Vivencias Ciudadanas: La corrupción

VIVENCIAS CIUDADANAS 0205

La pala­bra “corrup­ción” se ha vuelto una moneda de uso coti­diano. Se lanza en dis­cur­sos polí­ti­cos, en deba­tes mediá­ti­cos y en con­ver­sa­cio­nes de café con una lige­reza que, lejos de acla­rar su sig­ni­fi­cado, lo diluye. Todos hablan de corrup­ción, pero pocos se detie­nen a defi­nirla con pre­ci­sión. Y en esa ambi­güe­dad, el tér­mino se vuelve herra­mienta: cada quien lo ajusta a su con­ve­nien­cia, lo estira o lo encoge según el adver­sa­rio al que quiera seña­lar. Por eso es indis­pen­sa­ble hacer un alto y pre­gun­tar­nos, con rigor, qué es real­mente la corrup­ción.

La corrup­ción no es sim­ple­mente una eti­queta moral ni un recurso retó­rico. Es, en esen­cia, el abuso del poder público o pri­vado para obte­ner un bene­fi­cio inde­bido. Esa defi­ni­ción, aun­que sen­ci­lla, con­tiene ele­men­tos clave: poder, abuso y bene­fi­cio inde­bido. Sin esos tres com­po­nen­tes, difí­cil­mente pode­mos hablar de corrup­ción en sen­tido estricto. No todo acto cues­tio­na­ble es corrup­ción, ni toda deci­sión impo­pu­lar o polé­mica entra en esa cate­go­ría.

En el poder. La corrup­ción implica que alguien tiene la capa­ci­dad de influir, deci­dir o actuar sobre recur­sos, nor­mas o per­so­nas. Puede tra­tarse de un fun­cio­na­rio público, pero tam­bién de un direc­tivo empre­sa­rial, un líder sin­di­cal o incluso un ciu­da­dano en una posi­ción estra­té­gica. Sin una cuota de poder, no hay mar­gen para corrom­per ni para corrom­perse.

Cuando hay abuso. No basta con tener poder; es nece­sa­rio uti­li­zarlo de manera des­viada. Aquí radica el cora­zón del pro­blema: cuando una atri­bu­ción legí­tima se emplea para fines dis­tin­tos a los que le die­ron ori­gen. Un ser­vi­dor público que asigna un con­trato no es corrupto por el sim­ple hecho de hacerlo; lo es cuando mani­pula el pro­ceso para favo­re­cer a alguien a cam­bio de un bene­fi­cio.

Cuando se busca el bene­fi­cio inde­bido. Este puede ser eco­nó­mico, polí­tico, per­so­nal o incluso sim­bó­lico. No siem­pre se trata de dinero en efec­tivo; puede ser una posi­ción, un favor, una ven­taja com­pe­ti­tiva o la pro­tec­ción frente a una san­ción. Lo rele­vante es que ese bene­fi­cio no corres­ponde a las reglas del juego esta­ble­ci­das y se obtiene a costa del inte­rés gene­ral o de la equi­dad.

A par­tir de esta defi­ni­ción, es impor­tante des­lin­dar la corrup­ción de otros fenó­me­nos que sue­len con­fun­dirse con ella. No toda ine­fi­cien­cia guber­na­men­tal es corrup­ción. Un pro­grama mal dise­ñado, una polí­tica pública fallida o una deci­sión erró­nea pue­den ser pro­ducto de inca­pa­ci­dad, impro­vi­sa­ción o falta de infor­ma­ción, pero no nece­sa­ria­mente de corrup­ción. Con­fun­dir ambos con­cep­tos no solo es impre­ciso, sino que impide ata­car cada pro­blema con las herra­mien­tas ade­cua­das.

