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El con­flicto de médi­cos, enfer­me­ras y tra­ba­ja­do­res de la salud ya no puede pre­sen­tarse como una incon­for­mi­dad ais­lada ni como un dife­rendo de nómina. Las pro­tes­tas se extien­den por el país y han lle­gado a More­los. Lo que está en juego es la capa­ci­dad de los hos­pi­ta­les para aten­der a la gente y la posi­bi­li­dad de que quie­nes tra­ba­jan en ellos lo hagan con con­di­cio­nes dig­nas y con los mate­ria­les indis­pen­sa­bles.

El 8 de octu­bre, per­so­nal del IMSS mar­chó en Cuer­na­vaca. Médi­cos, enfer­me­ras y tra­ba­ja­do­res recla­ma­ron mejo­res sala­rios, más per­so­nal y medi­ca­men­tos e insu­mos para cum­plir su labor. En la movi­li­za­ción nacio­nal del 13 de octu­bre se amplia­ron las deman­das y se suma­ron tra­ba­ja­do­res de dis­tin­tas áreas y dere­choha­bien­tes. Ya no se escu­chó sola­mente la exi­gen­cia de un aumento sala­rial, sino tam­bién la de con­tar con mate­rial, equipo y pre­su­puesto sufi­ciente para el sec­tor salud. La incon­for­mi­dad, lejos de apa­garse, crece.

En More­los, la pro­testa llega a una rea­li­dad que los pacien­tes cono­cen sin nece­si­dad de esta­dís­ti­cas. En el Hos­pi­tal Gene­ral Dr. José G. Parres, uno de los prin­ci­pa­les hos­pi­ta­les públi­cos de Cuer­na­vaca, hay oca­sio­nes en que falta alcohol, una sonda o una jeringa; fami­lias y pacien­tes ter­mi­nan com­prando por su cuenta lo que debe­ría estar dis­po­ni­ble para la aten­ción. Tam­bién hay caren­cias en clí­ni­cas y uni­da­des del sec­tor salud. No se puede exi­gir al per­so­nal que res­ponda como si tuviera todo a la mano cuando la admi­nis­tra­ción no garan­tiza ni lo básico.

Y el pro­blema no ter­mina en el sis­tema esta­tal. El Seguro Social de Cuer­na­vaca fue cons­truido hace déca­das para aten­der a una pobla­ción mucho menor. Sus ins­ta­la­cio­nes y ser­vi­cios ya enfren­tan satu­ra­ción, lar­gas espe­ras y esca­sez de insu­mos. En la mar­cha local, tra­ba­ja­do­res advir­tie­ron que fal­tan espe­cia­lis­tas y que algu­nas áreas no logran cubrirse por­que el per­so­nal se va. Si a una infraes­truc­tura reba­sada se le agre­gan más pacien­tes sin ampliar camas, con­tra­tar médi­cos y enfer­me­ras ni ase­gu­rar medi­ca­men­tos, la pro­mesa de ampliar el acceso puede con­ver­tirse en una nueva fila y una nueva frus­tra­ción. La pro­puesta de avan­zar hacia un ser­vi­cio uni­ver­sal exige expli­car quién finan­ciará esa aten­ción y con qué capa­ci­dad se pres­tará.

Por eso es reduc­cio­nista res­pon­der que todo se resuelve con un por­cen­taje de aumento o con una mesa sin­di­cal. El sala­rio importa, nadie puede pedir voca­ción como sus­ti­tuto de un ingreso justo. Pero tam­bién cuen­tan la carga de tra­bajo, las pla­zas vacan­tes, los tur­nos exte­nuan­tes, el equipo que no llega y el medi­ca­mento que el paciente debe bus­car en una far­ma­cia pri­vada. La pro­testa tiene una dimen­sión labo­ral y otra ciu­da­dana. Cuando falta una jeringa, el con­flicto deja de ser asunto interno de una ins­ti­tu­ción; la per­sona enferma paga el costo en dinero, en tiempo y a veces en salud.

La his­to­ria obliga a mirar con serie­dad este momento. Entre 1964 y 1965, durante el gobierno de Gus­tavo Díaz Ordaz, médi­cos resi­den­tes e inter­nos ini­cia­ron un movi­miento nacio­nal des­pués de que no reci­bie­ron su agui­naldo. Recla­ma­ban mejo­res con­di­cio­nes de tra­bajo, con­tra­tos y solu­cio­nes a los pro­ble­mas de los hos­pi­ta­les. Fue un con­flicto que el gobierno enfrentó con dureza y que dejó una marca en la vida pública. No es la misma coyun­tura ni deben con­fun­dirse sus cau­sas; sí hay una lec­ción que per­ma­nece: cuando quie­nes sos­tie­nen los ser­vi­cios públi­cos denun­cian que no pue­den tra­ba­jar en con­di­cio­nes ade­cua­das, desoír­los o des­ca­li­fi­car­los no hace desa­pa­re­cer el pro­blema.

Hoy, ade­más de sala­rios y dere­chos labo­ra­les, el reclamo pone sobre la mesa una pre­gunta ele­men­tal: ¿cómo se atiende a la pobla­ción si fal­tan medi­ca­men­tos, insu­mos y per­so­nal? Las auto­ri­da­des deben res­pon­der con datos veri­fi­ca­bles qué insu­mos esca­sean, cuánto tar­dan las com­pras, qué pla­zas están vacan­tes, cuán­tas rece­tas no se sur­ten y qué calen­da­rio existe para corre­girlo. Decir que hay abasto no basta si el paciente sale a com­prar una sonda o si el per­so­nal impro­visa para no sus­pen­der una aten­ción.

Tam­poco se puede per­mi­tir que la falta de orga­ni­za­ción se con­vierta en nego­cio para inter­me­dia­rios o pro­vee­do­res favo­re­ci­dos. Cada peso des­ti­nado a salud debe refle­jarse en mate­rial dis­po­ni­ble, equi­pos fun­cio­nando y tra­ba­ja­do­res sufi­cien­tes. Hace falta audi­to­ría, trans­pa­ren­cia y res­pon­sa­bles cuando las com­pras no lle­gan o los alma­ce­nes están vacíos. La auto­ri­dad debe sen­tarse con el per­so­nal y sus repre­sen­tan­tes, escu­char tam­bién a los pacien­tes y publi­car com­pro­mi­sos que pue­dan revi­sarse.

En un estado que enfrenta pro­ble­mas de segu­ri­dad y ser­vi­cios públi­cos, la salud no admite más dis­cur­sos de tem­po­rada. Si médi­cos y enfer­me­ras pro­tes­tan es por­que el can­san­cio y la caren­cia ya reba­sa­ron los pasi­llos hos­pi­ta­la­rios. Los fun­cio­na­rios no pue­den seguir admi­nis­trando la cri­sis con anun­cios. Deben demos­trar, hos­pi­tal por hos­pi­tal, que hay insu­mos, per­so­nal y aten­ción. Por­que cuando alguien llega enfermo y des­cu­bre que ni lo indis­pen­sa­ble está dis­po­ni­ble, el desor­den deja de ser una cifra y se con­vierte en angus­tia y des­con­fianza. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Teodoro Lavín León
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