ci­ta­ción de muchos ope­ra­do­res y una moder­ni­za­ción que gobierno tras gobierno se pro­mete, pero jamás ter­mina de ate­rri­zarse.

Hoy, nue­va­mente, las auto­ri­da­des anun­cian cam­bios, mejo­ras y acuer­dos con los con­ce­sio­na­rios, pero la duda ciu­da­dana es ine­vi­ta­ble: ¿de ver­dad ahora sí cum­pli­rán o sola­mente vol­vie­ron a “cha­ma­quear” al gobierno con pro­me­sas que ter­mi­na­rán lle­ván­dose el viento?.

La his­to­ria del trans­porte público en More­los es larga y com­pleja. Durante déca­das, las rutas cre­cie­ron sin pla­nea­ción. El aumento pobla­cio­nal de ciu­da­des como Cuer­na­vaca pro­vocó que miles de per­so­nas depen­die­ran dia­ria­mente de colec­ti­vos y auto­bu­ses, pero el cre­ci­miento del ser­vi­cio nunca estuvo acom­pa­ñado de una ver­da­dera regu­la­ción. Se otor­ga­ron con­ce­sio­nes, apa­re­cie­ron nue­vas rutas y poco a poco el sis­tema quedó atra­pado entre inte­re­ses polí­ti­cos, eco­nó­mi­cos y sin­di­ca­les.

Mien­tras en otros esta­dos del país comen­za­ron pro­ce­sos rea­les de moder­ni­za­ción con uni­da­des dig­nas, sis­te­mas elec­tró­ni­cos y capa­ci­ta­ción obli­ga­to­ria para ope­ra­do­res, en More­los el tiempo parece haberse dete­nido. Basta reco­rrer cual­quier ave­nida para encon­trar uni­da­des dete­rio­ra­das, cho­fe­res mane­jando a exceso de velo­ci­dad y usua­rios via­jando en con­di­cio­nes indig­nas. El trans­porte dejó de ser un ser­vi­cio público efi­ciente para con­ver­tirse, en muchos casos, en una lucha dia­ria por sobre­vi­vir.

Uno de los aspec­tos más indig­nan­tes es el trato hacia adul­tos mayo­res y estu­dian­tes. Todos los días pue­den obser­varse esce­nas lamen­ta­bles: cho­fe­res que no se detie­nen cuando ven a una per­sona de la ter­cera edad espe­rando la uni­dad; ope­ra­do­res que arran­can antes de que el pasa­jero pueda sen­tarse; estu­dian­tes que reci­ben malos modos cuando soli­ci­tan des­cuen­tos; per­so­nas con dis­ca­pa­ci­dad que sim­ple­mente no pue­den abor­dar por­que las uni­da­des no cuen­tan con con­di­cio­nes míni­mas de acce­si­bi­li­dad.

La pre­gunta es ine­vi­ta­ble: ¿se trata de ino­cen­cia, igno­ran­cia o sim­ple falta de huma­ni­dad? Por­que no puede enten­derse que quie­nes tra­ba­jan pres­tando un ser­vi­cio público olvi­den que trans­por­tan per­so­nas y no mer­can­cías. El pro­blema no es úni­ca­mente de edu­ca­ción vial; es tam­bién una cri­sis de valo­res y de auto­ri­dad. Durante años, nadie super­visó real­mente el com­por­ta­miento de los ope­ra­do­res. Las san­cio­nes prác­ti­ca­mente no exis­ten y cuando lle­gan sue­len ser míni­mas.

Ahora, nue­va­mente, se habla de moder­ni­za­ción. Nue­vas uni­da­des, mejo­res con­di­cio­nes y com­pro­mi­sos de capa­ci­ta­ción apa­re­cen en los dis­cur­sos ofi­cia­les.

Sin embargo, la ciu­da­da­nía escu­cha esas pro­me­sas con enorme escep­ti­cismo. Y no es para menos. Cada sexe­nio trae con­sigo el mismo dis­curso: trans­for­mar el trans­porte, dig­ni­fi­car el ser­vi­cio y aca­bar con el caos. Pero la rea­li­dad ter­mina siendo exac­ta­mente la misma.

Pare­ciera incluso que los con­ce­sio­na­rios han apren­dido a nego­ciar con los gobier­nos uti­li­zando siem­pre la misma estra­te­gia: pro­me­ter mejo­ras futu­ras a cam­bio de auto­ri­za­cio­nes pre­sen­tes. Se incre­men­tan tari­fas o se otor­gan faci­li­da­des admi­nis­tra­ti­vas bajo el argu­mento de que ven­drá una trans­for­ma­ción inte­gral que nunca ocu­rre. El ciu­da­dano paga más, pero sigue reci­biendo un ser­vi­cio defi­ciente.

Por ello, muchos con­si­de­ran que la lla­mada “espe­ranza ciu­da­dana” se ha con­ver­tido en una fala­cia. Las pro­me­sas se anun­cian cada vez, pero ter­mi­nan per­dién­dose entre inte­re­ses polí­ti­cos, falta de super­vi­sión y ausen­cia de volun­tad real para enfren­tar a gru­pos de poder que durante déca­das han con­tro­lado el trans­porte público en More­los.

La moder­ni­za­ción no puede limi­tarse a cam­biar algu­nas uni­da­des vie­jas por otras menos anti­guas. Moder­ni­zar implica capa­ci­ta­ción obli­ga­to­ria, con­tro­les estric­tos, super­vi­sión per­ma­nente y, sobre todo, res­peto al usua­rio. Sig­ni­fica enten­der que un adulto mayor merece tiempo y aten­ción para subir con segu­ri­dad; que un estu­diante nece­sita un trato digno; que las per­so­nas tie­nen dere­cho a via­jar sin miedo.

Tam­bién implica trans­pa­ren­cia. La ciu­da­da­nía tiene dere­cho a saber cuá­les fue­ron exac­ta­mente los com­pro­mi­sos asu­mi­dos por los con­ce­sio­na­rios y en qué pla­zos debe­rán cum­plirse. Por­que de lo con­tra­rio, todo vol­verá a que­dar en pala­bras.

More­los nece­sita un trans­porte público efi­ciente por­que el desa­rro­llo eco­nó­mico, la movi­li­dad y hasta la cali­dad de vida depen­den de ello. No puede aspi­rarse a una ciu­dad moderna mien­tras miles de per­so­nas pasan horas atra­pa­das en uni­da­des inse­gu­ras y mal ope­ra­das. El pro­blema ya no admite dis­cur­sos ni acuer­dos simu­la­dos.

La socie­dad more­lense está can­sada de escu­char pro­me­sas que desa­pa­re­cen con el tiempo. Hoy más que nunca se nece­sita auto­ri­dad, visión y fir­meza para trans­for­mar un sis­tema que durante años ha fun­cio­nado a medias. Por­que si las pro­me­sas se que­dan en el aire, enton­ces que­dará claro que no hubo moder­ni­za­ción, sino sim­ple­mente otro capí­tulo más de simu­la­ción polí­tica y de aban­dono ciu­da­dano. ¿ No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.