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Verde Limón: La otra riqueza

jlimon

La otra riqueza

JESÚS LAZCANO SAMPIERI
Cartelista

En el rancho no éramos ni cien. No había luz que venciera la oscuridad de la noche, ni agua que llegara sola a la casa. Crecíamos de casi todo lo que hoy se considera indispensable.

Nos alumbrábamos con candiles de petróleo o diésel y con lámparas de mano que traigan tres pilas enormes. Bebíamos agua fresca sacada del pozo. Nos movíamos a lomo de mula, en bicicleta o, si la suerte nos acompañaba, aceptando el “ray” de alguna camioneta.

Éramos muy pobres, y sin embargo, todo lo esencial estaba ahí.

Estaba mi madre, mis hermanos, mis primos, mis tíos y algunos vecinos que siempre tenían una historia que contar. Las jornadas del corte de café y del chapeo arrancaban antes del amanecer. El comal se encendía casi de madrugada y, sobre él, aparecía una taza de café de olla, un plato de frijoles con huevo y tortillas hechas a mano. Juro que aquel desayuno era el manjar más exquisito del mundo... porque nos sentábamos todos, sin prisa, a compartirlo.

Las horas en la finca se hacían más ligeras gracias a una grabadora Phillips negra que funcionaba con pilas Rayovac. A todo volumen sonaban Los Tigres del Norte, Vicente Fernández, Antonio Aguilar, Javier Solís o el Super Show de Los Vázquez. También llegaban las carcajadas de Tres Patines. Y por las tardes, en la XEW, seguía los partidos del América; gritaba las victorias y lloraba las derrotas con la misma pasión de siempre.

Al regresar del corte tocaba mover o “encostalar” el café que se secaba en el asoleadero. La recompensa era otra taza de café acompañada de galletas de animalitos o un nuevo plato de frijoles, y, sobre todo, las pláticas con mi madre y mis hermanos. Estar reunidos mitigaba el cansancio y llenaba el corazón.

Al fin veo con claridad la cocina tiznada de mi madre. De ella salía siempre un humo que anunciaba comida. Al llegar a la puerta, ella estaba parada junto al brasero, preparando lo que nos comeríamos.

Pero no todo era trabajo. Había también tiempo para el ocio. Con mis primos “los cuates” íbamos a nadar a la poza en temporada de lluvias, sacábamos camarones de tierra y comíamos naranjas y guayabas hasta hartarnos. Lo que más me gustaba, sin embargo, era leer las historietas que ellos guardaban como un tesoro: Capulinita, Kalimán, Chanoc y Memín Pinguín.

Otra imagen que todavía me hace estallar el pecho de felicidad es aquella de mis hermanos y yo frente a un televisor blanco y negro alimentado por una enorme batería de automóvil. Con la inocencia intacta, reíamos a carcajadas con las ocurrencias de El Chavo del 8. Éramos tan ricos a pesar de tantas carencias.

Tampoco olvidé las fiestas del Santo Patrono. Éramos pocos, pero nos reuníamos todos. Había misa, partidos de fútbol con un balón viejo y ponchado, tamales rancheros de doña Benita, cerveza para los mayores, los raspados de mi abuela, a quien yo ayudaba a raspar el enorme bloque de hielo. Por las noches, el baile se armaba con una pequeña grabadora o, cuando llegaba algún grupo, con la planta de luz de gasolina.

En diciembre llegaban las posadas. Cantábamos villancicos con luces de bengala que alguien nos regalaba, rompíamos piñatas y esperábamos con ansia los aguinaldos: dulces de colación, cacahuates y tejocotes que, para un niño de entonces, eran el lujo más grande.

Para ir a esas fiestas me ponía mi short y mi playera más nueva —casi siempre con alguna leyenda del negocio de pollos de unos tíos— y mis huaraches con suela de llanta, que me convertían en el niño más veloz a la hora de lanzarme por los dulces.

Tú sabes

Tú sabes que en el abrigo
de tu cálido regazo
diez mil emociones trazo
cuando me encuentro contigo.
El corazón es testigo
en este amor concurrente,
noble, dócil, obsecuente,
llamita perenne que arde,
por eso al caer la tarde
mi amor es luna creciente.

