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Lo ocu­rrido recien­te­mente en la Uni­ver­si­dad Autó­noma del Estado de More­los (UAEM), par­ti­cu­lar­mente en la Facul­tad de Dere­cho del cam­pus Cha­milpa, no puede ni debe enten­derse como un hecho ais­lado. Es, más bien, la mani­fes­ta­ción más clara de una estra­te­gia que busca pro­lon­gar el con­flicto uni­ver­si­ta­rio a toda costa, incluso recu­rriendo a la vio­len­cia, la inti­mi­da­ción y la des­truc­ción.

Resulta ina­cep­ta­ble que un grupo de enca­pu­cha­dos haya irrum­pido en las ins­ta­la­cio­nes uni­ver­si­ta­rias, des­tru­yendo bie­nes mate­ria­les, vio­len­tando espa­cios aca­dé­mi­cos y, peor aún, aten­tando con­tra la inte­gri­dad del pro­pio direc­tor. Este tipo de actos no sólo reba­san cual­quier legí­tima expre­sión estu­dian­til, sino que se colo­can en el terreno de lo delic­tivo. No hay causa que jus­ti­fi­que la vio­len­cia ni argu­mento que legi­time el van­da­lismo.

Pero más allá de la indig­na­ción inme­diata, es nece­sa­rio pre­gun­tar­nos qué hay detrás de estos hechos. ¿A quién bene­fi­cia que el con­flicto uni­ver­si­ta­rio con­ti­núe esca­lando? ¿Quién pierde cuando se rompe el diá­logo y se impone la con­fron­ta­ción?

El con­texto es clave. Ape­nas unos días antes, el direc­tor de la Facul­tad de Dere­cho, (que si tra­baja en bene­fi­cio de los estu­dian­tes) sos­tuvo una reu­nión con estu­dian­tes. De acuerdo con los tes­ti­mo­nios, se trató de un encuen­tro en tér­mi­nos de res­peto, con dis­po­si­ción al diá­logo y con avan­ces impor­tan­tes hacia la cons­truc­ción de acuer­dos. No hubo con­fron­ta­ción, no hubo impo­si­ción; hubo, por el con­tra­rio, volun­tad de enten­di­miento.

Enton­ces, ¿por qué, des­pués de un ambiente de diá­logo, surge un acto de vio­len­cia de esta mag­ni­tud?

La res­puesta, aun­que incó­moda, parece evi­dente: hay inte­re­ses que no quie­ren que el con­flicto se resuelva. Hay acto­res —inter­nos y exter­nos— que han apos­tado desde el ini­cio por la con­fron­ta­ción, por el des­gaste ins­ti­tu­cio­nal y por la deses­ta­bi­li­za­ción de la vida uni­ver­si­ta­ria. Y cuando el diá­logo comienza a ren­dir fru­tos, cuando las par­tes se acer­can, cuando la posi­bi­li­dad de una solu­ción se vuelve real, enton­ces apa­re­cen estos hechos que bus­can rom­per ese avance.

Es lo que colo­quial­mente se conoce como “la mano que mece la cuna”. No son nece­sa­ria­mente los estu­dian­tes orga­ni­za­dos quie­nes pro­ta­go­ni­zan estos actos. De hecho, muchos de ellos han demos­trado madu­rez, com­pro­miso y una autén­tica preo­cu­pa­ción por su ins­ti­tu­ción. Por el con­tra­rio, los hechos apun­tan a gru­pos que ope­ran desde las som­bras, que uti­li­zan el ano­ni­mato de las capu­chas y que, en muchos casos, ni siquiera per­te­ne­cen a la comu­ni­dad uni­ver­si­ta­ria.

