La política vive de la percepción tanto como de los hechos. Y cuando un gobierno decide adelantar la confrontación electoral, debe medir con cuidado las consecuencias de una estrategia que, lejos de fortalecerlo, puede terminar debilitándolo.
En las últimas semanas, ha llamado la atención el constante golpeteo político dirigido contra Daniel Martínez Terrazas. Las redes sociales, particularmente Facebook, se han convertido en el escenario de una campaña permanente de descalificaciones impulsada desde perfiles sin identidad clara, muchos de ellos con todas las características de cuentas automatizadas o creadas exclusivamente para atacar. Independientemente de quién las financie, el fenómeno refleja que la contienda por la capital morelense ya comenzó, aunque oficialmente falten todavía muchos meses para las campañas.
Sin embargo, existe una pregunta que vale la pena plantear: ¿realmente le conviene al grupo gobernante convertir a Cuernavaca en el principal campo de batalla?
La respuesta no parece tan sencilla. Cuernavaca representa mucho más que la capital del estado. Históricamente, ha sido el principal escaparate político de Morelos. Quien gobierna la ciudad adquiere una plataforma privilegiada para construir liderazgo, presencia mediática y estructura territorial. No es casualidad que varios gobernadores hayan pasado antes por la Presidencia Municipal o hayan encontrado ahí el impulso definitivo para sus carreras. Por eso, si el próximo Presidente Municipal no pertenece al grupo político que actualmente controla el gobierno estatal, inevitablemente surgirá un nuevo polo de poder. Y cuando aparecen dos centros de decisión con proyectos distintos, el equilibrio político cambia.
Mientras tanto, el desgaste natural del gobierno estatal continúa avanzando. A dos años del inicio de la administración, diversos sectores sociales manifiestan desencanto por la falta de resultados en temas fundamentales como seguridad, movilidad, infraestructura y desarrollo económico. A ello se suman conflictos internos que han complicado la relación con distintos grupos sociales. En ese contexto, abrir un frente adicional contra una figura de oposición podría terminar fortaleciendo precisamente a quien se pretende debilitar. En política, muchas veces el exceso de ataques convierte al adversario en víctima y termina dándole una notoriedad que difícilmente conseguiría por sí mismo.
Pero quizá el tema más delicado sea otro. La discusión sobre el futuro del sistema de pensiones de los trabajadores del estado ha comenzado a generar preocupación entre miles de jubilados y pensionados. Cualquier intento por modificar derechos ya adquiridos inevitablemente provoca incertidumbre y resistencia. No se trata únicamente de números presupuestales. Detrás de cada pensión existen décadas de trabajo y expectativas construidas bajo un marco legal vigente al momento del retiro. Cualquier reforma que sea percibida como una afectación directa tendrá un costo político considerable. En este escenario, Daniel Martínez Terrazas ha buscado acercarse a diversos grupos de extrabajadores y exfuncionarios estatales que expresan preocupación por los cambios planteados al sistema pensionario. Más allá de simpatías partidistas, el mensaje político resulta evidente: existe un sector organizado dispuesto a defender sus derechos. Y ese sector no es menor. Son miles de jubilados distribuidos prácticamente en todos los municipios de Morelos. Además de representar un número importante de votantes, mantienen vínculos familiares y sociales que multiplican su influencia electoral. Ignorar ese factor podría convertirse en un error de cálculo.
La historia política demuestra que muchas elecciones no se definen únicamente por las grandes obras o los discursos, sino por decisiones específicas que afectan directamente a determinados grupos sociales. Al mismo tiempo, el escenario opositor comienza a mostrar señales de reacomodo. El Partido Acción Nacional busca fortalecer su presencia en Cuernavaca. El Partido Revolucionario Institucional intenta conservar espacios de influencia, mientras que Movimiento Ciudadano podría convertirse en un actor decisivo dependiendo de las alianzas que logre construir.
Si alguno de esos partidos decide respaldar a un candidato con capacidad competitiva frente al oficialismo, el panorama electoral podría modificarse de manera importante. La suma de estructuras políticas, liderazgos locales y voto de inconformidad siempre representa una combinación digna de análisis.
Del lado de Morena tampoco parece existir un camino completamente despejado. Aunque diversos nombres circulan como posibles aspirantes para la alcaldía de Cuernavaca y otros cargos de elección, el liderazgo más visible continúa siendo el del senador, quien difícilmente cederá espacios políticos sin presentar resistencia. Esa competencia interna puede convertirse en una fortaleza si logra resolverse mediante acuerdos, pero también en un factor de división si prevalecen los intereses personales.
Las luchas internas han sido, históricamente, una de las principales causas de derrota para los partidos gobernantes. Cuando la disputa deja de ser contra la oposición y comienza entre los propios compañeros, los costos suelen reflejarse en las urnas. Por eso conviene recordar Waterloo como una de las metáforas políticas más conocidas de la historia. No siempre una gran derrota llega por la fuerza del adversario; muchas veces surge de una combinación de desgaste, exceso de confianza, errores estratégicos y decisiones equivocadas.
Morena aún conserva una estructura política importante en Morelos y mantiene presencia territorial significativa, pero ningún partido puede asumir que el respaldo ciudadano es permanente. La confianza se construye todos los días y también puede perderse gradualmente. Quizá por eso valga la pena preguntarse si la estrategia de confrontación permanente contra sus adversarios realmente fortalece al partido gobernante o, por el contrario, termina construyendo liderazgos opositores que mañana podrían disputarle el poder desde la principal plaza política del estado.
La respuesta, como siempre ocurre en democracia, no la darán las redes sociales ni las campañas de descalificación. La darán los ciudadanos cuando llegue el momento de acudir a las urnas. ¿No cree usted?
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