Tú sabes que en el arrullo
de la vida cotidiana,
eres mi puerta y ventana,
canción que me da el arrullo.
Eres la luz del cocuyo
en un vuelo complaciente,
eres la noche ferviente
que me arropa y me acaricia,
por eso en esta delicia
mi amor es luna creciente.

Tú sabes mi sentimiento
tan firme como el encino,
tú sabes que en el camino
aunque no estés yo te siento.
Tú sabes que te presiento
en la pasión consecuente,
y en la noche preferente,
cuando miro las estrellas,
adentro de todas ellas
mi amor es luna creciente.

ARTURO CASTILLO TRISTÁN
Cartelista

LA HOJA VERDE CAE

EN SU SECA LIVIANDAD...

EL OTOÑO SONRÍE...

Haikú

Aquí pasando las horas
con los ojos en el cielo,
y el alma emprendiendo el vuelo
por un bumerán de auroras.
En las aguas incoloras
de la distancia me veo,
como quien por un deseo
ignoto y desconocido,
deja guardado el oído
en el álbum de un museo.

Aquí midiendo el camino
largo de mis pensamientos,
mientras me azotan los vientos
del huracán del destino.
Algunas veces afino
el laúd de la tristeza,
pero por naturaleza
mi poeta que no duerme,
no permite que le merme
átomos a mi cabeza.

Aquí leyendo la carta
que nunca llegué a escribir,
tal vez para no decir
el silencio que me infarta.
El universo descarta
la atmósfera que me hiere,
porque antes que me atrinchere
en una lágrima rota,
me deslizo gota a gota
y mi muerte es la que muere.

ARGELIO TORRES GARCÍA
Cartelista

José Limón

(PARA ARLETH Y MÓNICA, CON ADMIRACIÓN).

Misión

La promesa que late en la matriz
como fuente prístina de amor
se deforma en condena de tumor
que suplanta ilusión por cicatriz.

Mas la vida persiste ante el osario
con denuedo forjado en el dolor
y se vuelca impetuosa en el amor
de mujeres sin senos, sin ovarios.

Luciérnagas sin luz ante el conjuro
que pervierte la ley de una misión
y escatima los besos del futuro.

Templanza que sustenta su gestión
sólo en vidas de corazones puros
y en mujeres que son puro corazón.

Vía láctea

Las estrellas comparten su fortuna
con las almas forjadas en anhelo
y confirman su pacto con el cielo
en el aura lactosa de la luna.

Consuelo y vaticinio de la luz
en el manto cálido de estrellas
que arropa la vida y se querella
ante el sino indescifrable de la cruz.

Es un trazo de luz a lo divino
que sustenta las auroras del saber
e ilumina las fronteras del camino.

Son las vidas que expresan su poder
en la fe que cambia los destinos
y el amor que es estrella y es mujer.

José Limón

(PARA ARLETH Y MÓNICA, CON ADMIRACIÓN).

Misión

La promesa que late en la matriz
como fuente prístina de amor
se deforma en condena de tumor
que suplanta ilusión por cicatriz.

Mas la vida persiste ante el osario
con denuedo forjado en el dolor
y se vuelca impetuosa en el amor
de mujeres sin senos, sin ovarios.

Luciérnagas sin luz ante el conjuro
que pervierte la ley de una misión
y escatima los besos del futuro.

Templanza que sustenta su gestión
sólo en vidas de corazones puros
y en mujeres que son puro corazón.

Vía láctea

Las estrellas comparten su fortuna
con las almas forjadas en anhelo
y confirman su pacto con el cielo
en el aura lactosa de la luna.

Consuelo y vaticinio de la luz
en el manto cálido de estrellas
que arropa la vida y se querella
ante el sino indescifrable de la cruz.

Es un trazo de luz a lo divino
que sustenta las auroras del saber
e ilumina las fronteras del camino.

Son las vidas que expresan su poder
en la fe que cambia los destinos
y el amor que es estrella y es mujer.

PALÍNDROMOS

¿Abre, ya es otoño, tose a yerba.

La musa rana soñó tolerar el otoño... ¿sanará su mal?

La musa ve una duda nueva: su mal.

El ave soñó tolerar el otoño... ¿se vale?

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