Seis sujetos abusaron de Tita, Eliza y su madre, Olga, tras un retén falso colocado en los límites de los estados de Puebla y Veracruz; pese al trauma que cambió su vida para siempre, dieron a luz a dos bebés.

Tita fue obligada a consumir cristal antes de que seis hombres comenzaran a abusar de ella. Bajo el efecto de la droga, la menor de edad vio cómo las mismas personas abusaban de Olga, su madre y de Eliza, su hermana.

Minutos antes, las tres fueron asaltadas en un retén falso colocado sobre la carretera libre Esperanza-Orizaba. La tarde de ese 2 de febrero entregarían todo: dinero, documentos y la camioneta en la que viajaban.

 

Eliza, de 19 años, y Tita, de 16, nunca imaginaron que su primera experiencia sexual sería una violación. “A ellas no, ellas son niñas”, pidió Olga a sus seis agresores, pero la súplica no fue escuchada.

Los minutos se volvieron horas de agonía. La noche cayó y fueron abandonadas. Mientras escurrían sudor y sangre, la madre de 38 años condujo a sus dos hijas hasta la orilla de la carretera.

Suplicaron ayuda, pero nadie se detenía. Quienes transitaban temían, quizá, vivir un infierno similar, producto de la violencia que azota la frontera de Puebla-Veracruz, controlada por Roberto de los Santos de Jesús, alias “El Bukanas”.

En la zona, los retenes falsos han sido instrumento de atraco y violencia para integrantes del cártel “Sangre Nueva Zeta”. Crímenes de alto impacto de suscitan a diario: robo de camiones, secuestros, asaltos y violaciones. 

Una lona improvisada, hombres con chalecos y armas de grueso calibre es lo que recuerdan de aquella tarde fatídica. Sospechan que fueron “cazadas” al bajar en una tienda de autoservicio en la ruta.

Horas más tarde, una pareja se detuvo y las trasladó desde El Seco en Puebla hasta Nogales, Veracruz. Todo esto lo cuenta el hijo mayor, Adrián, quien pide ocultar sus identidades por seguridad.

Hemorragias e infecciones derivaron de los golpes y la violación. Ese día, sabrían después, dos bebés fueron concebidos. Hoy cumplen mes y medio de vida. Tita, la menor, tuvo un niño y Olga, su madre, una niña.

“Tal vez sirva para prevenir a la demás población sobre lo que realmente está pasando en México”; dice Adrián, quién en el anonimato denuncia un crimen que jamás será investigado y que nunca formará parte de las estadísticas.

Cuatro meses les tomó vender todo lo que tenían en Nogales. La familia, con dos nuevos integrantes, se vio obligada a desplazarse; el miedo y la vergüenza las ha recluido en una modesta casa en otro estado que sostiene Adrián.

“Si pudiera, haría con mis propias manos que pagaran todo el daño que hicieron, sí un solo violador es una porquería, imagina lo que seis hombres pudieron hacerles”, dice con desprecio el joven de 26 años.

Con profundo temor, Adrián relata que no se han hecho pruebas para descartar si durante la violación fueron contagiadas de alguna enfermedad de transmisión sexual; ha intentado convencerlas sin éxito. 

Tita está confundida. Entre los estragos de la violación padece a diario sudoración excesiva, ansiedad y escalofríos. 

Eliza se dedica a los cuidados y alimentación de su sobrino y su hermana, que nacieron con apenas unos días de diferencia, Tita se niega a lactar al menor.

Olga usa pastillas para dormir que la mantienen inconsciente casi todo el tiempo. Evita hablar de lo sucedido y les impide a sus hijas hacerlo. “Está ahí, inerte, drogada”, dice su hijo mayor.

 

Para Adrián, la vida les fue arrebatada. “No sabrán de tener novio o casarse, todo el tiempo están enojadas o tristes. Todos los días me narran el asco que sienten”.

 

(Con información de La Silla Rota y e-consulta Veracruz)