La des­truc­ción de equi­pos, el intento de borrar cali­fi­ca­cio­nes y la irrup­ción vio­lenta en ofi­ci­nas admi­nis­tra­ti­vas no son actos de pro­testa, son actos de sabo­taje que bus­can para­li­zar a la uni­ver­si­dad, gene­rar caos y difi­cul­tar cual­quier intento de nor­ma­li­za­ción aca­dé­mica. En otras pala­bras, bus­can impe­dir que la Uni­ver­si­dad Autó­noma del Estado de More­los recu­pere su esta­bi­li­dad.

Como docente, como inte­grante de esta comu­ni­dad, me resulta difí­cil acep­tar que se pre­tenda res­pon­sa­bi­li­zar a los estu­dian­tes de estos actos. Quie­nes con­vi­vi­mos dia­ria­mente con ellos sabe­mos que no corres­pon­den a su forma de actuar ni a sus valo­res. La gran mayo­ría de los alum­nos quiere estu­diar, quiere con­cluir el semes­tre, quiere recu­pe­rar la nor­ma­li­dad. No están inte­re­sa­dos en des­truir su pro­pia casa de estu­dios.

Por eso, insis­tir en que estos actos pro­vie­nen de la comu­ni­dad estu­dian­til no sólo es injusto, sino que des­vía la aten­ción de lo ver­da­de­ra­mente impor­tante, que es iden­ti­fi­car a los ver­da­de­ros res­pon­sa­bles. Por­que sí, hay res­pon­sa­bles. Y no se trata de figu­ras abs­trac­tas, sino de per­so­nas con­cre­tas que han deci­dido apos­tar por el con­flicto per­ma­nente.

Es momento de decir con cla­ri­dad que se debe desen­mas­ca­rar a quie­nes están detrás de estas accio­nes, lite­ral y figu­ra­da­mente. Las capu­chas no pue­den seguir siendo un escudo para la impu­ni­dad. La uni­ver­si­dad no debe con­ver­tirse en terreno fér­til para gru­pos que ope­ran con inte­re­ses aje­nos a la edu­ca­ción y al bie­nes­tar de la comu­ni­dad.

Tam­bién es momento de que las auto­ri­da­des, tanto uni­ver­si­ta­rias como exter­nas, actúen con fir­meza. No basta con con­de­nar los hechos, es nece­sa­rio inves­ti­gar­los a fondo, des­lin­dar res­pon­sa­bi­li­da­des y garan­ti­zar que no se repi­tan. La auto­no­mía uni­ver­si­ta­ria no puede ser sinó­nimo de per­mi­si­vi­dad frente a la vio­len­cia.

Final­mente, no debe­mos per­der de vista lo esen­cial: la uni­ver­si­dad es un espa­cio de for­ma­ción, de pen­sa­miento crí­tico y de cons­truc­ción colec­tiva. Per­mi­tir que la vio­len­cia se imponga es trai­cio­nar su esen­cia. Por el con­tra­rio, apos­tar por el diá­logo, por la lega­li­dad y por el res­peto es la única vía para supe­rar este momento.

Lo ocu­rrido en la Facul­tad de Dere­cho no sola­mente es lamen­ta­ble, es una adver­ten­cia. Una adver­ten­cia de lo que puede suce­der cuando se per­mite que inte­re­ses aje­nos con­ta­mi­nen la vida uni­ver­si­ta­ria. Pero tam­bién es la opor­tu­ni­dad de cerrar filas, de defen­der a la ins­ti­tu­ción y de dejar claro que la Uni­ver­si­dad Autó­noma del Estado de More­los no está dis­puesta a ser rehén de la vio­len­cia, por­que al final la pre­gunta no es sólo quién des­truyó ofi­ci­nas o equi­pos. La res­puesta nece­sa­ria es saber quién quiere des­truir a la uni­ver­si­dad. Y, más impor­tante aún, ¿vamos a per­mi­tirlo?

Las opi­nio­nes ver­ti­das en este espa­cio son exclu­siva res­pon­sa­bi­li­dad del autor y no repre­sen­tan, nece­sa­ria­mente, la polí­tica edi­to­rial de Grupo Dia­rio de More­los.

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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