El Brillo de la Heredad
Arturo Castillo Tristán
La luna que ahora veo
también la miró mi abuelo.
el mismo lienzo en el cielo
fue su nocturnal recreo.
Su misma vista poseo
en toda la inmensidad
brillante, que es vastedad
y recuerdo que se agita,
gira en la gracia infinita
el brillo de la heredad.
Las estrellas fulgurantes
son celestiales encuadres
que viajan con nuestros padres
en los sublimes instantes.
Son las prendas elegantes
que estampan la claridad.
donde la paternidad
un gran tesoro concentra,
al mostrarlo, ahí se encuentra
el brillo de la heredad.
El sol con sus resplandores
pinta el cuadro matinal,
en donde canta el turpial
y se retratan las flores.
Se vitalizan amores
en esta fertilidad
que agranda la propiedad
de ser planta consecuente,
porque trae nuestra simiente
el brillo de la heredad.
La tierra, el aire y el mar,
tienen antiguos baúles,
mapas y llaves azules
que están en todo lugar.
Son los tesoros sin par
de la gran fraternidad.
monedas de identidad.
rostros que nos da el barbecho,
los hijos traen en el pecho
el brillo de la heredad.
Añoranzas
Argelio Torres García
Estoy en la lejanía
de mi terruño oriental
fingiendo una Capital
que yo sé bien que no es mía.
Parece que todavía
no he salido de Bayamo,
pues cuando voy tramo a tramo
recorriendo esta ciudad,
añoro la soledad
comunitaria de Guamo.
A veces bajando Infanta
o subiendo veintitrés,
La Habana bajo mis pies
lo mismo llora que canta.
Miro al mar y se me espanta
el corazón de tristeza
y cuando el aire bosteza
cargado de espuma y sal,
me abraza la catedral
de mi ausencia bayamesa.
Busco en Playa la belleza
o circundo a Marianao,
no así como en el Cacao
por donde la Sierra empieza.
Allá la naturaleza
es libre como el totí,
pero solamente aquí
alucinante y mohíno,
sólo me conmueve el trino
silvestre de un colibrí.
Cuando me cuenta la brisa
la fugaz delincuencia
de olor a lluvia, la ausencia
me traspasa la camisa.
Por el puente de La Lisa
veo las tardes correr,
mientras añoro volver
a mis cafetos y cañas,
donde se abren las montañas
como libros sin leer.
En ocasiones me arrimo
a los campos del Cotorro,
donde por momento borro
estos recuerdos que gimo.
En silencio me reanimo
pensando que estoy allá
en los montes de Guamá,
pero cuando me doy cuenta,
la nostalgia me atormenta,
¡me conformo un poco y ya!
Las calles de Centro Habana
no invitan a caminar,
si ya es lo mismo que andar
por la dimensión serrana.
No es lo mismo una campana
que el canto de un gallo fino,
el despertar citadino
es de cemento y herrumbre,
muy distinto a la costumbre
ancestral del campesino.
Las calzadas de Guanabo
no son como las calzadas,
ariscas y enamoradas
que conducen a Manicabo.
Aquellas tierras que alabo
tienen otra contextura,
no como la arquitectura
de la ciudad habanera,
pero es que mi cordillera
brinda otra temperatura.
A veces Guanabacoa
me acentúa las señales,
fingiendo las catedrales
antiguas de Baracoa.
Sueño las aguas del Toa
mirando al Ariguanabo
y le ardo de punta a cabo
las sendas a Bejucal,
bajo el embrujo de sal
que me dio el Guacanayabo.
Así transcurren mis horas
por el Cerro o San Miguel,
pero nada como aquel
monte de fiestas canoras.
Sin mis aves trinadoras
siento a la ciudad vacía
y por la vocinglería
arisca de los gorriones,
se convierten los balcones
en una cámara fría.
Por plazas se me desplaza
la mirada transitoria,
conversando con la historia
y los archivos de plaza.
Pero todo se me aplaza
para un segundo momento,
porque no hay un argumento
que mis recuerdos no marque
como cuando vuelvo al parque
de mi ciudad monumento.
Por Santiago de las Vegas
se ven pasar los aviones,
como si fueran pichones
de águilas mudas y ciegas.