Tam­poco toda adap­ta­ción nor­ma­tiva o polí­tica es, por sí misma, corrup­ción. Los gobier­nos y los par­ti­dos polí­ti­cos, en con­tex­tos demo­crá­ti­cos, ajus­tan leyes, regla­men­tos y estra­te­gias para res­pon­der a nue­vas rea­li­da­des o para impul­sar sus agen­das. Esos cam­bios pue­den ser dis­cu­ti­bles, incluso cri­ti­ca­bles, pero no auto­má­ti­ca­mente corrup­tos. Se con­vier­ten en corrup­ción cuando esas modi­fi­ca­cio­nes se hacen para bene­fi­ciar inde­bi­da­mente a un grupo espe­cí­fico en detri­mento del inte­rés público, y cuando median inter­cam­bios opa­cos o ile­ga­les.

El uso indis­cri­mi­nado del tér­mino “corrup­ción” tiene con­se­cuen­cias gra­ves. Por un lado, bana­liza el pro­blema: si todo es corrup­ción, nada lo es real­mente. Por otro, genera des­con­fianza gene­ra­li­zada en las ins­ti­tu­cio­nes, lo que ero­siona la legi­ti­mi­dad del Estado y difi­culta la cons­truc­ción de acuer­dos. Ade­más, per­mite que los ver­da­de­ros actos de corrup­ción se dilu­yan en un mar de acu­sa­cio­nes sin sus­tento.

Ser cla­ros en la defi­ni­ción tam­bién implica reco­no­cer que la corrup­ción no es exclu­siva de un par­tido, de un gobierno o de una ideo­lo­gía. Es un fenó­meno trans­ver­sal que puede apa­re­cer en cual­quier espa­cio donde exista poder y opor­tu­ni­dad. Pen­sar que la corrup­ción es patri­mo­nio exclu­sivo del adver­sa­rio es, ade­más de inge­nuo, peli­groso, por­que inhibe la auto­crí­tica y favo­rece la impu­ni­dad den­tro de los pro­pios gru­pos.

Otro punto fun­da­men­tal es enten­der que la corrup­ción no siem­pre es un acto ais­lado. Muchas veces forma parte de redes com­ple­jas donde par­ti­ci­pan múl­ti­ples acto­res: fun­cio­na­rios, empre­sa­rios, inter­me­dia­rios y hasta ciu­da­da­nos que, de manera cons­ciente o no, se bene­fi­cian del sis­tema. Com­ba­tirla, por tanto, requiere algo más que dis­cur­sos; exige ins­ti­tu­cio­nes sóli­das, reglas cla­ras, trans­pa­ren­cia efec­tiva y una cul­tura de lega­li­dad que vaya más allá del papel.

En este con­texto, la pre­ci­sión con­cep­tual no es un lujo aca­dé­mico, sino una nece­si­dad prác­tica. Solo si sabe­mos exac­ta­mente qué es la corrup­ción pode­mos iden­ti­fi­carla, medirla y san­cio­narla. Solo así pode­mos dis­tin­guir entre lo que es un delito y lo que es una falla admi­nis­tra­tiva, entre lo que ame­rita cas­tigo penal.

La corrup­ción, enton­ces, no es un eslo­gan ni un arma polí­tica. Es un fenó­meno con­creto que debe ser nom­brado con exac­ti­tud: abuso de poder para obte­ner un bene­fi­cio inde­bido. Todo lo demás las inter­pre­ta­cio­nes inte­re­sa­das, las acu­sa­cio­nes sin sus­tento, las gene­ra­li­za­cio­nes con­tri­buye más a la con­fu­sión que a la solu­ción.

En un país donde el tér­mino se ha des­gas­tado por el uso exce­sivo y muchas veces irres­pon­sa­ble, recu­pe­rar su sig­ni­fi­cado es el pri­mer paso para enfren­tar el pro­blema con serie­dad. Por­que mien­tras la corrup­ción siga siendo una pala­bra mol­dea­ble al gusto de quien la pro­nun­cia, seguirá siendo tam­bién un pro­blema difí­cil de erra­di­car.¿No cree usted?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.