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Vivencias Ciudadanas: La crisis universitaria exige diálogo, no provocaciones

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La Uni­ver­si­dad Autó­noma del Estado de More­los no está tomada. Es impor­tante comen­zar con esta pre­ci­sión por­que, en momen­tos de ten­sión, una ver­sión equi­vo­cada puede con­ver­tirse en el pre­texto para jus­ti­fi­car actos de fuerza, cri­mi­na­li­zar a los estu­dian­tes o hacer creer que den­tro de la ins­ti­tu­ción existe una situa­ción de ingo­ber­na­bi­li­dad que toda­vía no se ha pre­sen­tado.

Lo que sí existe es una cri­sis grave. Hay indig­na­ción, miedo, des­con­fianza y una comu­ni­dad uni­ver­si­ta­ria que exige res­pues­tas des­pués del ase­si­nato de Clau­dia Taco­ronte, estu­diante espa­ñola de inter­cam­bio. Su muerte se suma a otros casos que han las­ti­mado pro­fun­da­mente a la UAEM, los de Kim­berly Ramos, Karol Toledo y Miche­lle Itza­yana Fuen­tes. Cua­tro estu­dian­tes vin­cu­la­das con la ins­ti­tu­ción han sido ase­si­na­das en un periodo de ape­nas siete meses.

La movi­li­za­ción llegó al cen­tro de Cuer­na­vaca y los estu­dian­tes entra­ron al Zócalo para expre­sar su incon­for­mi­dad. Eso no sig­ni­fica que la uni­ver­si­dad haya sido tomada ni que todos los mani­fes­tan­tes estén bus­cando pro­vo­car vio­len­cia. Mar­char, pro­tes­tar y exi­gir jus­ti­cia son dere­chos. Las auto­ri­da­des deben garan­ti­zar que estas expre­sio­nes se desa­rro­llen de manera pací­fica, sin infil­tra­cio­nes, sin pro­vo­ca­do­res y sin con­fron­ta­cio­nes inne­ce­sa­rias.

Pero el pro­blema uni­ver­si­ta­rio ya rebasó los lími­tes del cam­pus. Tam­bién se con­vir­tió en una cri­sis polí­tica para el gobierno esta­tal, una prueba para la rec­to­ría y la gober­na­dora, así como un cues­tio­na­miento directo a la estra­te­gia de segu­ri­dad en More­los. El pro­blema no puede redu­cirse a la colo­ca­ción de cáma­ras, a incre­men­tar el número de vigi­lan­tes o a emi­tir comu­ni­ca­dos des­pués de cada tra­ge­dia. La vio­len­cia que pade­cen las uni­ver­si­ta­rias comienza muchas veces fuera de las ins­ta­la­cio­nes, durante sus tras­la­dos en el trans­porte público, en las calles y en los muni­ci­pios donde estu­dian o viven. Por eso las res­pon­sa­bi­li­da­des son com­par­ti­das, pero no pue­den diluirse.

La Fis­ca­lía debe inves­ti­gar y dete­ner a los res­pon­sa­bles; el gobierno esta­tal tiene que garan­ti­zar con­di­cio­nes de segu­ri­dad; los ayun­ta­mien­tos deben vigi­lar calles y espa­cios públi­cos, mien­tras que la uni­ver­si­dad está obli­gada a revi­sar sus pro­to­co­los, acom­pa­ñar a sus estu­dian­tes y man­te­ner una comu­ni­ca­ción clara con sus fami­lias y con las ins­ti­tu­cio­nes extran­je­ras que le con­fían a sus jóve­nes.

Tam­bién deberá acla­rarse dónde se encon­tra­ban las auto­ri­da­des durante los momen­tos más difí­ci­les de la movi­li­za­ción. Si estaba fuera de Cuer­na­vaca, ten­drá que expli­carse. En una cri­sis de esta mag­ni­tud, la pre­sen­cia de la máxima auto­ri­dad uni­ver­si­ta­ria no es un asunto secun­da­rio. La comu­ni­dad nece­sita con­duc­ción, diá­logo y una voz que asuma res­pon­sa­bi­li­da­des. No basta con dejar el pro­blema en manos de fun­cio­na­rios meno­res o res­pon­der mediante bole­ti­nes.