Las cañadas son colegas
de los arroyos de Arroyo
y comparando a un pimpollo
Guajiro, La Santa Iglesia,
hay como una sinestesia
de lo culto a lo criollo.
Este es el viaje mental
que diariamente realizo,
porque me siento un postizo
hijo de la capital.
Como ley espiritual
nadie de silencio muere
y aunque La Habana transfiere
por el lujo la esplendencia,
no voy a transferir nunca
un Compay por un acre.
TE DOY GRACIAS MI SEÑOR
Arturo Castillo Tristán
Por los gloriosos abuelos,
por la unión de nuestros padres,
por esos finos encuadres
donde mezclaron anhelos.
Por los claros riachuelos
que dan torrentes de amor
que en el hogar son la flor
en constante florecer,
por el hecho de nacer
te doy gracias mi Señor.
Por darme la claridad
que se vierte en mis sentidos,
los que son correspondidos
con toda fidelidad.
Por la generosidad,
circundante resplandor
que se mueve alrededor
del ser que besa y arrulla,
por esa bendición tuya
te doy gracias mi Señor.
Por nuestro diario sustento,
pan, calidez hogareña,
por tu palabra que enseña
de la vida el fundamento.
Por el agua, por el viento,
por el frío y el calor,
por el inmenso verdor
que admiramos cada día,
por darnos tanta alegría
te doy gracias mi Señor.
Por la luz del sol radiante
por la noche y las estrellas
que son celestiales huellas
en tu divino semblante.
Por la fe siempre constante
que rebosa con fervor,
por ser eterno dador
del gozo de nuestros hijos,
por todos los regocijos
te doy gracias mi Señor.
A mi abuela
Para: Quintana Olmos Partida
Alejandro Illescas Cajica
Hermosa descendiente gu-chupina, nativa de la gran colonia extranjera. Mi abuela una gran mujer, educada como una dama y valiente como una guerrera.
Se enamoró de mi abuelo en su juventud, allá por los tiempos revolucionarios. Sentados en una banca platicaban en presencia de Doña Rufina junto a los campanarios. Dejó atrás la riqueza de su madre, cabalgó por otros rumbos al lado de mi abuelo. Le gustaron la región montañosa de Veracruz a vivir su amor, a sembrar raíces en este suelo.
Ella me contaba muchas historias de cómo su madre las escondía de la "bola" o los soldados que robaban las reservas de la hacienda y que en ese tiempo había por los caminos muchos "colgados".
De cómo conoció al abuelo cuando ella con su sirvienta hurtaban los frutos de su huerto. Don Miguel estaba muy atento y pronto se vieron en descubierto. El reprimió muy molesto que no se robaran su fruta y entre improperios maldijo. Mi abuela sólo le respondió que también se robaría a su hijo.
Tantas y tantas historias cada tarde me contaba, también me hablaba sobre las almas en pena, me asustaba con demonios que salían de la tierra jalando una cadena.
Me llenaba de consejos, me inculcaba el respeto a las mujeres, a ella le debo el amor a esos tan bellos seres.
No recuerdo haberla visto sentada, siempre estaba haciendo algo en su casa, haciendo comida, barriendo su patio, alimentando sus gallinas. tenía de muchos colores, a veces tenía pavos, también tenía un perro y un par de felinas.
Le gustaba hacer guayabas de calabaza en dulce, preparación, mole, frijoles con tlape, chile seco y chicharrón, gorditas por las mañanas, también un rico pilmole, café con leche bronca, chocolate en molinillo; de piña con masa era el atole.
No acabaría de contar tantas anécdotas con mi abuela, tantos momentos dichosos. Está de más decir que yo era su consentido, aunque todos sus nietos se ponían celosos.
Abuelo
Asomándome en tu historia
adivino mi fortuna
miro soles, miro lunas
y un guardián de la memoria.
Miro un ángel a mi lado
que me sonríe muy feliz
y una fragancia de anís
que viaja por mi pasado.
Susurros, evocaciones,
de dramas en las estrellas
o el trazo de la epopeya
que forma constelaciones.
Por las canciones de cuna
o el jarabe de achicoria
bendigo tu hermosa historia
y el sino de mi fortuna.
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