Verde Limón: El viajero peinado

El viajero
El viajero

A veces cuesta. Le das vueltas y no encuentras el sitio para rasgar el sobrecito de edulcorante para el café con leche. La verdad es que sabes lo que hay dentro, pero no siempre ocurre así. La gente va y viene por la plaza del Ayuntamiento y solo ves gente yendo y viniendo; no ves más allá. Son como sobres cerrados. Todavía no sabes mirar. En tu ilusión crees que ya sabes indagar en las cosas pequeñas y descubrir en ellas dónde se agazapa el reflejo nítido de las grandes; pero, en el camino, te has olvidado de aprender a mirar a la gente para que deje de parecerte eso, gente, y empieces a ver personas en cada una de las cuales descubrir la esencia de la humanidad entera.

Mientras remueves el café, ya edulcorado, reconoces una figura cruzando la plaza y piensas que ha vuelto; pero te fijas y no es el mismo de otras ocasiones.

Es un viejo con paso corto y vacilante, el mismo paso que ya has visto en otros viejos; un viejo con un aspecto que también has visto en otros viejos. Va aseado, muy aseado, y avanza a pasitos cortos. Tiene la piel muy blanca y lampiña, como si la energía del cuerpo hubiera dejado a un lado lo ornamental, dedicada a sostener el hilo básico de la vida. El pelo, escaso y casi blanco, está peinado y repeinado, pegado al cráneo, con un aspecto limpio, aséptico, ordenado. Calza sandalias sobre calcetines blancos muy estirados, sobre unas canillas pálidas y delgadas.

Lleva la camisa por fuera, como despreocupado, y unos pantalones cortos apenas por encima de la rodilla. Va ligeramente encorvado, vigilando sus propios pasos, mientras sus ojos de color claro crepuscular otean no se sabe si con asombro o con temor.

—Mujer, déjelo ir solo; no lo haga más inválido, más dependiente de lo que es.

Al médico, joven y que sonríe no se sabe por qué, todo le parece sencillo y fácil.

—Ya, pero es que...

—Ni pero ni pera —le interrumpe el médico—, no le hacemos ningún favor cortándole las alas.

Ella mira al doctor con un trasfondo de resentimiento. ¿Por qué nadie entiende lo que ella llega a sufrir al verlo salir a la calle tan indefenso? «¿Mi dolor no cuenta?», tiene ganas de espetarle al médico, pero se lo calla.

Le ha limpiado las tiras de las sandalias con su mejor crema. Los calcetines son nuevos y, con las tijeritas de costura que conserva desde hace más de sesenta años, le ha cortado con cuidado un par de gomas del elástico.

Todo le aprieta, piensa; siempre ha tenido la piel muy sensible. Los pantalones cortos están tan planchados que crujen como barquillos, y la camisa parece de estreno por lo impecable, aunque el corte del cuello revela que tiene ya unos años. Finalmente, con mucha ternura, le ha repeinado el pelo mientras recuerda que nunca ha sabido hacerse la raya en su sitio. Le ha dado el visto bueno y ha cerrado la puerta a sus espaldas muy, muy despacio, aprovechando hasta la última rendija para seguir mirándolo. ¿Qué más podría hacer?, se pregunta, mordiéndose los labios.

La crema en las sandalias, el recorte de las gomas con las tijeritas, el planchado y replanchado cuidadoso. El repaso final con el peine. La angustia al cerrar la puerta para abrir una espera de si volverá él o si lo traerán. De golpe, aciertas a rasgar el sobre y te das cuenta de que todo eso que ves en el viejo vacilante es, en realidad, la cara oculta del amor.

De un amor tremendo. De que el viejo repeinado de pasitos cortos lleva consigo una carga impresionante de amor. Como amor es lo que brilla en la pareja de chicas quinceañeras que, cogidas de la mano y sonriendo en la flor de su lozanía, caminan delante del viejo aseado que va a pasitos torpes por la Calle Mayor.

Apurando el café te das cuenta de lo magnífico que sería saber mirar a la gente hasta llegar a ver la persona que lleva dentro; encontrar el modo de rasgar cualquier sobre.


Flora y fauna cuba­nas

 

Canta el ave en la sil­ves­tre ala­meda de los mon­tes, y el trino de los sin­son­tes llena el Tea­tro cam­pes­tre. Tras­pasa el relin­cho ecues­tre la dimen­sión de los lla­nos y los árbo­les ancia­nos aplau­den los movi­mien­tos, de las llu­vias y los vien­tos como si tuvie­ran manos.

El río baja ligero cuando la nube lo empuja, lo desor­dena y lo estruja el ner­vio del agua­cero. En la palma el car­pin­tero imita a una tum­ba­dora y el gallo que le incor­pora su voz al ama­ne­cer, can­tando intenta rom­per a pico­ta­zos la aurora.

Cuando atra­viesa el ladrido de un perro, la leja­nía, el susto de la jutía es un tem­blor repe­tido. El ave que pierde el nido sin tener lágri­mas llora y el pez arisco se azora cuando el gar­fio de un anzuelo lo saca del arro­yuelo y la muerte lo devora.

Fére­tro de cris­tal

 

Bajo una carga de penas hay quien llega a un bar y bebe, por­que a un recuerdo le debe penas que no son aje­nas; son penas suyas que lle­nas de nos­tal­gia y pade­cer, lo con­lle­van a beber, mas, cuando el licor lo insulsa, abre la boca y expulsa la foto de una mujer.

Así lo he visto lle­gar al mos­tra­dor a pedir un trago y al inge­rir el trago, echarse a llo­rar. Cuando le han ido a cobrar el trago que ha con­su­mido, en vez de pagar, se ha ido ebrio de llanto y licor, dejando en el mos­tra­dor las lágri­mas que ha ver­tido.

El depen­diente al lim­piar las lágri­mas del cliente, palpa la copa y pre­siente que la copa va a esta­llar. la copa lo hace pen­sar en un pozo claro y hondo y observa el vidrio redondo como si la copa fuera un fére­tro que tuviera a un hom­bre vivo en el fondo.

Ins­truc­cio­nes para soñar

 

Para el viaje de los sue­ños no importa ser apren­diz, relá­jese, sea feliz, y olvide que tiene dueño; deje que fluya el diseño y se aco­mode el color, mez­cle la luz con furor, vea el uni­verso vibrar... y por si busca crear lleve pin­ce­les de amor.

Abrace la omni­po­ten­cia que da mila­gros al mundo, dis­frute cada segundo con un furor de ino­cen­cia; regá­lese tras­cen­den­cia para soñar uto­pías, haga un mural de san­días entre los lien­zos del cielo y lleve su pro­pio anhelo a un libro de Ale­jan­dría.

Deje volar el ins­tinto entre el her­moso relato: cons­te­la­cio­nes de gatos, ciu­da­des y labe­rin­tos; un mundo como recinto de paz y buena for­tuna, un ángel en cada cuna como amo­roso vigía... ¡sienta la luz que es poe­sía cual reba­na­das de luna!