Igual­mente preo­cu­pante resulta la apa­ri­ción de gru­pos de comer­cian­tes del Nuevo Grupo Sin­di­cal, que decla­ran estar dis­pues­tos a impe­dir que los mani­fes­tan­tes ingre­sen o per­ma­nez­can en deter­mi­na­das zonas de la ciu­dad. ¿Qué tie­nen que hacer los comer­cian­tes enfren­tán­dose con estu­dian­tes? ¿Quién les otorgó fun­cio­nes de segu­ri­dad pública? ¿Por qué ten­drían que inter­ve­nir en una mar­cha uni­ver­si­ta­ria?

Si existe algún intento de uti­li­zar a una nueva orga­ni­za­ción sin­di­cal de comer­cian­tes, que son los ambu­lan­tes que lle­nan y afean el zocalo de Cuer­na­vaca, como muro de con­ten­ción frente a los uni­ver­si­ta­rios, esta­ría­mos ante una enorme irres­pon­sa­bi­li­dad. Los comer­cian­tes no son poli­cías ni gru­pos anti­mo­ti­nes. Su fun­ción no es dete­ner mani­fes­ta­cio­nes, cus­to­diar edi­fi­cios públi­cos ni con­fron­tar a quie­nes pro­tes­tan. Para pre­ser­var el orden exis­ten ins­ti­tu­cio­nes y cor­po­ra­cio­nes que deben actuar con apego a la ley y res­peto a los dere­chos huma­nos.

El gobierno tiene que des­lin­darse cla­ra­mente de cual­quier grupo que pre­tenda desem­pe­ñar esas fun­cio­nes. Per­mi­tir una con­fron­ta­ción entre estu­dian­tes y comer­cian­tes sería abrir la puerta a pro­vo­ca­cio­nes cuyas con­se­cuen­cias nadie podría con­tro­lar. Si hubiera lesio­na­dos o hechos vio­len­tos, des­pués todos tra­ta­rían de eva­dir su res­pon­sa­bi­li­dad. Los pro­pios diri­gen­tes de comer­cian­tes debe­rían enten­der el peli­gro. Pres­tarse a rea­li­zar tareas que corres­pon­den a la Poli­cía puede ter­mi­nar afec­tando a sus agre­mia­dos. Sus pro­ble­mas, deman­das y nego­cia­cio­nes con el gobierno son una cosa; el movi­miento uni­ver­si­ta­rio es otra. No deben mez­clarse.

La UAEM tam­poco puede cerrarse al diá­logo ni res­pon­der defen­si­va­mente ante cada crí­tica. La auto­no­mía uni­ver­si­ta­ria no sig­ni­fica ais­la­miento ni impu­ni­dad. Sig­ni­fica capa­ci­dad para gober­narse, pero tam­bién res­pon­sa­bi­li­dad para pro­te­ger a su comu­ni­dad, ren­dir cuen­tas y reco­no­cer erro­res.

Toda­vía hay opor­tu­ni­dad de impe­dir que el con­flicto crezca. Para ello se nece­sita ins­ta­lar una mesa pública y seria con repre­sen­tan­tes autén­ti­cos de los estu­dian­tes, auto­ri­da­des uni­ver­si­ta­rias, gobierno esta­tal, fis­ca­lía y orga­nis­mos de dere­chos huma­nos. No una reu­nión para tomarse foto­gra­fías, sino un espa­cio con com­pro­mi­sos, res­pon­sa­bles y fechas de cum­pli­miento.

La uni­ver­si­dad no está tomada, pero la indig­na­ción sí está cre­ciendo. Si las auto­ri­da­des con­fun­den una pro­testa legí­tima con una ame­naza polí­tica, o pre­ten­den con­te­nerla mediante gru­pos aje­nos, podrían trans­for­mar una exi­gen­cia de jus­ti­cia en un con­flicto mucho mayor.

Este no es momento de pro­vo­car, ocul­tar, ni impro­vi­sar. Es momento de escu­char, inves­ti­gar y actuar por­que la demanda estu­dian­til es ele­men­tal: quie­ren estu­diar y regre­sar con vida a sus hoga­res. Y nin­gún gobierno ni auto­ri­dad uni­ver­si­ta­ria debe­ría con­si­de­rar exce­siva seme­jante exi­gen­cia. ¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

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Sobre el autor

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Teodoro Lavín León
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