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La reciente deten­ción de fun­cio­na­rios muni­ci­pa­les, pre­sun­ta­mente rela­cio­na­dos con la delin­cuen­cia orga­ni­zada, repre­senta una noti­cia que muchos ciu­da­da­nos espe­ra­ban desde hace años. Durante dema­siado tiempo en More­los se habló de com­pli­ci­da­des, de pro­tec­ción polí­tica y de auto­ri­da­des que pare­cían más cer­ca­nas a los gru­pos cri­mi­na­les que a la socie­dad. Por eso, cuando final­mente se actúa con­tra ser­vi­do­res públi­cos seña­la­dos por posi­bles nexos con el cri­men, la sen­sa­ción inme­diata es que al menos existe un intento por recu­pe­rar la auto­ri­dad per­dida.

Sin embargo, el pro­blema de la inse­gu­ri­dad no se resuelve sola­mente con deten­cio­nes espec­ta­cu­la­res ni con ope­ra­ti­vos que ocu­pan titu­la­res durante algu­nos días. La ver­da­dera dimen­sión del pro­blema apa­rece cuando el ciu­da­dano común nece­sita ayuda y des­cu­bre que las ins­ti­tu­cio­nes encar­ga­das de pro­te­gerlo actúan con indi­fe­ren­cia, len­ti­tud o incluso des­pre­cio hacia las víc­ti­mas.

Lo ocu­rrido recien­te­mente en Temixco es una mues­tra alar­mante de ello. Un repor­tero depor­tivo de una impor­tante cadena nacio­nal fue víc­tima de un asalto junto con su fami­lia. Tres suje­tos lo ame­na­za­ron y lo des­po­ja­ron de sus per­te­nen­cias frente a sus seres que­ri­dos. La escena por sí sola resulta sufi­cien­te­mente trau­má­tica. Nadie puede ima­gi­nar la impo­ten­cia de ver ame­na­zada a su fami­lia por delin­cuen­tes arma­dos mien­tras la vio­len­cia se con­vierte en parte de la vida coti­diana.

La moles­tia del perio­dista no se con­cen­tró úni­ca­mente en los delin­cuen­tes que come­tie­ron el atraco sino en la actua­ción de las auto­ri­da­des, quie­nes, según su denun­cia, mos­tra­ron una acti­tud fría, buro­crá­tica y dis­tante frente a una víc­tima que bus­caba res­paldo ins­ti­tu­cio­nal.

Y ahí es donde apa­rece el ver­da­dero tamaño del pro­blema que enfrenta el país. La delin­cuen­cia las­tima a los ciu­da­da­nos, pero muchas veces la indi­fe­ren­cia ofi­cial ter­mina des­tru­yendo por com­pleto la poca con­fianza que toda­vía existe en las ins­ti­tu­cio­nes. Cuando una per­sona asal­tada siente que las auto­ri­da­des la tra­tan como una moles­tia, y no como una víc­tima, el men­saje que recibe la socie­dad es devas­ta­dor.

La inse­gu­ri­dad no sola­mente se mide por el número de deli­tos come­ti­dos, tam­bién se mide por la capa­ci­dad de las auto­ri­da­des para res­pon­der con efi­ca­cia y sen­si­bi­li­dad. Un gobierno puede anun­ciar cien­tos de ope­ra­ti­vos, miles de patru­lla­jes y deten­cio­nes impor­tan­tes, pero si el ciu­da­dano sigue sin­tién­dose aban­do­nado al momento de denun­ciar, enton­ces el pro­blema con­ti­núa intacto.

Lo ocu­rrido adquiere toda­vía mayor rele­van­cia por­que sucede en un momento en que México se pre­para para reci­bir nue­va­mente la aten­ción mun­dial con la pró­xima Copa del Mundo. Miles de visi­tan­tes extran­je­ros lle­ga­rán al país espe­rando encon­trar segu­ri­dad, orga­ni­za­ción y con­di­cio­nes ade­cua­das para dis­fru­tar un evento inter­na­cio­nal de enorme mag­ni­tud. Sin embargo, epi­so­dios como éste pro­vo­can ine­vi­ta­ble­mente una pre­gunta incó­moda: ¿de ver­dad esta­mos pre­pa­ra­dos para reci­bir al mundo?; por­que no se trata sola­mente de esta­dios moder­nos, carre­te­ras o cam­pa­ñas turís­ti­cas. La ima­gen de un país tam­bién se cons­truye a par­tir de la manera en que fun­cio­nan sus ins­ti­tu­cio­nes de segu­ri­dad y jus­ti­cia. Y si un perio­dista cono­cido nacio­nal­mente denun­cia mal­trato ins­ti­tu­cio­nal tras sufrir un asalto, cual­quiera puede ima­gi­nar lo que vive dia­ria­mente un ciu­da­dano común que no tiene cáma­ras, micró­fo­nos ni espa­cios de difu­sión para hacer visi­ble su caso.

La cri­sis de con­fianza hacia las auto­ri­da­des no nació de un día para otro. La ciu­da­da­nía ter­mina apren­diendo que denun­ciar rara vez sirve de algo, y que muchas veces el trá­mite repre­senta más des­gaste emo­cio­nal que espe­ranza de jus­ti­cia.

Por eso, las recien­tes deten­cio­nes de fun­cio­na­rios muni­ci­pa­les deben verse úni­ca­mente como un pri­mer paso y no como una solu­ción defi­ni­tiva. El com­bate a la delin­cuen­cia requiere lim­piar ins­ti­tu­cio­nes, pero tam­bién trans­for­mar la aten­ción a las víc­ti­mas y recu­pe­rar el sen­tido de ser­vi­cio público que parece haberse per­dido en muchas ofi­ci­nas guber­na­men­ta­les.

Hoy, More­los enfrenta un enorme desa­fío. La socie­dad quiere resul­ta­dos, pero tam­bién quiere res­peto, quiere auto­ri­da­des fir­mes con­tra el cri­men, pero en la misma medida sen­si­bles con quie­nes pade­cen la vio­len­cia por­que, al final, la con­fianza ciu­da­dana no se recu­pera con dis­cur­sos ni con foto­gra­fías de ope­ra­ti­vos, se recu­pe­rará sólo cuando la víc­tima sienta que el gobierno real­mente está de su lado, y no cuando sale de una ofi­cina guber­na­men­tal con la sen­sa­ción de haber sido aban­do­nada a su suerte. ¿No cree usted?

Sobre el autor

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TEODORO LAVÍN LEÓN
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